Los perros, al igual que todos los seres vertebrados, tienen un marco óseo: el esqueleto, cuya principal función es sostener el cuerpo. Pero a pesar de tener este escudo protector, no somos inmunes a los traumatismos ni a las fracturas. Muchas veces una caída estrepitosa, un accidente de tránsito o algún golpe fuerte pueden provocar una fractura en alguna parte de nuestro esqueleto.
Foto: Gavatron

En el caso de los perros, la mayoría de casos de fracturas se debe a que ha sido víctima de algún atropello, caída, entre otros. Si la zona afectada es un miembro inferior o superior que no requiere una amputación, en algunos casos el traumatólogo veterinario reducirá la fractura usando algún tipo de fijación externa, como por ejemplo los clavos.

El yeso ya no se utiliza tanto como antes, a menos que se requiera inmovilizar algún miembro del cuerpo. En la actualidad se ha demostrado que es mejor alinear el hueso usando clavos; y cuando el problema es menor se utiliza el cabestrillo.

Si se ha producido algún daño mayor, como por ejemplo una hernia discal, se requerirá de una cirugía de columna.

El traumatólogo viene a ser como un armador de rompecabezas, que va juntando las piezas hasta hacer que todo quede unificado. El problema surge cuando el paciente cuadrúpedo, a pesar de las modernas técnicas que usa el cirujano, no colabora. Y es que evidentemente el perro no sabe qué le hace mal o qué le hace bien, pues es un animal y no razona, entonces al primer síntoma de mejoría querrá realizar algún movimiento brusco y la recaída podría ser peor.

Consulte con su veterinario la necesidad de que su engreído tome sedantes para que duerma o descanse la mayor parte de tiempo.