“Sí, me dijo, claro que recuerdo que les di mi palabra. ¿Cómo no lo voy a recordar? Sé también que me comprometí a pagar por esos servicios, pero nunca les firme un papel. Y así las cosas, ¿cómo esperas que le explique a mi jefe que voy a autorizar ese pago, si nada lo sustenta? Tú sabes cómo son las cosas, papelito manda”

¿Se imaginan lo que cualquiera puede sentir ante un comentario así? Enfaticé que la palabra empeñada vale tanto o más que cualquier documento escrito, que no existe excusa para no cumplirla y que faltarla es además faltarse a sí mismo, que la palabra de un ejecutivo compromete a la empresa y a su imagen.

“¿Confías tanto en la palabra de tus clientes y te cumplen? -me dijo-. ¿En qué mundo vives? Imagino que dirás que trabajas con empresas serias y socialmente responsables. Así cualquiera. Lo que es nosotros, complicados como estamos, tenemos que cortar gastos por donde se pueda y dejar eso de los formalismos. La palabra y la responsabilidad social, para las vacas gordas”.

¿Diálogo surrealista? Sin duda. ¿Común? ¡Felizmente no!Y es que en el Perú, como en todas partes, entre gente seria la palabra se honra y los acuerdos se respetan, aunque no estén “por escrito”. Entre las empresas y personas serias la palabra dada es suficiente para confiar plenamente y hacer negocios. El capital moral y la palabra valen tanto más que cualquier ganancia o ahorro esperados. Son la base de la integridad y coherencia de empresarios, ejecutivos y líderes en quienes depositamos nuestra confianza con tranquilidad.

La palabra, al igual que la ética, los valores y la reputación, son los pilares del éxito real y moral de cualquier profesional con visión y un mínimo de autoestima personal. Es también, elemento central de la empleabilidad, de la continuidad empresarial y, por supuesto, del éxito en la vida personal.

En el Perú hemos dejado de tolerar la “criollada” de quienes no ven más allá de su ganancia inmediata a cualquier costo. Ya nadie está dispuesto a dejarse tomar el pelo por “vivitos” que se sienten por encima de los derechos de los demás. Esas son conductas y actitudes del pasado que escapan de todo código de ética y que no tienen cabida en un mundo de negocios formal e integrado. Casos de malas experiencias tenemos todos, pero también sabemos que no podemos aceptar pasivamente que sean la norma cultural en nuestro país. Tenemos que ponernos de pie y dejarles saber que no estamos dispuestos a seguir interactuando y menos confiando en quienes faltan a sus compromisos.

Imagino que se preguntarán ¿y cómo acabó la historia? Su jefe se enteró de su mal comportamiento frente a sus distintos proveedores (no por nosotros ciertamente), le enmendó la plana totalmente y llamó a todos a pedir las disculpas del caso y honrar los compromisos. Me imagino el jalón de orejas que debe haber recibido el ejecutivo en cuestión. Pero, ¿habrá aprendido la lección?