Publicado en el diario El Comercio (Perú), el 07/07/2019

Hubo un tiempo, hace años ya, donde era “la nueva” en muchos lugares. Recuerdo lo feliz que me sentía de ser aceptada entre personas con mucha más experiencia que yo. Y por supuesto, recuerdo también como trataba de calzar entre ellos, de ser una más en esos directorios, comités u organizaciones a los que me habían hecho el honor de invitarme. Genuinamente agradecida por ser aceptada, tenía tanto que aprender, tanto que entender.

Nueva en la dinámica de esas sesiones, algunas de ellas muy formales, varias veces pregunté por el elefante en medio de la habitación del que nadie hablaba. Recibí miradas de sorpresa por mi osadía, otras de reproche por mencionar aquello de lo que no se habla y también, algunas de aprobación por mi “coraje” por no ser políticamente correcta.

Con la inocencia propia de la inexperiencia, no siempre entendía los juegos políticos presentes en cada grupo humano. No incomodes a este. No te metas con el otro. No señales, no recuerdes, no hagas ruido. Sobretodo, no preguntes sobre lo obvio pero delicado de mencionar y menos, de reiterar. Aprendí rápidamente que, para muchos, era importante que no se hablara de ese elefante, que no se le señalara con el dedo ni que se preguntara porque estaba allí.

Así por un tiempo, aprendí a preguntar después o antes. A medir las consecuencias de cada gesto, cada pregunta o comentario. Me volví políticamente correcta y me sentí más aceptada. Es importante mencionar que no eran incorrecciones de otros las que cubría con mi silencio: afortunadamente siempre he sido parte de organizaciones de gente decente cumpliendo una misión o un propósito de relevancia o en beneficio de muchos. Pero egos hay en todos lados.

Pero esa “comodidad” por sentirme aceptada al saber callar o no levantar la mano en el momento adecuado, duró poco, no la sentía bien.  Estaba acallando mi voz, justamente aquella que yo sabía algún impacto causaba para ayudar a cumplir la misión o el propósito que nos reunía. Estaba renunciando a la fuerza de la verdad o a expresar con lucidez y transparencia lo que quizá otros no veían o entendían aún, lo que sentía era mi contribución fundamental.

Me tomó un tiempo aprender a decir las cosas que hay que decir, cuando hay que decirlas, sin temor ni consideraciones a la falta de aceptación o aprobación. Aprendí a decirlas con tacto y tino ya que la gente de bien valora la verdad, aunque sea difícil de aceptar a veces, pero siempre que sea dicha con respeto y cuidado de la dignidad de todos.

Decir las cosas como son, con valentía, trae una brisa de aire fresco a las relaciones y sobre todo, en el mundo del trabajo. Hacerlo genera el respeto de muchos, aunque uno termine no siendo el más popular entre algunos. Pero es vital alzar la voz por temas de relevancia. O dar retroalimentación honesta, diciendo lo que otros no se atreven a decir, como hacen las personas serias. La verdad, dicha con respeto, genera confianza, impulsa cambios, motiva la creatividad, inspira y energiza, moviliza voluntades. Toca apostar por ella, siempre.

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