Con todo lo que pasa en el mundo, las oportunidades de desilusionarnos, fallar, caernos, no ganar y perder son muchas y muy frecuentes tanto en lo profesional como en nuestras vidas personales. Sin embargo, lo que define a quienes salen adelante pese a todas las “caídas” es su capacidad para decidir ponerse de pie. El mérito no está en no caerse, sino en ponerse de pie, una y otra vez.

Lo que hacemos en nuestra vida profesional no define quiénes somos, aunque muchas veces el trabajo absorbe nuestras vidas, ambiciones y objetivos de tal manera que casi siempre a la pregunta “¿quién eres?”, respondemos en función de lo que hacemos en nuestra vida profesional. Por eso, cuando las cosas no salen como las planeamos, el golpe es grande. Perder el trabajo, por ejemplo, es la tercera razón de stress en la vida de un adulto, después de la muerte de un familiar cercano y un divorcio o separación.La curva de emociones que pasamos con cada “caída” o golpe (también llamada montaña rusa de la transición) suele empezar con la inquietud que sentimos cuando hay señales de que algo está a punto de cambiar. Luego, cuando el cambio llega, sentimos el shock de la pérdida, la realidad que nos golpea en la cara.

En seguida viene la negación, un mecanismo de defensa que nos permite ir digiriendo la realidad de a pocos mientras nos da algo de alivio, y que luego deja paso a la confusión sobre lo que pasó, el ¿por qué pasó?, el “¿por qué a mí?”, qué debemos hacer o no hacer, decir o no, a quién llamar…

Viene enseguida el temor a lo desconocido. La incertidumbre sobre el futuro nos embarga y dudamos sobre nosotros mismos o nuestra capacidad, sobre lo que queremos o debemos esperar de la vida o nuestra carrera.

A esto le sigue el enojo, la rabia, el buscar y encontrar culpables o situaciones agravantes a nuestra pérdida. Muchos encuentran culpables pronto, otros se culpan a sí mismos y ese enojo, legítimo y real, puede llevarnos a conductas dañinas.

La tristeza por lo perdido, por lo que fue o pudo ser…. por nuestros sueños, por gente que extrañamos o cosas que quedaron atrás puede ser sobrecogedora. La depresión que puede seguir no necesariamente significa que nos encerremos en cama, pero la vida pierde su brillo y nos cuesta dar cada paso: todo parece más difícil. A veces en esta parte de la curva nos quedamos casi inmóviles y sin esperanza. No actuamos y pareciera que tocamos fondo.

Quienes salen adelante en este punto de la curva dan un paso importante. Aceptan que lo que pasó, pasó y no hay marcha atrás. Aceptan la realidad como es, dolorosa e incompleta, y deciden no rendirse. Cambian de actitud.

A veces por fuerza propia, otras con a la ayuda de amigos o profesionales, vuelven a creer en ellos mismos y deciden comprometerse a crear una nueva realidad, meta, negocio o carrera. Asumen la responsabilidad de su vida y crean un nuevo sueño. Diseñan y ejecutan, con fe y pasión, el plan de acción que les llevará a su nueva meta. Salen adelante y terminan de pasar por la curva de emociones listos para seguir creciendo y aprendiendo.

Yo admiro a quienes se caen y deciden ponerse de pie, una y otra vez. Ellos son los verdaderos triunfadores.