Por segundo año consecutivo Marco Avilés logra ubicar una obra suya en el top de las más vendidos durante la Feria Internacional del Libro de Lima insistiendo en poner sobre el tapete el racismo. Los visitantes al Parque Próceres parecen confiar en su palabra, esa misma que en sus inicios de cronista más bien lo tenían tras bambalinas, pero que hoy le exige ser más público. ¿Acaso la transformación de cronista a escritor está en su fase final?

En esta entrevista, realizada hace unas semanas durante la FIL, el autor de “No soy tu cholo” (Debate, 2017) habla sobre su nuevo libro, pero también acerca del periodismo, la antropología –esa carrera que alguna vez pensó estudiar pero que ha suplido con profundas lecturas—y también sobre cómo afronta la vida a los 38 años. Para él, retroceder y analizar la experiencia sirve.

-¿Te has vuelto a imaginar en una redacción o sientes que eso está totalmente descartado en tu vida?

Antes asumía cierta autoridad para hablar pero ahora si entro a una redacción tal vez no sepa bien qué hacer (risas), porque mi experiencia es de hace 15 años. Pero sí tengo una posición algo romántica, o de supervivencia: para mí es mucho más vital saber contar una historia que manejar aparatos o redes sociales. La habilidad de contar historias es mucho más complicada que aprender a manejar herramientas tecnológicas. Creo que si bien uno debe aprender a manejar las redes, eso nunca te hará un contador de historias. Esa es un arte que se tiene que aprender leyendo mucho.

-Luego de haber escrito “De dónde venimos los cholos” y “No soy tu cholo”, ¿no piensas que quizás debiste haber estudiado antropología o una carrera más de ese tipo que periodismo? Quise en algún momento estudiar antropología pero no quería pasar mucho tiempo en la universidad. Pero esa curiosidad que siempre tuve por esa carrera la pude compensar leyendo libros al respecto, manuales también. Ya no me metería a una universidad. Aprendí a darle más valor a la experiencia vital, a mi propia biografía. Me obligo a recordar, a pensar sobre mi pasado.

-Pero eres bastante joven… Tengo 38 años, así que tampoco tan joven (risas). Las cosas que me pasaron en mi niñez las estoy revisitando a raíz de todo esto. Y empecé a descubrir cosas que no me gustan de mi propia historia. He recordado cómo me comportaba frente a otras personas. Y quizás me comportaba así porque también estaba reproduciendo el racismo de mi propia familia.

-¿A grandes rasgos cómo es esta Lima de la posguerra que mencionas en “No soy tu cholo”? Es una Lima llena de contradicciones, que te lleva de la felicidad absoluta –por ejemplo, cuando almuerzas, celebras algo, te reúnes con amigos a ver el mar, y tienes esa sensación de plenitud—pero también es esa ciudad que te exprime durante el día, que te aplasta con el tráfico o te cierra las puertas de algunos espacios. En sí, Lima es una ciudad que te mantiene todo el tiempo pensando, incómodo.

-A propósito del caso de Reynaldo Arenas que mencionas en tu libro [El actor le enseña a un escolar a defenderse del racismo], en tu opinión cuál debería ser el proceder de un “cholo exitoso” ante el resto de ciudadanos en este país. El tema es un poco complicado porque, sí, los cholos exitosos tienen un cierto nivel de responsabilidad para poder visibilizar la discriminación. Son personas a las que se les exige cierta solidaridad con los cholos. Creo que también se les debería exigir un compromiso no partidario sino más bien político activista para poder visibilizar estos temas a un nivel mucho mayor. Hay que pasar de las palabras y los stickers a pedirle al gobierno que invierta más en políticas contra la discriminación. Este me parece un tema tan grande como los desastres naturales, la diferencia es que no se va, no se resuelve.

-Si comparamos “De dónde venimos los cholos” con “No soy tu cholo” vemos que has pasado de historias algo más grandes a casos bastante específicos. ¿Qué te planteaste originalmente con este libro? Igual que el libro anterior este es un texto que se ha ido formando a lo largo del tiempo, en este caso en mi blog. Estos textos son mucho más políticos, escritos con un tono más alto. Este es como el lado B de “De dónde venimos los cholos”.

