Acá como de costumbre te traigo el verdadero metal para que te arrodilles y le rindas culto y escupas en los falsos adoradores del mal. Satan’s Host, uno de los más escondidos rescoldos al rojo vivo del heavy metal de los 80, nos quema este año con un monumental trabajo que calcinará tus ídolos.

Portada bien comiqueraEl nombre de la banda parece sacado de alguna película satánica de Roger Corman, pero se trata de una agrupación de larga e interesante vida como es el caso, en cierto sentido de Hell. La banda, de acuerdo con los Metal Archives, data de 1977, lo que la sitúa muy atrás en el tiempo, sin embargo no se puede decir que el sonido que practiquen sea en sí setentero, gótico, o doom. Estamos ante esa vertiente extrema del metal tradicional, el heavy obscurecido (a veces encuentro referencias con nomenclaturas como blackened heavy metal), es decir musicalmente algo parecido a Judas Priest o Iron Maiden, pero con la velocidad de Helstar, pero además dotado de una malevolencia y vocación anticristiana y proobscurantista en el más puro estilo de Mercyful Fate/King Diamond que resulta ser el ingrediente que lo singulariza y le hace merecedor de ser degustado y apropiado como pilar fundante del sentido del metal.

La banda ha pasado, digamos, por tres periodos. El primero desde 1987 hasta 1988 y que alcanzó su ápice con el único LP de aquella época, el apabullante Metal From Hell de 1986, cuya oscuridad, velocidad y calidad musical soberbia, eran inversamente proporcional a la aberrante producción sonora que solo podía condenar a la oscuridad tan buenos temas. Aquel grupo estuvo formado por Satan Patrick Evil, guitarrista y espíritu fundador y propietario de la idea y el nombre de Satan’s Host, Belial al bajo, D. Lucifer Stele a la percusión y el incalificable Leviathan Thisiren (Harry Coklin conocido por haber sido cantante de Jag Panzer entro otros), vocalista que te deja sentado en 3 minutos por no poder creer que sea posible tal poder en una garganta humana.

De 1994 hasta 2008, la banda conoció un segundo periodo de actividad mucho más fértil que arrojó 5 discos larga duración, un EP y un DVD, pero esta vez dentro de un estilo que fusionaba heavy metal con death metal (si estás pensando en algo parecido a Children of Bodom, te alejas enormemente) y de la mano de su propio sello Black Magik Inc y luego de Moribund Records. Esto hizo que su sonido se volviese muy apreciado entre la comunidad under que es la principal consumidora de esta clase de trabajos.
Para el 2010, Harry Conklin, reapareció en la banda y su reentrada fue brutal. La banda retomó la línea heavy metal oscura y enloquecida de los 80 con la potencia añadida de la experiencia death metal. En 2011 editaron el excelente By the Hands of the Devil y luego ese mismo año un recopilatorio de regrabaciones, Celebration for the Love of Satan: 25th Anniversary Album con un buen sonido y una producción de primera que sirvió para asentar aún mejor el nombre en el under metálico. Este ya declinante 2013, la banda nos viene con un trabajo incluso más agresivo y excelente, el abrumador Virgin Sails.

Se trata de un disco que por un lado amas, porque te devuelve lo mejor que puede hacer el metal y por otro detestas, porque sabes que, ante la avalancha de producciones, no podrás dedicarle todo el tiempo que este disco merece. Es que los temas son tan elaborados y bien trabajados que sabes que el disco lo podrías oír 50 veces y aún encontrarías sorpresas. No solo eso, es de esos trabajos detallistas que cuando ya los conoces, esperas oír el matiz especial (un riff, un cambio, un giro vocal) que sabes que está unas notas más adelante para volver a disfrutarlo.

El disco nos presenta heavy metal clásico en un sentido; pero en otro, es también algo fresco gracias a que Patrick Evil, guitarrista y alma creativa del grupo, conoce el metal pero ni lo calca ni lo copia, lo crea. Tiene su propio estilo y si en los 80 hubiesen tenido un poco más de suerte habrían alcanzado tranquilamente el estatus de un Mercyful Fate. Además las voz de Coklin es brutal y su sentido de la grandiosidad, el ideal. Solo para darles una idea es como juntar el estilo de Judas Priest, el talento para la melodía de King Diamond, la contundencia de los actuales Helstar, la ambición musical de Iron Maiden, la locura de los Mayhem y la oscuridad de Bathory. Un conglomerado grandioso, pero que aun así nos queda corto, pues al final sumar todo eso no es en sí Satan’s Host. A ellos se suman Anthony Lopez, un extraordinario baterista cuya virtud máxima parece ser la capacidad de cambiar de velocidad en décimas de segundo y hacerlo con completa naturalidad; y Marcus García (exTorrid Flesh), con el seudónimo de Margar, al bajo.

En el caso de los temas, todos son buenos sin excepción, todos son puro y quintaesencial heavy metal, todo es ortodoxia acá pero elevada a los niveles grandiosos que solo el fundamentalismo logra. El primero, Cor Malifecus, es una gran pieza de 7 minutos en los que se intercalan momentos veloces y medios tiempos, dirigidos por virtuosos solos de guitarra. El segundo tema, The Island of the Giant Ants, que pensé que aludía a alguna cinta de horror de serie B pero no, no lo hace, sigue en esa tónica pero es más rápida y corta, con esa línea de coro interpretada a todo pulmón por Coklin. Dichotomy es, al inicio, un medio tiempo cadencioso que resulta un buen contrapunto a los dos temas iniciales con un Coklin soberbio pero más tranquilo, al menos por un rato, porque la banda al final se dicide por el speed metal. Of Beast and Man me recuerda un poco lo que hacen los 3 Inches of Blood, pero con un coro muy NWOBHM. Akoman es un pequeño interludio, bastante siniestro a lo película de terror. Reanimated Anomalies nos lleva un poco al periodo black/death de las banda, con un coprotagonismo de una voz gutural (que la verdad no sé quien interpreta); es el más diferente de los temas del disco. Luego aparece la maideniana Infinite Anomalies, uno de los mejores temas que la banda haya compuesto, épico y sentimental a la vez, quizás la mejor interpretación de Coklin. Vaporous of the Blood retoma la idea de Dichotomy y quizás guarda un aire al Queensrÿche de Empire, pero mucho más guitarrero y al final, como en Dichotomy, se decanta por algo más extremo, en este caso el death metal. Taromati es otro breve interludio instrumental que resulta bien rockero y un poco depresivo. Se cierra el disco a lo grande con el tema homónimo del disco. Un tema más lento, heavy con death a la vez, la voz trabaja el triple y parece un cruce de Ripper Owens con Rob Halford en su mejor época, cantando a la misma velocidad, conforme el tema se acerca al final se acelera y extrema en sus líneas melódicas.

Un disco que solo podrá dejar con un sonrisa de satisfacción al headbanger de corazón. Un gusto ver que otra gran banda alcanza un nivel de calidad musical sobresaliente, que debemos valorar. Démosle una oportunidad a esta banda fenomenal, la vida no es solo Metallica y Iron Maiden, hay muchísimo más y no tenemos por qué vivir oyendo solo Enter Sandman y The Trooper (que son grandes canciones, pero no las únicas).

El inicio del disco

Un tema del disco.