Diciembre 2012, estudiante universitaria de 20 años, un par de semanas de retraso menstrual.

Recuerdo que estaba asustada, que días atrás me había hecho una prueba de orina y que había salido positiva. Recuerdo también que no quería aceptarlo y que me hice cuanta prueba pude para estar totalmente segura. Todas salieron positivas.

Ahí estaba yo, pues, chica arequipeña de colegio de monjas, pronta a ser madre joven y soltera: ¡todo un descaro para la sociedad! Y digo soltera porque, si bien por esa época el papá de mi bebé era mi enamorado, no teníamos planes a corto plazo de matrimonio o convivencia. Teníamos claro que no íbamos a forzar nada por la llegada de un bebé, pero lo que no teníamos claro era si lo íbamos a tener.

Era normal dudar, ¿no? Quiero decir, había estado 11 años en un colegio católico y había vivido casi toda mi vida en una sociedad conservadora como lo es, hasta ahora, la arequipeña, la peruana, la latinoamericana. Tenía muy arraigadas todas estas creencias judeocristianas que me llevaban a pensar que el aborto no era realmente una opción, ¡pero claro que lo era!

 

La carismática Madre Pilar, con su megáfono, en el patio de mi colegio.

La carismática Madre Pilar, con su megáfono, en el patio de mi colegio.

 

Puede que sea un tema que siga generando escozor en la sociedad, pero es real. Es ese secreto a voces del que preferimos no hablar, esa verdad incómoda que no se menciona pero de la que tenemos conocimiento y que nos ha tocado a todos de alguna manera: ya sea el caso de una tía, una prima, una amiga o la amiga de la amiga, todos conocemos a alguien que ha abortado y tal vez esa persona haya logrado continuar con su vida de manera normal después de haberlo hecho, pero esa, lamentablemente, no es la realidad de las 370,000 mujeres que se practican, cada año, abortos clandestinos en el Perú y, definitivamente, no es la realidad de las que mueren todos los días a causa de las condiciones peligrosas a las que se someten.

Entonces, lo pensé, lo pensamos (el papá de mi hija y yo) y decidí(mos) que no. Que queríamos traer al mundo a esa personita, con todas las responsabilidades que eso implicaba. Al fin y al cabo, yo siempre había querido ser mamá. Pero eso es lo que fue: una decisión.

 

Foto tomada en mi baby shower, antes de que mis amigos empezaran a beber alcohol en mamaderas.

Foto tomada en mi baby shower, antes de que mis amigos empezaran a beber alcohol en mamaderas.

 

Yo sí tuve la posibilidad de decidir. De hecho, sé que viví una situación privilegiada, pero reconozco que ese no es el caso común y que, por falta de opciones, en nuestro país, todos los días más de 1,000 mujeres enfrentan un aborto peligroso. El Perú es uno de los países con la más alta tasa de mortalidad materna del mundo; sin embargo, vivimos en una sociedad que nos induce a cerrar los ojos y negar, antes que hacernos responsables y afrontar: el año pasado, por ejemplo, el congreso archivó el proyecto de ley que busca despenalizar el aborto en casos de violación y fue recién en el 2014 que se aprobó el protocolo para garantizar el aborto terapéutico (práctica legal en nuestro país desde 1924). ¿Es esa la sociedad en la que quiero que viva mi hija? No.

Realmente creo que la solución para reducir el número de abortos riesgosos es la educación sexual y esa se aprende desde los primeros años de vida. No hace falta ser muy explícito con un niño de 3 o 4 años, pero los mensajes van quedando grabados y se crea una consciencia del cuerpo muy importante para poder, en el futuro, establecer los límites que deben tener los demás hacia nosotros y viceversa.