[Escrito el 28 de enero del 2019]

El mar está calmado, pero se pondrá bravo.

Estoy en sala de reuniones del buque, ubicado en la segunda cubierta. En la pared cuelga –como en todos los salones- un cuadro del almirante Miguel Grau. Hay también un teléfono, una repisa con documentos espiralados, una mesa con 10 sillas y cuatro ventanas circulares (aquí les llaman lumbreras). Este lugar nos asignaron a los periodistas embarcados a la Antártida.

Zarpamos de Punta Arenas al amanecer del domingo 27 de enero y dos millas más allá, con el muelle Prag aún a la vista, dos españoles que reparaban la roseta (instrumento que recolecta muestras del fondo marino) bajaron y volvieron al puerto en un zodiac. Fue un viaje corto al que me invitaron. Hice desde ahí mis primera fotografías del buque peruano en navegación.

navegando

Hemos cruzado los canales australes de la Patagonia. El paisaje está lleno de montañas verdes cubiertas por glaciares. Dos marinos de la Armada Chilena condujeron el BAP Carrasco en ese trayecto. Los prácticos (así se les llaman a los marinos que navegan un buque extranjero en aguas locales) estuvieron a bordo hasta la tarde del 28 de enero, cuando el Carrasco empezó a navegar por el Paso Drake, considerado por los navegantes como uno de los mares más difíciles del mundo. Es ahora –justamente- cuando el mar empieza a embravecerse.

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El paso Drake es un área de tránsito marítimo que divide dos corrientes de agua: la del océano Atlántico con la del Pacífico. Los marinos peruanos han dicho que hay buen tiempo: las olas están alcanzando los dos metros.

Es, sin embargo, una altura suficiente para balancear al buque de un lado a otro, en un movimiento vomitivo que no sabes cuándo acabará.  Mientras avanzamos en el mar, me siento como en una hamaca, solo que no estoy acostado. Llega un punto en que hay mareos y sensación de náuseas. Al departamento de enfermería comienzan a llegar los primeros pacientes. Algunos no cenaron; se encerraron en sus camarotes.

El comandante del BAP Carrasco, el capitán de navío Rafael Benavente Donayre, ordenó esta tarde desde el puente de comando que nadie salga a cubierta. Es peligroso. Un hombre caído al mar en estas condiciones es prácticamente uno menos en la expedición.

Estoy ahora en el sofá de mi camarote. Las subidas y bajadas son cada vez más fuertes. Hace un rato, mientras escribía, sentí un golpe en la ventana. Me asomé tomado de la mesa: una gran ola reventó en el cristal.

Atravesar el paso Drake nos tomará unas 40 horas, casi dos días. El miércoles 30 de enero deberíamos empezar a aproximarnos al estrecho de Bransfield, donde están las islas del Shetland del Sur, en la Antártida. No sé cómo será esta noche, no sé cómo serán las siguientes 40 horas. Son las siete de la noche: el sol está radiante, el mar muy movido, el buque imparable.