Las evidencias se deben considerar dentro de las políticas públicas, sobre todo, para temas regulatorios. La bioseguridad cuenta con evidencias científicas muy sólidas para un uso responsable de la biotecnología, que permita aprovechar sus beneficios reduciendo al mínimo sus riesgos (que no es lo mismo que daños).

Crédito: David Castro

Campo de maíz en la costa peruana. Crédito: David Castro.

Decir que los Organismos Vivos Modificados (OVM o transgénicos) no afectan el ambiente y la diversidad biológica es dogmático, tal como decir que todos los transgénicos son una amenaza. La única forma de saber que la liberación de un OVM en un determinado agroecosistema podría presentar algún efecto no deseado es mediante un análisis de riesgos caso por caso, el cual se basa netamente en las evidencias científicas disponibles; y que, por tanto, puede presentar diversos niveles de incertidumbre en función a lo que se conoce y desconoce.

Todos los países en donde se utilizan los OVM en la agricultura (Argentina, Brasil, México, Colombia, Estados Unidos, entre otros) cuentan con sistemas regulatorios y de bioseguridad implementados. Esto quiere decir que basan sus decisiones en un análisis de riesgos. A través de las autorizaciones determinan en qué zonas y bajo qué condiciones o medidas de bioseguridad —como son el distanciamiento con respecto a las variedades convencionales, las fechas de siembra fijas, el porcentaje de áreas de refugio (para prevenir la aparición de plagas resistentes), etc.— se puede cultivar un transgénico.

Debemos recordar que la biodiversidad no sólo se refiere al número de especies, sino también a la variabilidad que hay dentro de ellas (diversidad genética). Un claro ejemplo es el maíz, una única especie —Zea mays—que cuenta con una gran diversidad de formas, sabores, colores y texturas. En el Perú se han identificado más de 50 razas (p. ej.: morado, chullpi, piscorunto, gigante del Urubamba, entre otros), cada uno con distintas zonas de distribución en el territorio nacional, algunas de ellas, compartiendo nichos agroecológicos con el maíz amarillo, que es donde se han desarrollado los transgénicos. Otro país que cuenta con gran diversidad genética de maíz —por ser centro de origen— es México, pero ahí el cultivo de maíz transgénico está prohibido desde el 2013; y, en años anteriores, solo se permitió pequeñas pruebas experimentales después de una moratoria de 10 años (1998-2007). Sin embargo, estudios científicos han demostrado presencia de los transgenes en sus razas criollas a lo largo de todo su territorio. En Colombia —con menor diversidad genética de maíz— ha ocurrido algo similar.

Otro cultivo transgénico importante es el algodón (Gossypium hirsutum), cuyo centro de origen también es México, donde se han autorizado más de 100 mil hectáreas de siembra de variedades transgénicas. Un estudio publicado en 2011 revela la introgresión (presencia) de diversos transgenes en las poblaciones silvestres de algodón. En el caso de la soya (Glycine max) no se ha evidenciado este efecto porque en China —que es el centro de origen y donde se encuentran sus parientes silvestres— no se siembra soya transgénica.

Nadie puede afirmar o negar que haya efectos indeseados sobre diversidad genética (como componente de la biodiversidad) porque los países donde se cultivan a gran escala (Brasil, Argentina, Estados Unidos, India, entre otros) no son centro de origen ni de diversificación de estos cultivos. Es ilógico ver pérdida de diversidad genética donde no la hay.

Lo que las evidencias científicas indican es que en los centros de origen y de diversificación de los cultivos se da la introgresión de transgenes en las poblaciones nativas y silvestres. ¿Cuál es su efecto? No hay estudios al respecto. Es así que afirmar o negar algo sin evidencias no es más que dogma o religión, por más reconocidos científicos sean los que opinen al respecto (falacia ad hominem).

Un efecto tangible de la presencia de transgénicos en productos convencionales es el problema con el acceso a los mercados internacionales. Un claro ejemplo fue el caso del arroz GM tolerante a herbicidas (LL601) que se detectó en cargamentos de arroz convencional que perjudicó a 11 000 agricultores de Estados Unidos en el 2006. Debido a sus pérdidas económicas, Bayer tuvo que compensarlos con 750 millones de dólares. Entre 2013 y 2014, China rechazó varios cargamentos de maíz de Estados Unidos valorizados en casi 3 000 millones de dólares, por contener un evento transgénico no autorizado en el país asiático. Y en el 2011, los apicultores de la península de Yucatán (México), sufrieron un rechazo de sus envíos de miel a Europa por contener polen de soya transgénica.

Con un buen sistema de bioseguridad, los riesgos asociados al uso de los OVM —no sólo desde el punto de vista ecológico, sino también productivo, económico y social— pueden ser controlados. Contamos con una Ley que debería regular el uso de los transgénicos en el Perú (Ley 27104), publicada en 1999. Hasta la fecha en que se promulgó la moratoria (diciembre de 2011), no era implementada. Casi por 13 años hemos tenido una moratoria de facto dado que el país no podía aceptar ninguna solicitud de uso de OVM por no tener los procedimientos para regularlos.

El Perú debe apostar por la biotecnología para solucionar los problemas que aquejan a nuestra sociedad, entre ellas, a la agricultura. La moratoria no prohíbe la investigación con transgénicos en espacios confinados (laboratorios e invernaderos), que es donde se desarrollan las etapas iniciales pero las más largas e importantes. Es cierto que algunas investigaciones avanzadas como las que desarrollaba el Centro Internacional de la Papa se han visto frenadas y trasladadas a otros países. Pero sin un sistema de bioseguridad implementado, tampoco las hubiéramos podido aprovechar.

Papas resistentes a heladas, suena muy interesante. Por qué no empezar a desarrollarlas a partir de nuestra diversidad genética, que es donde se encuentran esos genes de interés ¿O es que sólo queremos importar la tecnología?