Una amiga que vive en el extranjero me llamó preocupada. Su esposo está sin trabajo y ella no sabe cómo ayudarlo.

Lo ve cabizbajo, tenso y de muy mal humor. Les está costando comunicarse y a veces terminan discutiendo por cosas sin importancia. Ella tiene sentimientos ambivalentes. A ratos siente rabia por la situación: su marido siempre trabajó mucho por la empresa, incluso dejó de lado eventos familiares, pero eso no sirvió de nada. Ella siente que los han traicionado, aunque a veces lo mira pensando: “¿Qué habrá pasado para que lo saquen a él?”.

“¿Qué hago -me dijo-, cómo manejo la situación y, sobre todo, cómo lo ayudo?”. Lo primero que se me ocurrió fue explicarle que, más allá de una fuente de ingresos, el trabajo nos define como profesionales y como adultos. Nos da una identidad y nos vincula con una comunidad. Nos proporciona foco y estructura. Así se entiende que el desempleo puede significar para muchos la pérdida de la confianza en sí mismos. Otros pueden sentirse a la deriva, despojados de todo lo que tenía significado. Ante el desempleo, muchos ponen en duda sus propias habilidades y talentos, aunque su salida nada haya tenido que ver con su desempeño. Hasta al más seguro y exitoso le cuesta manejarlo, sobre todo en sus primeras semanas. Y si la salida ha sido mal conducida por la empresa, muchos sienten que su dignidad ha sido afectada.

Sin embargo -le expliqué-, perder el empleo puede tener algunos elementos positivos. Puede proporcionar tiempo para reflexionar y examinar las opciones que se presentan. Puede servir para reforzar los lazos familiares, de modo que se esclarezcan valores personales. Puede “rescatar” a las personas de posiciones que ya no les representan un desafío. Puede estimular a reformular metas personales así como a reconsiderar viejos sueños postergados.

El reto es convertir una situación negativa en positiva. A pesar de lo traumático que puede ser estar desempleado, hay personas que lo ven como una experiencia enriquecedora de la que salen renovadas, con más vitalidad y confianza. Saben que han superado una de las crisis más difíciles de su vida y ya no les atemoriza el fantasma del desempleo, se saben empleables.

“Tu rol -dije a mi amiga- es vital para el éxito del proceso de tu esposo. Que comprendas realmente lo que él está sintiendo ahora que perdió su trabajo te permitirá apoyarlo a superar su duelo más rápidamente, ver las cosas desde otra perspectiva y ayudarlo a comprometerse activamente en continuar su carrera, buscando trabajo o montando su propio negocio real.

Cuando ya esté en el mercado y sufra los vaivenes de ánimo propios del proceso de recolocación, probablemente serás tú quien deba ayudar a mantener un ambiente estable en casa, manteniendo en su lugar las estructuras, mientras cuidas y apoyas a todos en la familia”.

No es fácil. Sin embargo, la experiencia nos permite comprobar que normalmente la actitud del cónyuge hace la diferencia entre una transición suave entre empleos, y una turbulenta y difícil. Y muchas de las familias salen fortalecidas de la experiencia. “Entonces -dije a mi amiga-, ¿cuál es la actitud que estás dispuesta a asumir?”.