Este último sábado 11 de agosto, los pisqueros tuvimos una cita que dejó marcado nuestros corazones y de seguro quedará en las páginas de la historia del espíritu de plata (nombre con el cual se le conoce al pisco). Esa noche PiscoBar cerró sus puertas, pasando así a los registros como el primer bar con tan importante nombre y en donde se consumió pisco y quizá algún juguito natural para el acompañante abstemio.
Conocí a Ricardo Carpio hace varios años, me pareció y me sigue pareciendo una persona franca, directa y transparente, virtudes que cada día resultan más difíciles de encontrar en las personas. Luego conocí PiscoBar, en la calle Cantuarias en Miraflores, allí apenas a unos pasos de otro ícono de nuestra gastronomía, el restaurante Astrid y Gastón.

Debo confesar que no me enamoré del lugar, más bien sí del espíritu que tenía del cual Ricardo fue el gran cuidador. No dudo que debe haber sido duro luchar contra las embestidas comerciales, diciendo no a los auspicios atractivos, resistiendo a las tentaciones. Supo mantenerse fiel a su principio de vender piscos de gran calidad, de muy pocas bodegas elegidas y consideradas verdaderas “joyitas”.

Varias veces le pregunté a Ricardo por qué no redecoraba el bar, lo volviera más “fashion”, más “cool”. Su respuesta siempre fue honesta “en cualquier momento me piden el local, además el bar para lleno”. Y no mentía, PiscoBar siempre tenía gente. Incluso y aunque las comparaciones son odiosas, en la esquina de enfrente, abrió otro bar muy bien puesto, decorado y a todo dar. Cerró al tiempo, mientras PiscoBar con su decoración y muebles sencillos, con lámparas diferentes y de focos variados recibía a sus fieles seguidores que seguían multiplicándose.

A PiscoBar llegaba público de distinto estilo, condición, edad, de diferentes partes de Lima, como se dice ahora fue un bar muy inclusivo. Periodistas, cocineros, productores de pisco, bartenders, intelectuales. Ese sábado 11 también llegó nuestro master bartender, Hans Hillburg, acompañado de Enrique Vidarte. También asistían muchos extranjeros, grupos de jóvenes que entraban con rostros de querer descubrir y conocer las bondades del espíritu de plata. Es que Ricardo no sólo se preocupaba de tener piscos de gran calidad y que sus pupilos prepararan los cócteles como Dios manda, sino que se daba el tiempo de contarle a los interesados sobre la historia, su proceso de elaboración, por qué es un gran producto, cómo debía ser disfrutado y las marcadas diferencias que lo distinguen de otras bebidas.

PiscoBar ha cerrado pero me tinka no por mucho tiempo. Baco y sus allegados no lo permitirán, nosotros tampoco. Nos volveremos a encontrar para conversar frente a una copa de Pisco, chilcano de moscatel o quebranta o un capitán con negra criolla. Mientras tanto, gracias, muchas gracias Ricardo, César, Elizabeth, Diego e Iván, hasta muy pronto.