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Como es usual en cada campaña presidencial, la desigualdad es un tema recurrente en mítines y conferencias de prensa. Sin embargo, el tema es mucho más complejo de lo que se cree y tiene orígenes históricos que son precisos tener en cuenta al momento de plantear soluciones para reducir las brechas presentes en el Perú de hoy.

En ese sentido, un grupo de académicos de distintas acaba de publicar un muy interesante libro titulado “La desigualdad de la distribución de ingresos en el Perú: Orígenes históricos y dinámica política y económica” (PUCP, 2016).

La referida obra cuenta con tres capítulos en los que, desde la ciencia política, la historia y la economía se busca determinar las razones por las que, pese a los diversos periodos de bonanza económica que vivió esta nación, ha sido imposible acabar con el flagelo de la desigualdad.

Conversamos con Carlos Contreras Carranza, historiador y responsable del primero de los tres capítulos que incluye esta publicación, el relacionado a los orígenes históricos de la desigualdad en Perú.

-Usted ya ha investigado previamente sobre los orígenes de la desigualdad en nuestro país. Hablando del libro, ¿por qué era importante unir politólogos, historiadores, sociólogos y economistas para tratar de explicar este tema tan complejo?

Porque el tema de la desigualdad tiene muchos orígenes, muchas consecuencias, de manera que se prestaba mucho a una investigación multidisciplinaria. De un lado está la desigualdad económica, pero por otro lado hay desigualdades sociales también enormes. Y existe cierta conciencia en torno a que el tema no es reciente sino que hunde sus orígenes en la historia. Fue así como, bajo la iniciativa de Waldo Mendoza, creamos un equipo donde hubiera una mirada que examine la magnitud de la desigualdad actual, la compare con las últimas décadas y también enfoque el tema desde la historia. ¿Desde cuándo somos una sociedad desigual y qué hechos agravaron o reprodujeron un patrón de desigualdad? Este era el desafío.

-Usted considera que la gran desigualdad en este país es étnica. ¿Por qué?

Creo que el tipo de colonización que tuvo el Perú tuvo un lado bueno, que fue la posibilidad de coexistencia tanto del grupo colonizador como del grupo colonizado, es decir, los nativos no desaparecieron como en otras partes del mundo sino que sobrevivieron en gran número. El Perú quedó constituido como un mosaico étnico en el que no se daba igualdad de derechos y deberes a todos estos segmentos étnicos de la población, sino que esta última quedó clasificada tanto en términos legales y jurídicos como en reales, de acuerdo a su raza. Y en ese sentido hubo una especie de jerarquización. Entonces los blancos tenían el poder, el control de las instituciones fundamentales, los privilegios, las ventajas, aunque también los deberes mayores, mientras que las otras razas (indios y negros) quedaron en situaciones inferiores. También se compensaba su inferioridad de derechos con un trato más protector, benevolente. No todo era tan blanco y negro, digamos, pero haciendo las sumas y las restas se creó una sociedad desigual que, sin embargo, en ese momento no molestaba porque se partía de la idea de que la desigualdad era natural entre los hombres y no había que ir contra la naturaleza de las cosas.

-Entonces, desigualdad y orden colonial eran coherentes…

Eran como las dos patas de un mismo sistema. Así nació el Perú. Así nos formamos. El desafío de la República fue cambiar eso. Y hay que reconocer que era un cambio complicado. No es fácil nacer de una forma y luego convertirte en algo distinto. Históricamente es un cambio complejo más aún porque la Independencia preservó la coexistencia de esos grupos raciales.

-¿Por qué fue casi imposible repartir la riqueza de forma correcta luego de la Independencia del Perú?

