Todas las semanas me reúno con grupos de ejecutivos que están en proceso de transición. En la sala hay gerentes de distintos niveles, todos con mucha experiencia y madurez. Probablemente de los mejores ejecutivos que tiene el país. Tocamos siempre muchos temas en un ambiente informal, de confianza y camaradería. Casi todos los temas despiertan mucho interés, pero solo uno invariablemente despierta pasiones y mueve a todos los presentes: el del jefe“Alcen la mano aquellos que acostumbran invitar a comer a su casa a su jefe”. Silencio en la sala. Muy pocas manos tímidas se levantan ante la mirada atónita de los demás. “Ahora, por favor, ¿aquellos que lo han invitado alguna vez a su casa a algún evento?”. Unos cuantos más lo hacen, pero no más del 20% de los presentes. ¿Por qué no? –pregunto yo– y la discusión se vuelve intensa. Y claro, mi rol es reforzar el concepto de que el jefe es el principal cliente de nuestros servicios, a quien principalmente debemos de brindar un servicio impecable en aras de promover nuestra carrera y nuestra empleabilidad.

Que finalmente del jefe depende mucho el futuro de nuestra carrera y que nuestra actitud hacia él o ella impactará su objetividad a la hora de evaluarnos.

Los jefes también son humanos y necesitan la aceptación y aprobación de sus subordinados. Y, por qué no, de su aprecio sincero. Obvio, y todos de acuerdo hasta allí, pero, ¿invitarlo a casa?

Todos hablan al mismo tiempo. Las opiniones se dividen y los argumentos van y vienen. No hay consenso. Cuando pregunto sobre cómo le agradecen al jefe el bono, el ‘feedback’ honesto, los esfuerzos por mejorar en el clima laboral o las oportunidades de aprendizaje, el incómodo silencio regresa a la sala.

Agradecer al jefe es un concepto duro para muchos. Creo que el terror local a ser considerado “sobón” es tan fuerte que la mayoría prefiere reservarse sus expresiones de aprecio o reconocimiento a sus superiores. Temen sentirse aduladores o hipócritas y, peor aun, ser señalados por sus colegas como tales.

Decido echar más leña al fuego y les recuerdo a estos experimentados ejecutivos que ellos son también líderes de organizaciones, jefes de muchos, y allí el tono de la reunión cambia nuevamente por completo. Muchos recuerdan la desazón que sentían cuando sus esfuerzos en favor de sus subordinados no eran apreciados o valorados por ellos. Y cómo eso mellaba su ánimo, sobre todo porque se habían esforzado en conseguirles mejoras que luego nadie agradecía.

“Somos una cultura que no se da el tiempo para agradecer mucho a nadie”, comenta alguien cabizbajo. Ejemplos van y vienen, y escuchamos experiencias en ambos sentidos. Casi dos horas pasan volando y al final concluimos que tanto a jefes como a los subordinados nos cuesta mucho agradecer y reconocer; pero que también nos gusta mucho –es más, necesitamos– que nos reconozcan, aprecien y valoren, tanto en el lugar de trabajo como en la vida personal. Que es muy grato que de vez en cuando nos den las gracias de manera sincera y efusiva en el mundo laboral.

Termina la conversación, agradezco a todos su participación. Algunos se acercan y comentan el valor que la sesión les agregó. Aprecio los comentarios y todos salimos contentos.

Pocos jefes recibirán invitaciones, pero el mío seguirá comiendo comida peruana en mi casa cada vez que pase por Lima.