-Tu libro tiene a Lima como centro de todo y menciona, por ejemplo, que recibimos mejor a los inmigrantes gringos que a los provincianos. ¿Por qué ocurre esto? Porque es la manera en cómo el Perú se ha fundado. A lo largo del tiempo se ha formado la idea de que lo que viene de afuera –especialmente de Europa y Estados Unidos—nos ayuda a progresar, mientras que lo que nos une al pasado indígena prehispánico es lo que nos mantiene subdesarrollados. Vivimos entre ese péndulo. Mira algunos indicadores, como por ejemplo la forma en cómo el quechua se ha proscrito durante tanto tiempo. Ya no es un idioma que te ayude sino más bien que te hunde.

-Coincide tu estadía en Estados Unidos con la elección de Donald Trump. ¿La situación allá es tan complicada como la vemos a través de las noticias? Desde la distancia Estados Unidos es ese país en guerra con Medio Oriente y en el que cada cierto tiempo los policías matan a un ciudadano negro. Sin embargo, la violencia y el racismo no solo pueden sentirse en ese tipo de noticias. También hay una vida cotidiana muy violenta también. La gente pobre en EE.UU. no tiene seguro médico. Es un imperio en decadencia, con infraestructura vieja, que vive de la gloria del pasado. Y me parece que esa ‘gloria del pasado’ fue la que Trump explotó bien diciéndole a la gente que su país volvería al pasado glorioso donde no había tantos inmigrantes. Sin embargo, no sé si esa sea una sociedad tan violenta como la peruana. Quizás son violencias que pueden dialogar de tú a tú.

TUS ORÍGENES TE DAN UNA BASE PARA MIRAR HACIA DÓNDE VAS

-Dices en tu libro que la historia del Perú parece esa telenovela en la que el joven no termina de saber quién es su padre. Mi padre nació en el centro de Piura y mi mamá en la sierra de esa región. ¿Por qué vale la pena conocer nuestros orígenes? Porque creo que tu historia, tus orígenes y tus ancestros te dan un suelo y cierta estabilidad para desde ahí mirar quién eres y hacia dónde vas. En mi caso, por la manera en cómo la sociedad está estructurada, me costó reconocer y decir con orgullo que una de mis abuelas es indígena quechuablante. Me gustaba más bien decir que mi abuelo fue hacendado, gente con poder. ¿Por qué hacía eso? Con el tiempo hallé la felicidad al reconocer también esa otra parte. Hoy cuando voy a Abancay o Cusco siento alegría porque me siento identificado.

-¿Estaremos a tiempo de revalorizar lo nuestro antes de que las tablets, LCD y smartphones terminen de captar toda la atención de nuestros pequeños hijos? No sé si lo vayamos a lograr, pero sí creo que debemos apurar un poco la revalorización de la música por ejemplo. El otro día vi que en el Teatro Nacional iban a tocar los Hermanos Yaipén y creo que los Shapis y Los Mirlos también. Y eso es un logro. Hace treinta años esa música estaba casi proscrita. Mira todo lo que nos hemos demorado en valorar eso. Mi pregunta es, ¿qué cosa que ahora proscribimos vamos a revalorizar recién en el futuro? Quizás todos idiomas de la Amazonía, no lo sé. ¿Cuándo nos daremos cuenta de toda esa arte que se hace allí y la pondremos en vitrina? Y la cosa es de ida y vuelta, porque así como nosotros desconocemos lo que ocurre en esa parte del país, ellos también quizás desconocen lo que ocurre en Lima.

-¿Crees tú que el racismo puede llegar a calar en el estado de ánimo de sus víctimas? ¿Le ha pasado a amigos tuyos o a ti? Sí, claro. De manera positiva y negativa. Por ejemplo, cuando fui a ciertos balnearios del sur me noté algo contento por entrar, me sentí ‘incluido’ quizás. Por otro lado, en algunos restaurantes que fueron bastante famosos en los ochenta y noventa llegué a sentir una energía rara. No sé, como que me veían mal o no me atendían bien. Quizás soy demasiado sensible por ser cholo.