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Sumido en el rincón de los héroes olvidados, el mariscal Domingo Nieto Márquez regresa simbólicamente a la palestra mediante la más reciente obra de la prestigiosa historiadora Carmen Mc Evoy.

Los dos tomos de “La guerra maldita: Domingo Nieto y su correspondencia 1834-1844” (Dirección Desconcentrada de Cultura del Cusco-Ministerio de Cultura, Biblioteca Nacional del Perú, 2015) son un trabajo esencial que recoge las cartas que el ‘Mariscal de Agua Santa’ escribió y recibió en una convulsionada década que marcó el inicio de la joven república peruana.

La profesora de historia latinoamericana en The University of the South-Sewanee destaca el coraje de Nieto, su capacidad para diseñar estrategias de guerra y el conocimiento de la geografía del país como factores que lo hicieron un militar completo y ejemplar.

La también autora de “En pos de la República: ensayos de Historia Republicana” espera que su trabajo logre dos objetivos fundamentales: rescatar a Domingo Nieto del injusto olvido en el que se encuentra y dar pie a una cruzada que permita repatriar el archivo completo del gran mariscal, arrebatado por los chilenos durante la Guerra del Pacífico.

Desde la época de Jorge Basadre hay un constante debate en torno a la relevancia histórica del ejército en la historia del Perú. En medio de esta polémica, ¿qué espacio ocupó Domingo Nieto en la institución militar?

Domingo Nieto puede ser definido como un hito político e ideológico en la historia del ejército peruano. Primero que nada hay que destacar que, a diferencia de los otros militares que dirigen los destinos del Perú durante el siglo XIX, Domingo Nieto nunca sirvió a los ejércitos del Rey. Él podría ser considerado la primera generación de soldados de la república.

¿Por qué?

Primero. Domingo Nieto se enrola a los 17 años en la expedición libertadora de José de San Martín y a partir de ese momento su carrera se va desarrollando en la defensa de los ideales de la república frente a la continuación del sistema imperial. No es Castilla, ni Santa Cruz, tampoco Agustín Gamarra que sirvieron a los ejércitos reales. En segundo lugar, él tuvo un pensamiento político claro y una ideología republicana. Aparte de ser un estratega militar de primera categoría, Nieto tuvo un pensamiento político que buscaba la unidad de las diferentes facciones que estaban pugnando dentro del ejército, en un momento en que este era básicamente un conjunto de bandas armadas sin rumbo ni pensamiento político definido.

Su ideología republicana lo lleva a buscar siempre la unidad…

Y también a los pactos políticos. Siempre se ha visto esta etapa de la historia peruana como una fase de guerras, pero para él esto debía terminar y llegarse a un acuerdo político que pacifique el país y que, de alguna manera, traiga estas bandas armadas a la mesa para así evitar la guerra civil. Nieto siempre creyó que esto último no era una solución para los problemas del Perú.

¿Por qué muchos de estos militares que combatieron juntos en la independencia del Perú terminan peleados a muerte algunos años después? Podría ser imposible imaginar entonces un mero afán económico como quizás podría presentarse hoy. ¿Cuál es la explicación a esa ruptura en la joven república?

Creo que lo que define el combate es la lucha por el poder. Es decir, el enfrentamiento de diferentes grupos militares con sus respectivas cabezas que van a llevar a cabo esta suerte de torneos militares en los que facciones se pelean por dominar a las otras. Entonces, lo que se está definiendo es una hegemonía territorial en la que diferentes provincias tienen a sus líderes (militares) luchando por lograr un dominio sobre el país. No es una casualidad que Agustín Gamarra represente a la facción del Cusco y sus aliados sean de lo que sería la zona sur andina (San Román, Echenique).  ¿Y quiénes se les enfrentan? Una facción más bien de la costa con Nieto (Moquegua), Castilla (Tarapacá), Vidal (Huacho). Ahí puede verse una tensión entre la costa y la sierra sin hablar necesariamente de una polarización.

Para los que gustan trazar líneas de tiempo históricas, ¿qué época de nuestra historia comprende la denominada ‘guerra maldita’?

La ‘guerra maldita’ es una expresión que yo he tomado de Domingo Nieto. Se trató de un conflicto que se inició con mucho idealismo, con mucha esperanza.  Todo es ordenado, salen las corporaciones, Nieto sale a la plaza y le habla al pueblo de Arequipa, las monjas están rezando, los artesanos cosiendo los uniformes. Hay esperanza. Eso se inicia en 1834 y termina en 1844 cuando el ‘Mariscal de Agua Santa’ muere. Estamos hablando de una década de guerra a la que Jorge Basadre llama ‘los años de la anarquía’. No es verdad, sin embargo, que sea una anarquía pura, porque lo que las cartas revelan es que existen lógicas de guerra, una industria, ideología, acuerdos políticos y que incluso había un proyecto post-guerra. Además, hubo paréntesis en los que estos militares acuden a la política. Por otro lado, la guerra sí es maldita, porque es algo que va escalando y que pasa de ser una disputa interna (por una sucesión presidencial que Agustín Gamarra intenta controlar a través de Bermúdez), y se convierte en un tema internacional, incorporando a actores como Bolivia y Chile.

