A veces los sueños se cumplen. Es raro, pero a veces pasa: algo que deseamos o planeamos con intensidad durante mucho tiempo, sucede, se da, se hace realidad.

Es cierto que cuando un sueño se cumple, el resultado no siempre es el que habíamos deseado o planeado, y nos queda la sensación de ‘así no debía pasar’. También puede ocurrir que, mientras vamos viviendo la experiencia, nos acostumbramos a lo bueno tan rápido que casi asumimos que es ‘nuestro’ de antemano o que lo merecíamos tanto (quizá por tanto buscarlo) que le encontramos fallas o pensamos en las muchas maneras en que pudo haber sido mejor. Otras veces, cuando logramos la meta, nos damos cuenta de que no era realmente lo que queríamos…

Sin embargo, algunas veces los sueños sí se cumplen a plenitud. Esta experiencia es rara, profunda, un poco confusa (quizá por la falta de práctica en sueños cumplidos), emocionante y plena.

Hace poco me sucedió, y cumplí un viejo sueño. Logré realizar un viaje a un lugar que había querido hacer desde que era chica y que durante años estuve tratando de cumplir. ¿La verdad? La experiencia superó cada expectativa que me había creado a lo largo de los años: viví y sentí cada momento, lo disfruté a fondo, sin cuestionamientos ni críticas, ¡sin desilusión ni queja!Roto el paradigma de que los sueños no se cumplen, y de regreso a la realidad, a la rutina de cada día, queda el reto de cumplir más sueños y quizá -más difícil aun- de crear varios sueños nuevos y muy propios a través de fijarnos nuevos objetivos y de seguir actuando activamente para lograrlos. Algunos le dicen a eso: ponerle piernas a los sueños.

Creo que cumplir algunos sueños nos hace crecer y, de alguna manera, nos transforma (¿será que no solo de golpes se aprende?) y nos obliga a asumir una responsabilidad personal por lo logrado y por crear el sueño que vendrá, reafirmando así nuestra confianza en el futuro y en la capacidad humana de cumplir nuestros anhelos.

Pienso que esto nos da también la posibilidad de ver las cosas desde una nueva perspectiva. El alejarnos de todo por un tiempo suficiente, el desconectarnos, nos da además la oportunidad de hacer un balance de vida, replantear nuestras metas y destinos personales y profesionales una vez más.
Así las cosas, todos los que trabajamos duro necesitamos alejarnos cada cierto tiempo y así recuperar la energía y el entusiamo que necesitamos para seguir enfrentando la realidad. Esta realidad podrá no ser la soñada, pero es la única sobre la cual podemos actuar para construir más sueños y empeñarnos en cumplir nuevas metas.

Creo que la posibilidad de poner las cosas en perspectiva permite que retomemos el eje del equilibrio, recuperando el balance que el trabajo y la rutina muchas veces nos quita. Apreciar y agradecer la realidad de cada día y saber que estamos vivos y funcionando es lo mejor que podemos recibir al abandonarnos por unos días a nuestros sueños. Nos lo merecemos para seguir creciendo y aprendiendo. ¡Que vivan los sueños cumplidos!