Primero porque los que dirigieron la Independencia no eran ángeles sino seres humanos de carne y hueso que tenían bolsillos y querían sacar partido de lo que ellos consideraban había sido su sacrificio, su lucha y su entrega. Entonces era la hora de cobrar, de pasar por caja. Y no desaprovecharon la oportunidad para llenarse los bolsillos. En la gran investigación de Alfonso Quiroz “Historia de la Corrupción en el Perú” se menciona que el peor momento de corrupción de nuestra historia fue la época de la Independencia. Toda la riqueza expropiada a los españoles muertos, expulsados o que emigraron fue a dar a un grupo de dirigentes criollos que eran básicamente los generales o héroes de la Independencia, quienes cobraron su premio en tierras, mansiones o esclavos. De esta forma, tal vez luego de la Independencia la desigualdad fue peor que antes. Sobre esto se montó luego el auge del guano, que fue una especie de ‘juego de la piñata’ a ver quién lograba arranchar más de las riquezas del Estado. Los que estaban más cerca del Estado, los que vivían en Lima y tenían un familiar ministro tenían una posición de ventaja respecto de la gente del interior. Entonces la era del guano contribuyó a agravar la desigualdad. En cambio, un momento trágico como el de la Guerra con Chile, en cierta forma, alivió la desigualdad, porque los que se enriquecieron durante la Independencia y el periodo del guano fueron los grandes perdedores, los expropiados.

-Usted remarca dos términos que podrían parecer similares, aunque no lo son realmente: igualación e integración. ¿Se puede decir que en momentos como la Guerra con Chile hubo más proyectos de lo primero o de lo segundo?

Las grandes crisis económicas golpean sobre todo a los sectores pudientes porque el valor de las residencias cae, los negocios dejan de tener ganancias. Así que momentos como el que mencionas fueron de empobrecimiento general y donde hubo cierta igualación. La integración tiene que ver más con que — en las épocas de expansión económica– hay más posibilidades de incorporar a la economía y al juego social a grupos que antes estuvieron excluidos. Por ejemplo, la expansión educativa es casi un hecho del siglo XX en el Perú. Entonces, la educación fue una forma de que la riqueza en el Perú –a través del gasto educativo—se transfiera a peruanos sin mucha participación previa en la vida económica y social. Igual pasa con las campañas de salubridad, que eran muy agresivas en la primera mitad del siglo XX. De esta forma, se integra pero por la base de la pirámide. Ellos (los indígenas, negros y mestizos) se incorporan como sirvientes domésticos de las familias limeñas. Fue esa una forma de integración, bastante desigual pero de integración al fin.

-Hay un dato muy interesante que arroja el censo racial de 1940. Hay una reducción de los indígenas y un crecimiento del sector blanco y mestizo. ¿Qué implica eso en términos de desigualdad?

Es siempre difícil para los que hacen el censo clasificar a la gente como indios, blancos o mestizos. Entonces lo que al final predominaba eran los signos exteriores, el cómo estaba vestida la persona, si hablaba castellano y cómo lo hablaba. Esto llevaba a que un indio pasara por mestizo o un mestizo por blanco. El hecho de que haya crecido el grupo de blancos/mestizos expresa no tanto un crecimiento biológico de esos sectores, sino más bien que mucha gente en nuestro país se había ‘blanqueado’, en el sentido de que habían aprendido el castellano, se vestían como occidentales, usaban calzado. Es a través del empleo urbano/público que los mestizos se habían blanqueado y los indios se habían ‘mestizado’. Esto explica que el sector blanco/mestizo agrupara a más de la mitad de la población. Asimismo, es verdad que en esa época se vivía la ideología del mestizaje como gran integrador de la nación. Durante mucho tiempo en América Latina hubo esa especie de utopía: ¿Qué éramos los latinoamericanos? El mestizaje estaba de moda, ser mestizo era como un motivo de orgullo. De manera que el propio gobierno estuvo interesado en que los resultados del censo mostraron un Perú mestizo, que significaba un país más moderno, integrándose. Hubo cierta manipulación sobre todo a la hora de inflar la población efectivamente censada con la supuestamente omitida.  Se creó una cifra exagerada de población omitida y eso llevó a que los blancos y mestizos crezcan. Cuenta la leyenda que el presidente de entonces (Manuel Prado) había dicho “quiero 7 millones de habitantes, nada menos, y que los blancos y mestizos sean el grupo principal”. El censo efectivamente contó a 6 millones 207 mil y luego la cifra oficial resultó de 7 millones y 23 mil. Más de 10% se añadió. Cosa inusual y probablemente incorrecta.