Se distorsionaron los motivos iniciales del enfrentamiento…

Así es. La guerra tomó otra dinámica, lejana a la inicial que buscaba principios republicanos, una suerte de democracia de los pueblos,  justicia; y más bien se convierte en una guerra de sobrevivencia, en la que se ve claramente gracias a las cartas de Nieto cómo hay que depredar, entrar a los pueblos y prácticamente secuestrarle sus recursos. Entonces, lo que los diez años de guerra muestran es que hubo una evolución y momentos distintos. No podemos tomar, como Basadre lo hacía, el tema de la anarquía porque se está construyendo también una política y acuerdos que derivan en el triunfo de una facción que tiene un proyecto político muy claro sobre la otra y que termina con la muerte de Agustín Gamarra. Él tuvo que morir para que la facción de Nieto tome el Cusco y desde ahí venga a Lima a imponer su proyecto político.

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(La historiadora Carmen Mc Evoy es colaboradora habitual de El Comercio)

Las cartas muestran a Domingo Nieto como un gran estratega militar. ¿Cómo formó él esta gran habilidad?

Creo que esa es una de las grandes sorpresas de las cartas. Lo que nos muestran las misivas es cómo Domingo Nieto es un experto en la construcción de la maquinaria de la guerra. Esto demanda habilidades especiales: hay que llegar a los pueblos, realizar acuerdos con la corporación que los domina y hay que generar recursos. Existió una industria de la guerra que los militares manejaron con los recursos de las provincias. Ahí no había dinero y esa es precisamente la gran habilidad. Las cartas muestran, además, que el Perú es tan grande que es posible continuar la guerra eternamente. Te mueves de un lado a otro y sigues peleando.

Y Domingo Nieto conocía muy bien el territorio.

Es cierto. Aparte del manejo de los recursos, Domingo Nieto es un estratega porque conoce el territorio nacional de una manera impresionante. Para ser un militar exitoso en el siglo XIX debes tener en tu cabeza una suerte de GPS, un mapa del Perú. La geografía, dónde estaban los ríos, el forraje para los caballos, dónde estaban los puentes, etc. Eso fue llamado en el siglo XIX ‘la guerra de posiciones’. Cuando tú te posicionas en una zona y cuentas con los recursos es mucho más fácil ganar. Y finalmente está el tercer elemento de Nieto: su coraje. Se trató de un hombre valiente, tanto así que para evitar que su pelotón muera, sostuvo un torneo de lanzas con un experto colombiano, al cual terminó matando. Tenía una gran habilidad con el caballo y la lanza.

¿Cómo se podría calificar la posición de Domingo Nieto durante la existencia de la Confederación Perú-Boliviana?

La palabra que puede definir a Domingo Nieto durante ese periodo es la contradicción, además de la ansiedad y la angustia por no haber tomado la decisión correcta. Ahí está uno de sus grandes problemas existenciales. Nieto es quien sugiere traer al ejército boliviano porque él trató básicamente de cuidar la retaguardia de Arequipa para que el Cusco no tome posición de esta ciudad que él ha logrado liberar. La única forma fue pedirle ayuda a los bolivianos. Él creyó que les pediría ayuda y luego ellos se irían. Sin embargo, y ahí estuvo el problema, los a los bolivianos los comandaba Santa Cruz. Allí surgió un conflicto en Nieto: por un lado estaba el apoyo militar que necesitaba y por el otro sentía una especie de trampa política, al ver a los peruanos supeditados a la figura de Santa Cruz. Ahí se dio una especie de angustia existencial por haber tomado una decisión que lo llevó a una guerra que luego no pudo controlar.

Luego habría un rompimiento entre personajes que alguna vez fueron aliados…

Las cartas van mostrando el surgimiento de un nacionalismo. Los que anteriormente fueron aliados, amigos y pelearon juntos durante la independencia ya tienen intereses diferentes. Santa Cruz defendía los intereses de Bolivia. Entonces, se fue logrando una especie de conciencia nacional al interior del ejército que generó dudas en Nieto, quien creía que el Perú caería finalmente dominado por el ejército boliviano. Por otro lado, las cartas también muestran que él trata de justificar ante la historia la decisión que tomó. “Yo no he traicionado al Perú. Ahora me acusan de traidor”, escribió. Nieto entró en un laberinto y no salió hasta su victoria final en 1844, año en que murió. Entonces él muere ganando pero no logra ver los frutos de su esfuerzo.

