He publicado un libro. Lo escribí para compartir de manera muy sencilla algunas ideas con quienes quieren elevar su empleabilidad y el valor de su marca personal. Pero no es del libro que voy a hablarles hoy, sino de una experiencia curiosa que ese libro me trajo y que me llevó a una reflexión.Apenas publicado, me llamó la atención que recibía más comentarios y felicitaciones sobre las dedicatorias y agradecimientos que sobre el libro mismo. Al principio pensé que era la amabilidad natural de quienes no habían leído más allá de las primeras páginas. Sin embargo, al pasar los días llegué a pensar que eran gestos de cortesía de quienes preferían comentar estos textos antes que el contenido, el estilo o las ideas. Y claro, pensé: “No les gustó el libro”. Así las cosas, me resigné al fracaso editorial.

Días después –y con la moral más alta por los buenos resultados en ventas y mejores comentarios–, traté de entender el porqué de la sorpresa de tantos ante mis tres páginas de agradecimientos.

Creo comprender ahora lo que sucedió: en nuestra cultura no somos muy dados a reconocer –y menos agradecer– públicamente lo que otros hacen por nosotros. Creo que muchas veces sentimos que hacerlo nos quita méritos o nos resta importancia frente al otro.

Eso mismo vemos que pasa en las empresas donde insistimos a los jefes y gerentes que sean más generosos en la cantidad y calidad del reconocimiento y agradecimiento que dan a su gente. Y que lo hagan a cada quien en su medida justa, diferenciada y, sobre todo, de manera oportuna, sin esperar a la evaluación formal de cada año, el reclamo o, lo que es peor, la salida de algún colaborador valioso.

Las estadísticas y la experiencia lo confirman: cuando las personas renuncian a su trabajo, el 79% lo hace por falta de reconocimiento por parte de sus superiores. Se van porque no reciben ese salario emocional que alimenta el alma y los hace sentir apreciados, valorados y reconocidos.

A mí también me pasó con el libro. Agradecí a muchos pero tuve olvidos imperdonables: ¡gracias a la revista “Somos” por permitirme usar la foto de la carátula y a ustedes, mis lectores, quienes me animan siempre a buscar nuevas ideas! Y muchas gracias a Max Hernández y a Elsa Arciniega. ¡Sin ustedes nunca hubiera sido posible!