Por fin Queensrÿche publica un disco digno de su historia. Pónganle atención a este homónimo si ya habían perdido la esperanza (me contaba entre esos)

Creo que a estas alturas, todos conocemos la lamentable telenovela de egos descaminados que ha sido la historia reciente de Queensrÿche. Una retahíla de trabajos mediocres por casi una década y un rampante nepotismo vertical acabó con casi toda credibilidad de este viejo coloso del metal de los 80.

Escuché este disco con la esperanza de que me sorprendiera, tenía alguna fe. Escuchando la historia me parecía que la raíz del problema era Geoff Tate y su cada vez más psicótica personalidad. Los integrantes clásicos de la banda, Eddie Jackson, Scott Rockenfield y Michael Wilton acusaron a Tate de manejar dictatorialmente los destinos de la agrupación y de involucrar a una serie de miembros de su familia (esposa, primos, etc) en los diferentes aspectos de la producción de una banda profesional. Situación que había pasado la factura y que desde hace una década no lograba despegar con un buen trabajo (Tribe 2003) e incluso desde antes, pues en realidad hay que retroceder hasta Promise Land (1994) para encontrase con un gran trabajo. Por su parte Tate se limitó a recusar todas las sindicaciones y más bien impulsó la hipótesis de que se trataba de un complot económico contra él.

La verdad para los headbangers es que los últimos discos fueron literalmente un asco y en realidad el único camino digno que le quedaba a la banda era la desintegración, salvo que deseasen enfrentar el problema y solucionarlo de raíz. Lo hicieron y en una curiosa operación se expulsaron mutuamente (recuerda un poco lo que pasó entre L.A. Guns y su guitarrista Tracii hace una década). Se formaron así dos grupos con el mismo nombre los Queensrÿche de Geoff Tate y los simplemente Queensrÿche con el resto de integrantes a los que se unió Todd La Torre (exCrimson Glory) como vocalista. Ambos grupos sacaron discos y así pudimos averiguar dónde estaba el problema, la mierda venía de Geoff Tate quien editó un disco vergonzante hace unas semanas. De eso solo diremos que es muy muy malo y que es una pérdida de tiempo para el headbanger oírlo (yo ya perdí mi tiempo), el de los Queensrÿche que reseñamos no es para nada eso, sino una invitación a seguir creyendo en un nombre que ha significado mucho para el metal.

Para empezar debo decir que casi todo lo que hizo de Queensrÿche un pilar del heavy metal está de vuelta acá. Creo que los demás integrantes se han propuesto presentar lo mejor de sí para mostrar que ellos tenían razón y que si no habían dado qué hablar por buenas razones en los últimos tiempos no era por su culpa sino por las erradas decisiones de Tate y compañía. Estamos ante un disco que es un retorno en toda regla (vamos, que han estado ausentes más de un década desde el punto de vista de la calidad). Es ese heavy metal con acordes progresivos y muchos cambios que siempre fueron la marca identitaria del grupo.

Instrumentalmente me han gustado dos cosas. La primera es la batería. Scott Rockenfield nos brinda su mejor trabajo desde fines de los 80. Una batería enérgica e inteligente que provoca oírla por sí sola. No es veloz sino enrevesada y acompasada a la vez. Marcando el ritmo sin limitarse a él jamás. La otra es la voz de La Torre. Por ahí he leído que calca a la perfección la de Tate en su mejor época. No estoy de acuerdo, si bien es cierto que hace cosas al estilo de Tate, es un vocalista con suficiente personalidad. Un matiz un poco más grave, aunque en los agudos sí se le parece más. Las guitarras están a cargo de Wilton el clásico miembro de la banda desde las épocas de The Mob y de Lundgrend. Ambos hacen un papel apropiado. Sobre todo Wilton quien construye unas melodías y arabescos sónicos realmente fantásticos en temas como In This light y Midnight Lullaby. El bajo estuvo a cargo de Jackson otro clásico de la banda quien cumple un gran trabajo haciendo el contrapunto necesario a la percusión generando ese matiz progre de su sonido.

Los temas son muy buenos, bien construidos y con estribillos enganchadores. Además tienen cambios que le dan variedad al conjunto que van de las marchas metálicas in crescendo, hasta las melodías dulces pero jamás empalagosas. Esta variedad de ninguna manera se limita a una simple sucesión de alteraciones en el tema, sino que están articulados en función de que el tema resulte. En este tipo de metal, crear temas es esencial. Además se aprecia un intento serio de lograr atmósferas, como en A World Without, con una entrada misteriosa que lleva a penetrar en el tema, o en Fallout en la que la intro crea un aire épico. El mejor corte del disco en mi opinión es Don’t Look Back en la que las influencias priestianas que siempre acusó el grupo, están más presentes qué nunca pero sobre todo el tema gira hacia la propia identidad Queensrÿche, es más si pueden comenzar el disco con este tema, o ponerlo para el final sería genial.

Con respecto de la producción creo que hay que destacar la presencia de James Barton, quien fue un elemento clave en discos como Operation Mindcrime, Empire y Promise Land como ingeniero (estuvo a cargo de la mezcla) y que ahora les vuelve a dar ese aire de fines de los 80 que constituyó la madurez de la banda y último punto de referencia de su trayectoria.

Para resumir un disco muy bueno, que agrega poco a la discografía, pero que cumple con su cometido de poner en la carretera de nuevo al grupo listo otra vez para un público headbanger. Quizás algo parecido a lo que logró el Blood of the Nations para Accept.