¿Cómo les puedo describir tanta belleza? ¿Cómo les explico que lo que veo me congela? Es una milésima de tiempo que quisiera hacer eterna.  Los segundos se van y quiero retenerlos uno por uno.

Es azul y turquesa. Es blanco y celeste. Es también frío.

Es el sonido de lo natural: el viento soplando, los bloques de hielo tronando como un relámpago antes de desprenderse sobre el espejo de agua.

Son tres pingüinos que juegan en la orilla, que caminan torpes, que pegan los picos, que se miran, que se rozan, que se siguen uno a otro, que se lanzan al mar y vuelven a la orilla goteando agua helada. Son tres pingüinos, pero son mucho más que tres pingüinos.

pingüinos

Son las escúas polares: rapaces, territoriales, aves marrones de pico amenazador amantes de la carroña. Sobrevuelan los hielos y surcan el mar de la ensenada Mackellar.

Son las focas que no vi, que están más allá, pasando esa montaña de nieve.

¿Cómo les puedo describir tanta belleza, si ahora mismo que estoy frente a ella no me salen las palabras?

Esta es de aquellas ocasiones en que hermoso, bello, impresionante, majestuoso y sus símiles son adjetivos inútiles, fórmulas gramaticales que no alcanzan.

buque

Es un tiempo extraño: me pasé tres días en el buque Carrasco imaginando este instante, sospechando que la cifra bajo cero me bloquearía cualquier posibilidad de conmoverme y que el frío podría más que cualquier otra cosa. Me pasé haciendo suposiciones: más por supervivencia que por emoción.

Debo decirlo: la Antártida no era mi sueño. Si me hubieran dado a elegir cualquier destino del planeta para pasar una temporada, este lugar no hubiese sido ni la más remota de mis opciones. Me ocurría, más bien, lo contrario. Sentía que la Antártida era un lugar al que se llega más por obligación que por deseo; al que te envían, no al que vas.

¿Pude haberme equivocado tanto?

ensenada

Mackellar es una ensenada de la isla Rey Jorge elegida hace 30 años para establecer la base peruana en la Antártida. Es más o menos así: un mar azulino –quizá turquesa transparente si se mira de cerca– contorneado por glaciares celestes y cumbres nevadas. En días como el que llegué los hielos se desprenden del glaciar Domeyko y flotan a la deriva en el mar antártico. La nieve cae en nuestras caras como una lluvia de diminutos cristales.

El BAP Carrasco fondeó frente a la base Machu Picchu. Bajamos por la escalera de gato. Le llaman así no por sus rasgos gatunos sino porque hay que aferrarse como este animal lo haría para no caer al mar. Cinco metros de altura te separan de vivir o morir por hipotermia.

Un Zodiac nos trasladó a la orilla. Ahí esperaban el coronel EP Ulises Cabanillas, jefe de XXVI Expedición Científica del Perú en la Antártica ; y el mayor EP Dany Maquera, jefe de la Compañía de Operaciones Antárticas y a cargo de la base.  Ambos vestían trajes de protección contra el frío. La tarde del miércoles 30 de enero del 2019, el día que al fin puse un pie en el continente antártico, el termómetro marcaba cero grados. Las condiciones era buenas. Es el verano austral.

Los investigadores caminan hacia la base, unos módulos rojos y blancos instalados en una zona que bautizaron Punta Crespín.

-¡Esa montaña se llama Machu Picchu!

-¡Cuando se descongela el glaciar por aquí baja un riachuelo que le llamamos río Rímac!

-¡A esa elevación del terreno le llamamos Punto Tumbes!

-¡Ese es el Salkantay!

El mayor Maquera, que cumple su tercera misión en la Antártida, cuenta que la ensenada Mackellar está llena de referencias peruanas y que todos los domingos izan la bandera y cantan el himno nacional.

Los investigadores se instalan en los camarotes de la base. Afuera, los vientos empiezan a correr fuerte, el mar se sacude, la temperatura desciende.

La oscuridad llegará después las 10 de la noche.

***

El coronel EP Ulises Cabanillas llegó a la Antártida por primera vez en el 2004, cuando todavía tenía el grado de mayor.  “Aquella vez dije que sería la primera y la última vez. Llega un momento que aquí te aburres, pero cuando regresas al Perú te das cuenta que extrañas la belleza de este lugar y la paz que aquí encuentras. A unos amigos les decía que la Antártida es adictiva”.

Esta es ya su cuarta misión.

zodiac

¿Pude haberme equivocado tanto?

A espaldas de la base Machu Picchu, a quince minutos de caminata, se encuentra el glaciar Znosko. Con el mayor Maquera y dos militares entrenados en alta montaña ascendemos a la zona del hielo.

-Mientras más arriba, más hermosa la vista- dice Maquera.

A Maquera no le falta razón.

Me siento en una piedra y respiro hondo. Salvo las escúas que vuelan sobre nuestras cabezas y los hielos se desplazan lentamente en el mar, casi nada parece moverse. Es como un cuadro de un pintor enamorado.

Es ese instante eterno.

Es ese tiempo congelado.

¿Cómo les puedo describir tanta belleza?

¡Dígame cómo!

No quiero oler el humo de los autos, no quiero escuchar el claxon de los choferes desesperados en el tráfico de Lima, no quiero perder la paz ganada, el aire puro y helado. La Antártida es, efectivamente, una adicción. Aún no me voy y ya estoy pensando en volver.