Ahondando un poco más en el tema político y su relación con el heavy metal he encontrado este caso muy ilustrativo. A comienzos del mes pasado, el cantante de Down y antiguo frontman de Pantera, el muy conocido Phil Anselmo, ha tenido problemas de raíces políticas. Resulta que en el festival Dimebash 2016 realizó un saludo nazi a brazo alzado a la vez que gritaba “white power” conocido grito de guerra neonazi y RAC (hay una canción de Skrewdriver con ese título). Debido a esto, una serie de críticas e insultos ha sido lanzada contra Anselmo de parte de periodistas y músicos de metal y rock. La banda ha sido suspendida de un festival en Holanda y el gobierno francés ha amenazado con retirar las subvenciones que otorga al Hellfest si no censura a Down de su cartel. La organización del festival ha rechazado la presión del gobierno debido a que Anselmo ha pedido disculpas y parece ser sincero, según los organizadores.

Más allá de que hoy en día corren tiempos de excesivo celo en lo políticamente correcto hasta el punto de que en los museos de Europa se plantea quitar de los títulos de obras clásicas vocablos que podrían ser racistas hoy en día (como negro o esquimal) pese a que esto ha sido denunciado por intelectuales como Javier Marías, es verdad que resulta por lo menos embarazoso que un metalero como Anselmo (él se precia de serlo) de una trayectoria relevante ande por ahí lanzando saludos nazis e invocando el poder blanco. Por supuesto, alguien dirá, con razón incluso, que lo que debemos evaluar en el artista es la obra producida, que puede ser sublime más allá de su ideología personal, que puede ser despreciable. Tal como se reclama con personas como Knut Hamsum o Celine, quienes son creadores de una obra literaria maravillosa pero que sirvieron a intereses genocidas.

Sin embargo, y esto es parte del problema, el metal y el arte en general no son islas, existen en una sociedad y por lo tanto en un contexto político. El nazismo fue una de las aberraciones culturales e ideológicas del siglo XX más atroces (el sueño de la razón produce monstruos) y ninguna actual democracia puede olvidarlo y por ello hay ciertos gestos que solo pueden ser un insulto para esas democracias ya que refrendan los antivalores que si primasen acabarían con nuestras libertades tan duramente ganadas y a veces tan precariamente mantenidas. Una sociedad nacionalsocialista, fascista, no toleraría la existencia del heavy metal (persiguieron al jazz en los años 30). Solo un inconsciente, o un tonto, puede pretender ser metalero y a la par nazi. No sabe lo que está siendo.

El mismo Hellfest que debe estar lleno de metaleros que seguro se pretenden apolíticos terminan adoptando la decisión política de apoyar a la banda, justamente por rechazar una presión política de su gobierno. ¿Hay alguna manera sensata de escapar de la política? No.

Esto es obvio y por ello estos gestos no son pasados por alto en las sociedades más desarrolladas pues suscitan memorias y simbolismos de clara significación. Existe la memoria histórica y los estados son obligados por esos pueblos a patrocinarlas y tomarlas en cuenta. Acá vemos cómo la política toca el mundo de la música. Si Anselmo hubiera estado más atento a sus gestos políticos no estaría padeciendo este problema ni se lo habría ocasionado a sus compañeros

El hecho de marras