Los peruanos tenemos buen paladar y disfrutamos maridajes casi de manera natural. No me cansaré de decirlo. Una prueba de ello es el matrimonio indiscutible del chilcano y la butifarra. Qué experiencia tan simple y deliciosa, es que ambos tienen todo para ser la pareja perfecta


(Fotos: Archivo El Comercio)El chilcano es fresco, alegre y amigable. La receta original lleva gotas de jugo de limón y jarabe de goma, respetable receta de la mayoría, pero yo me quedo con el estilo iqueño que aprendí de mi amigo Victor Santhome y con pisco moscatel, Italia o torontel. Sin más dulce que el que aporta el Ginger ale y un ‘twist’ de cáscara de limón en vez de jugo. Se siente más seco y por ello abre mejor el apetito.

Este coctel es el mejor compañero de la apetecible butifarra. Según el Larousse de la gastronomía peruana, la butifarra es uno de los sánguches más populares y se mantiene en las mesas de bares y tabernas a través de los años. En la sencillez de su preparación encontramos otra afinidad con el chilcano. En un buen pan francés o roseta se colocarán tiernas tajadas de jamón del país sobre una cama de fresca lechuga. Para coronar la carne, una buena porción de salsa criolla, recién preparada y con su ajicito más. Según los expertos de la Antigua Taberna Queirolo de Pueblo Libre, el jamón del país sale mucho más rico si se prepara con la pierna de la cerdita quien además debe estar soltera.

La acidez sutil del chilcano se casará con el de la salsa criolla que lleva la butifarra y enfrentará, en alianza con la frescura de la bebida y sin miedo, el picor del ají. Allí el gran punto de encuentro y armonía de sabores de este gran y noble chilcano con la irresistible butifarra.