Nada me gusta más que conectar personas: al que necesita algo con quien se lo puede ofrecer, al que quiere ayudar con quien requiere ayuda y, por supuesto, me fascina conectar a personas con trabajos, que es lo que hago profesionalmente desde hace más de 20 años. Me encanta, lo disfruto, me lo tomo como algo muy personal; y cuando las conexiones funcionan, las siento como un triunfo mío.

He presentado a mucha gente que ahora son grandes amigos, también a varias parejas -no todas siguen juntas, ¡no se puede acertar siempre!-, pero sobre todo he conectado a muchas personas con sus sueños, incluso cuando sentían que estos eran imposibles o inalcanzables. Creo haber nacido para eso: para abrirles una ventana por donde puedan darle una miradita a su futuro soñado… y atreverse a hacerlo realidad.

Es grandioso ver cómo la gente es capaz de lanzarse en pos de un propósito sin dejar que nada la detenga. La ves perseverar, luchar, fallar una y otra vez y salir fortalecidas de cada caída para seguir intentando. Sea que estén detrás de una posición profesional, de un negocio propio o de un sueño de felicidad personal, se atreven y, su pasión, me mueve a tratar de facilitarles la vida, conectándolos con otras personas como ellas para que se inspiren, apoyen, compartan sus vicisitudes y avancen juntas.

Eso ocurre en todo momento en mi oficina, donde muchos en proceso de transición se apoyan entre sí formando valiosas comunidades de apoyo.

Llevar la buena vibra de un lado a otro y tratar de mostrarla para inspirar a los demás, es lo que me mueve. Es a lo que me dedico cada día; y es también lo que hacen tantas personas, quienes sirven de conexión entre sus vidas y las de tantos otros, llevando lo bueno, lo sano y lo valioso a más personas.

Conectar personas y sueños es un encargo que les dejo. Inténtenlo… sientan lo bien que se siente (por los demás, por sus sueños y por los suyos propios). Porque cuando conectamos a otros nos hacemos un bien a nosotros mismos, pues la buena vibra inspira, cura ¡y da felicidad!