Hace un par de años me encontraba, un día, muy triste por todo lo que estaba pasando en mi vida. Estaba en España, con el corazón roto y confundida con todo lo que me había pasado y se me venía. Lloraba un día sí y un día no. Estaba lejos de mi familia, amigos y, sobre todo, del amor que había tenido.

De repente, la idea de lo que había imagino para mi vida cuando era adolescente se asomó por mi cabeza. Cuando era -más- joven, me veía en Europa, haciendo mi maestría y conociendo muchos lugares. Me anhelaba con la capacidad de ponerme un vestido negro, unos tacos, pintarme los labios y salir a tontear a un bar.

Y, como una pluma que va siendo llevada por el viento, esa idea empezó a dar vueltas por mi cabeza hasta que se plantó en mi cara. Ya era esa mujer.

Sonreí, luego me mordí el labio inferior y me paré a buscar mi vestido negro.