La cabeza motorizada hace rugir sus fauces e impulsa un nuevo set de corrosivo metal rock para darle una lección a todos de visceralidad y autenticidad.

Motörhead es la prueba viviente de que el buen metal y el buen rock no acaban con los años. La banda nos dio clásicos incontestables a fines de los 70 y comienzo de los 80. Overkill, Bomber, Ace of Spades, No Sleep ‘till Hammersmith, Iron Fist mostraron a una banda poderosa con un estilo absolutamente original y propio que se ganó el sitial de pilar del heavy metal, merced a una propuesta oscura, ruda e independiente. Es más, trascendieron al metal hasta convertise en uno de los mejores grupos de rock de la historia.

La segunda mitad de los 80 y primeros 90 los vivieron con algunos lanzamientos recordados como Orgasmatron (86) o 1916 (91), pero desde casi la mitad de los 90 hasta entrado algo del nuevo siglo cayeron en una fase creativamente recesiva, con solo un gran lanzamiento, Sacrifice (95). Sin embargo a partir de Inferno (2005) alcanzaron nuevamente el cénit del metal con discos y temas de tan notable calidad, incluso innovando su herencia previa, que merecen estar al lado de todos sus clásicos y hasta podrían tocarse completamente sin desmedro de no ser porque ya no se podrían tocar los viejos temas que todos recuerdan (esto al final también es un negocio). Supongo que en esto gravitó la estabilización de una alineación con Phil Campbell en la guitarra y Mikkey Dee en la percusión, la de más duración de su historia. Así, Kiss of Death, Motörizer y The World is Yours nos han presentado a un coloso en plena forma. Digna de esta seguidilla se presenta Aftershock, un álbum que rebosa la energía, el ritmo y la velocidad que ya quisieran algunas bandas actuales de los Estados Unidos y Europa que hoy acaparan las críticas con trabajos de cuestionable metalicidad.

El mejor Motörhead es vicioso, su música plantea sonidos enfermos y viciosos. Eso lo tenemos acá a raudales, hemorrágicamente. La base rítmica de bajo y batería componen un sonido enteramente sucio, enfermo y rockanrolero, sobre la que los solos de Phil Campbell se divierten, construyen y destruyen la música más ácida del mundo y las letras de Lemmy te cuestionan, atacan y se burlan como pocos de nuesto pequeño amor propio.

Quien oiga este disco y haya disfrutado de los trabajos más recientes del grupo no podrá ponerle peros pues sigue y mantiene esta misma línea. Además hay que agregar, aunque suene demasiado subjetivo, que se le ha metido un alma a estos temas, que se sienten cantados desde las vísceras mismas sin ningún ánimo de compromiso comercial más allá de ofrecer a los seguidores lo que ya saben que pueden pedir a los liderados por Mr. Kilmister. Si sus shows siempre comienzan con la expresión We are Motörhead, we play rock (que trasunta una curiosa mezcla de humildad y orgullo y que por lo menos una vez escuchamos en Lima ante una vergonzosamente magra asistencia), pues eso es lo que te dan acá: Motörhead y rock, rock metalizado, pero rock al fin.

Yendo a los temas, ninguno está demás, no son muy variados entre sí, pero ninguno es en sí aburrido. Podríamos quizás establecer tres grupos entre los 14 temas del conjunto: los ultraveloces, los medios tiempos blueseros, y los más rockeros y tradicionales de la banda. Los del primer grupo son los que predominan (6 o 7 temas), con una batería acelerada y muy punk casi todos, son los que abren el disco con Heartbreaker y Coup de grace, temas que remiten al speed rock and metal si se me permite la nueva expresión, del estilo de temas que han venido ensayando en los últimos años, muy a lo Killers del Inferno y que cuyo modelo inicial quizás se remonte al Live to win del Ace of spades.

Los blueseros son básicamente dos, Lost woman blues y Dust and glass, el primero es un rock de melodía blues en realidad, muy divertido, y el segundo es mucho más profundo y recuerda un poco a algunos temas de los Judas Priest de los 70 (la entrada de One for the road, con la que abren el Rocka Rolla), con un solo de guitarra brutal.

Los rockeros constituyen un conjunto un poco más heterogéneo. Está la pesada Silence When You Speak To Me (buen título), la relativamente festiva Crying Game, la rockanrolera y muy clásica Queen of the damned que remite a muchos temas anteriores, sobre todo al señero Ace of spades. O la Kissísima Keep Your Powder Dry, que es de las más adictivas del conjunto.

Se trata de un poderoso y enfermo disco, en el que no está todo lo que ha hecho la banda en su historia, pero sí mucho de lo mejor que ha trabajado. Es probable que este uno de los últimos discos del grupo, por la enfermedad de Lemmy que lo está apartando de los escenarios y de la actividad (nunca se ha cuidado ni un mínimo). Sin embargo, lejos de ofrecerse un trabajo de senectud y sin ideas, nos trae un disco de primera, salvaje y rudo rock and metal.