Luego de que Pablo Bermúdez se autoproclame Jefe Supremo del Perú (1834) se genera un rechazo no solo de militares sino también del pueblo. ¿Era esto una defensa al sistema o más hacia la imagen de Orbegoso?

Esto es lo que Jorge Basadre llamaba la participación del pueblo en la historia. Son los pueblos de Lima y Arequipa los que se levantan contra el yugo de Bermúdez. Entonces estuvo muy presente la ideología de la libertad, que es la misma de la independencia. Existió instalada, incluso dentro de la mentalidad popular, la idea de un protocolo a respetar. Tú no podías imponerte como intentó Agustín Gamarra a través de un favorito. Y no solo eso, sino que se está desacatando lo que dictaminó la convención: ahí estuvieron Luna Pizarro y los liberales. Es el espíritu liberal que llegó a los sectores populares, los cuales eran conscientes de que frente a la libertad estaba la tiranía. En Nieto existe esta tensión permanente de que el ejército debe defender lo que defendió en Ayacucho: la libertad del Perú. Y si caes en manos de un caudillo, el pueblo tiene derecho a levantarse.

 ¿Se puede decir que el ‘Mariscal de Agua Santa’ terminó en el rincón de los héroes olvidados del Perú?

Totalmente. Es una paradoja de la historia que el primer soldado de la república, el hombre que fue uno de los defensores del gobierno de Orbegoso, de la convención liberal y que, además, muere pobre, debiendo dinero, haya terminado así. Domingo Nieto vive casi 20 años de su vida entregados al Perú. No conoció a su última hija. Es una de las personas que se desligó de su familia por participar permanentemente de la guerra. Es increíble que quien sienta las bases de la institucionalidad militar, quien buscó que el ejército tenga unidad, quien planteó una política post-guerra y finalmente quien siempre tuvo como bandera la constitución, haya pasado por lo que pasó. Todo su archivo desapareció, se lo llevaron los chilenos en la Guerra del Pacífico. Todo está capturado en una bóveda de un país contra el cual el propio Nieto se enfrentó en la época de la Confederación Perú-Boliviana.  Tras su muerte, el cuerpo de Nieto fue sepultado y se perdió el rastro dónde. Recién apareció a principios del siglo XX. Aquí puedes darte cuenta de la fragilidad de la memoria histórica a consecuencia de la guerra. Estamos ante un padre fundador de la categoría de Sánchez Carrión, de Luna Pizarro, que está totalmente olvidado en el imaginario no solamente de los peruanos sino del ejército.

Salvo el regimiento presidencial que lleva su nombre…

No existe en los textos escolares ninguna referencia a Domingo Nieto. Mientras que en Estados Unidos uno recuerda a los grandes generales, en el Perú al único que se recuerda es a Ramón Castilla, el pupilo de Nieto. El ‘Mariscal de Agua Santa’ fue discípulo de José de La Mar, el primer presidente del Perú. Fue su ayudante de campo en Ayacucho. Considero que la vuelta de su archivo y la discusión en torno al periodo de la ‘guerra maldita’ permitirá no solo recuperar la memoria de Nieto sino también la de otros militares como Pedro Cisneros, prefecto de Arequipa y Tacna. Hablamos de grandes agentes (militares) políticos que fueron olvidados como otros personajes del siglo XIX.

¿Qué tan probable es que el trabajo que usted realizó pase de lo simbólico a lo concreto y finalmente Chile devuelva las cartas de Domingo Nieto que hoy mantiene en su poder?

Creo que hemos puesto a Nieto en la discusión historiográfica. Entonces al regresar su correspondencia, al regresar el interés de los historiadores y del público en general pero sobre todo del ejército, yo creo que el próximo paso sea una cruzada para recuperar sus documentos. Ningún país del mundo se quedaría de brazos cruzados si los documentos de uno de sus presidentes estuvieran fuera de su territorio. Si fuera lo contrario y nosotros tuviéramos el archivo de los ex presidentes chilenos José Manuel Balmaceda o Manuel Montt, los chilenos ya lo habrían reclamado. Domingo Nieto ha sido presidente de la junta provisoria, o sea mandatario del Perú, y su archivo debe estar en su tierra natal. Creo que si nos ponemos todos de acuerdo podemos iniciar una cruzada de repatriación. Ya es momento de que ese archivo completo regrese a donde debe estar, probablemente la Biblioteca Nacional del Perú, que fue el lugar de donde fue extraído durante la Guerra del Pacífico.