“Mi jefe me contrató para que le dijera la verdad y soy la única que lo hace en las reuniones”, me contó muy orgullosa la ejecutiva. Su jefe, sin embargo, me dice que está harto de ser confrontado públicamente por ella, quien parece no darse cuenta de cuan incómoda y deteriorada está la relación entre ellos.

Los errores de ceguera política están entre las principales razones por las que los ejecutivos son invitados a retirarse de las empresas. Sin embargo, muchos no lo ven así y se equivocan al no aceptar la compleja realidad política de las organizaciones, sobre todo cuando éstas son grandes y de larga data y especialmente mientras más alto se está en la pirámide organizacional.

Muchos creen erradamente que ser político es ser manipulador, interesado o adulador y no se detienen a medir las consecuencias de sus actos y sus palabras y a cuidar sus relaciones con todos. Creen que ser franco es ser tosco o brusco. No cuidan sus maneras y sus formas y tienden a actuar sin tacto o tino. No tratan de comprender el sistema de poder informal y las alianzas que existen en todas las organizaciones entre quienes toman las decisiones. Así, caen víctimas de las luchas de poder de otros. Olvidan que la importancia de llevarse bien con todos y que a más alto el cargo, mayores son las necesidades de reconocimiento y de ego de quien lo ostenta.

Otro error común es no terminar de comprender lo estratégico de la relación con el jefe: la organización es el cliente y el jefe es quien la representa. Si los jefes están satisfechos con la relación y los resultados, seguirán comprando nuestros servicios profesionales. Ciertamente las cosas se complican cuando se tienen varios jefes o cuando el jefe no es el ideal, pero igual el cliente siempre está abierto a mejores opciones con quienes se sienta más cómodo de trabajar.

Las empresas familiares no se salvan de los juegos de poder, sobretodo si los accionistas operan el negocio o cuando no hay un sistema de meritocracia formal bien establecido. No preocuparse de tener una buena y sana relación profesional con quienes toman las decisiones en la organización y sobretodo con quienes tienen el poder de impactar el futuro de nuestra carrera es un error grave y denota una gan falta de visión. Es como vivir de pleito con el principal cliente!

No propongo que seamos sumisos, obsecuentes ni mucho menos adulones. Tampoco que seamos falsos ni menos manipuladores. Más bien sugiero actuar siempre con mucho tacto y mucho tino, con prudencia, trasparencia y lucidez. Por ejemplo si discrepamos con frecuencia con las mismas personas, recomiendo hacerlo a solas, jamás poniendo a nadie en una situación incómoda o desagradable frente a otros. Esos errores políticos quedan grabados en la mente del “ofendido” para quienes dejamos de ser “gente de su confianza”. Las cosas de trabajo deben poder decirse siempre con honestidad y franqueza pero también cuidando el sentir, la autoestima e incluso la dignidad de hacia quien dirigimos nuestros comentarios.

El respeto cabal a personas de todo nivel y en toda situación, empezando con el respeto a uno mismo, es quizá, ¡la mejor manera de navegar exitosamente por los peligrosos mares políticos de las organizaciones!