Yo quería ser publicista. Me fascinaba la idea de trabajar en una agencia de publicidad, moverme entre creativos, hacer cosas divertidas. ¡Manos a la obra! Ni bien volví de la universidad en NY, me las agencié (vía el amigo de un amigo de una amiga) para conseguir una cita en JWT.

Jueves, 2:35pm. Lista para salir rumbo a mi primera entrevista de trabajo. Con falda y saco y bien peinadita, salgo del departamento donde vivía con mi esposo (sí, me casé muy joven), lista para responder las preguntas difíciles que estaba segura me iban a hacer. Entro al ascensor de mi edificio y ¡patatán! La máquina se atraca (o se va la luz, ya no me acuerdo) y me quedo encerrada por casi ¡¡tres horas!! (ahí nació mi temor a subir a los ascensores).

A través de la puerta, entre el miedo y la angustia, le pido al guardián que le diga a mi mamá que llame a la agencia (no había celulares, obvio). Cuando lograron sacarme, eran casi las 5pm. Igual volé a JWT… ¿Pueden creer qué mala suerte?

“Está bien que creas que hay que ser creativa para trabajar en publicidad –me dijo el entrevistador– pero no te pases. ¡Estás tres horas tarde!”. Días después, durante una cena le conté lo sucedido a un amigo de mi marido, y le pareció tan divertido mi relato que me ofreció trabajar vendiendo las páginas de publicidad de su revista. ¿Se acuerdan de la revista Debate? “¿Por qué me lo ofreces?”, le pregunté. “Tú le puedes vender hielo a un esquimal”, me respondió FOZ, aún riéndose de mi historia en el ascensor (creo que él tampoco me creyó). Así fue como empecé, de cita en cita y maletín en mano, a recorrer las calles para vender entre 20 y 25 páginas de publicidad por bimestre de esa fantástica revista del Grupo Apoyo, hoy desaparecida.

Y con ese, mi primer trabajo, pude ayudar a pagar los gastos de Diego, quien anunció su llegada cuando no hacía ni un año que trabajaba feliz vendiendo mis páginas. ¿Y saben qué? Mientras más crecía mi panza, mejor vendía publicidad. Nunca he podido explicar ese fenómeno: no sé si era mi hambre por producir, debido a que con Diego llegaban responsabilidades mayores, o eran la simpatía y afecto que mis clientes sentían por la joven empeñosa que entraba por la puerta siguiendo a su gran barriga…

Aprendí a vender, a tratar con clientes, a escuchar objeciones y dudas, aprendí a ganar mi plata cada mes (sólo ganaba comisiones, nada fijo), a hacer generar vínculos y relaciones de confianza (muchas aún las tengo 30 años después), a trabajar con disciplina y, sobre todo, a ser perseverante y dedicada, jamás aceptando un no como respuesta final. Ahora que escribo estas líneas, reparo en que mucho de lo que años después me sirvió para sacar adelante DBM (hoy LHH – DBM), lo aprendí en esa experiencia linda. ¡Mi primer trabajo!