Un hombre que llamaremos Juan llega a casa después de un largo día de trabajo en la carretera Iquitos – Nauta. Eran las 21:00 horas de un caluroso día de diciembre del año 2009. Más que cansado se sentía fastidiado por un extraño ardor en su ojo derecho. Al mirarse en el espejo vio que estaba enrojecido. Acudió al hospital de Iquitos y le dijeron que no era nada grave. Le dieron unas medicinas para el dolor y lo mandaron a su casa. Sin embargo, las molestias persistían…

Varón de 45 años con hemorragia ocular derecha. Fuente: Beltran Fabián et al. 2015 Rev Peru Med Exp Salud Publica.

Juan (45) con hemorragia ocular derecha. Fuente: Beltrán Fabián et al. (2015)

Cinco meses después, Juan se presentó otra vez en el nosocomio pero ahora con el ojo completamente morado. Los médicos le dieron nuevamente unas medicinas para calmar el dolor…

Y así llegó setiembre del 2010. Ya habían pasado nueve meses desde que iniciaron los síntomas. Esta vez Juan sentía que algo se movía dentro de su ojo derecho por lo que —por fin— le hicieron unos exámenes más exhaustivos. La resonancia magnética mostró un pequeño tumor de causa desconocida y una fuerte hinchazón. Juan fue derivado al Hospital Edgardo Rebagliati de Lima.

Aquí los médicos le realizaron una tomografía y otra resonancia magnética. Pero no hallaban respuestas. Es así que decidieron hacer una intervención quirúrgica exploratoria que no es más que un eufemismo de “vamos a abrirle el ojo para ver que encontramos”. Al revisar el ojo hallaron algo parecido a un gusano. Lo extrajeron y mandaron al laboratorio del Instituto Nacional de Salud para identificar lo que era.

El gusano tenía nada menos que setenta milímetros de largo y tres de ancho. Era plano, de superficie blanquecina y brillante, y de borde ondeado. Se trataba de una Spirometra mansonoides.

El inquilino del ojo de Juan.

El inquilino del ojo de Juan. Fuente: Beltrán Fabián et al. (2015)

Los huevos de S. mansonoides están presentes en las heces de algunos mamíferos como los perros y gatos. Cuando llegan a una fuente de agua (ríos, lagos, pozas, etc.), eclosionan y las larvas (coracidios) son ingeridas por unos diminutos crustáceos conocidos como copépodos. Aquí continúan con su desarrollo formando un procercoide. Si bebemos agua contaminada con estos copépodos infectados (algo común en lugares con bajos niveles de salubridad), el parásito ingresará a nuestro tracto digestivo y atravesará la pared de nuestros intestinos, colonizando diferentes tejidos, especialmente, el muscular y el conectivo. Es en este momento que S. mansonoides pasa a su siguiente etapa de desarrollo —el plerocercoide— que puede vivir dentro de nuestro cuerpo hasta por 20 años.

En otros casos, los copépodos infectados son ingeridos por anfibios y reptiles que son los bocadillos preferidos de felinos (pumas, pamteras y otorongos) y canes (perro selvático). Dentro de estos mamíferos (los hospederos definitivos), S. mansonoides llega a su fase adulta. Se reproducen, liberan sus huevecillos a través de las heces de su anfitrión y el ciclo se inicia nuevamente.

Ciclo de vida de Spirometra. Fuente: CDC.

Ciclo de vida de Spirometra. Fuente: CDC.

Juan tuvo la mala suerte de que el parásito viajara hasta su ojo derecho y lo tuviera ahí por once meses. Es más, es el primer caso reportado en el Perú de infestación ocular por plerocercoide de S. mansonoides.

NOTAEsta historia se basa en el siguiente estudio:

Beltrán Fabián, M et al. Infestación ocular por plerocercoide de Spirometra mansonoides: primer reporte en el Perú. Rev Peru Med Exp Salud Pública. 32(2): 391-394 (2015).

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