-Usted menciona varias etapas del crecimiento del Perú y me he centrado en la de 1940. A partir de entonces ocurren varios hechos (migración, terrorismo, reforma agraria, dictaduras). ¿Cuál es su balance de los últimos 80 años de nuestra historia si hablamos de combate a la desigualdad?

Creo que el balance ha sido más bien negativo hasta los años noventa o hasta hace poco. Lo que ha ocurrido es una explosión demográfica. El Perú pasó de ser un país de poca población a uno sobrepoblado. Y esto se dio paralelamente a la integración. Mientras el Estado, en la medida de sus posibilidades, daba educación, salud, hacía carreteras y propició la migración del campo a la ciudad, ocurrió un crecimiento explosivo de la población, lo que trajo abajo los salarios. Porque según una ley básica de la economía: aquello que se vuelve abundante, pierde precio. Si comparas los salarios que había en la primera mitad del siglo XX con los de la segunda mitad del mismo periodo, te darás cuenta que hay una pérdida de salario real: de la capacidad de compra. Un obrero de los años ochenta ganaba muy poco en comparación con uno de los años veinte o treinta. Esto implicó un agravamiento de la desigualdad. Y esto fue el caldo de cultivo de la rebelión social, del descontento político. Porque ahora la gente está integrada pero más desigualada, si me permites la expresión. Antes estaban desintegrados y los nativos que vivían en las Amazonía o las comunidades de la puna ni se enteraba cómo vivía la gente rica de la costa. Pero hoy existe televisión, prensa, barrios en la ciudad, las casas se ven, los autos modernos se cruzan con los viejos y todo esto va creando un sentimiento sublevante a partir de los años sesenta. Y va a explotar de muchas formas. El terrorismo fue una de ellas.

-Pero al final del siglo XX hubo muchos cambios…

Claro, al final del siglo XX hubo un drástico cambio de modelo, que fue como jugar una carta. Tuvo muchos ingredientes y a partir de ahí se entró a un ciclo más bien de alivio de la desigualdad de la mano de la bonanza exportadora. Fue como otra era del guano y eso permitió el alivio de la pobreza pero a su vez el crecimiento de las grandes fortunas. Por eso el estudio económico de libro arriba a una conclusión algo paradójica porque dice que la desigualdad no ha remitido en los últimos 25 años en nuestro país. ¿Pero y el alivio de la pobreza no implica el alivio de la desigualdad? No necesariamente, porque puede haber menos pobreza pero las grandes fortunas pueden haber crecido, de manera que la desigualdad neta se ha mantenido. Y esto es lo que ha ocurrido. Y este es el reto del tiempo presente: cerrar esta brecha.

-Se dice que en esta última elección presidencial (en la primera vuelta) hubo 70% a favor del modelo y 30% en contra del mismo. ¿Qué piensa usted de esa afirmación?

No sé hasta qué punto los votantes de Verónika Mendoza y de Gregorio Santos estén contra el modelo, pero claramente expresan un descontento contra Lima, contra el centralismo, contra la forma en cómo se ha gobernado. No sé si lo que quieren es un cambio de modelo o cambios desde el modelo. Yo creo que eso ya merece un análisis más fino, pero sin duda hay un descontento que se aloja en zonas sobre todo del sur. Porque esto no lo explica solo la pobreza. Habría que estudiar con más calma qué hace que en la sierra sur se exprese de forma más desafiante el descontento político. Eso tiene que ver también con la historia pero sería ya motivo de otra investigación.