Revisando las redes sociales, se me ocurrió buscar a mis amigos de la primaria. Pasaron 32 años desde que los vi por última vez. Difícil reconocerlos por sus fotos de perfil y algunas mujeres con apellidos de casada que desconocía. Sin embargo, hallé a unos cuantos.

A pesar de su calvicie, encontré al gran Antonio. De inmediato le envié la “solicitud de amistad” que exige Facebook y un mes después lo encontré conectado al chat y le hablé: “¡Qué gusto saber de ti!” Pero Antonio no respondió y la alegría del hallazgo se desvaneció.

Cuatro horas después, escuché la alarma de Facebook, (¡trrúumm!). Era mi buen amigo que al fin decidió responderme.

-¡Céeeesaaaaaaaaaaarrrrr Mauricioooooooooo!…hermano, vi tu mensaje hace varias horas y no te podía responder, porque estaba esperando que mi hija regrese del cine para que me enseñara a usar esta vaina del chat
-O.O

Entonces fue cuando recordé aquella encuesta que hace dos años publicó el Instituto de Opinión Pública de la PUCP. En ella se mostraban cifras poco alentadoras para la gente de “base cuatro”, pues el sondeo nacional decía que el 80% de personas que tenían 40 años a más no sabe ni le interesa saber nada de Internet.

Y ahora me doy cuenta por qué encontré a muy pocos amigos cuarentones en la red, a pesar de que periódicamente me doy un tiempo para buscarlos, esperando sumarlos a mi grupo de amigos online.

Me percaté de que la mayoría de mis contactos en la red, tienen en promedio 25 años. Siempre soy el “tío”, rodeado de tanta gente joven, y es que ocho de cada diez nacidos a fines de los sesenta están recontra perdidos en el uso de Internet, al menos en el Perú.

Facebook nos facilita estos gratos reencuentros: con los del barrio donde vivías cuando eras niño, con los del colegio en inicial y primaria, con tu “ex” de la secundaria, con amigos de algún verano, con los que se fueron del país por distintos motivos, y también con parientes a quienes nunca visitas.

Internet es una gran ayuda para algunos, pero también se está convirtiendo en un problema familiar para otros:“Ya no sé qué hacer con este muchacho(a), que todo el día anda pegado a la computadora”, reclaman algunos padres con frecuencia.

Trabajo con muchos jóvenes, quienes a menudo se quejan de los comentarios que vierten sus padres cuando los ven mucho tiempo frente a la computadora. Y desde el otro lado, frecuento amigos cuarentones que acusan a sus hijos de viciosos de Internet.

Además de comentarios como: “Se va a volver loco, tantas horas pegado al chat”, también está: “anda jugando Play todo el día y no quiere hacer otra cosa”, otros, los más preocupados, dicen: “puros juegos de matar nomás, mucha violencia hay en ese Internet”. Lo curioso es que muchos de los padres que estoy parafraseando tienen mi edad o son menores que yo, y esto me produce escalofríos.

Cuando les pregunto por qué no se vinculan con Internet para averiguar los intereses de sus hijos me responden: “No tengo tiempo para eso” o el típico “yo no se nada de esa vaina”. Llegan a molestarse cuando hago la analogía que dejar a sus hijos frente a la computadora y no supervisarlos es como abrir la puerta de la casa y dejar que salgan a la calle sin saber a dónde van. Peor si tienen menos de 12 años.

Mucha gente de “mi promo” usa diferentes argumentos que nunca intento contradecir, sin embargo ganas no me faltan de responder cuando escucho:

-“En mis tiempos no había esos juegos violentos, nuestra niñez era sana”
- A ver, señor(a). Cuando éramos niños, ¿acaso no nos regalaban pistolas? Había las modernas de policía y el revólver de “cowboy”, también las ametralladoras de “gángster” que incluían el sonido “ra-ta-ta-ta-ta” y para lo modernos, las pistolas futuristas con luces, de estilo propios de los Supersónicos. Y si no había dinero para comprarlas, hacías una con tus dedos pulgar e índice y solo tenías que decir “¡bang, bang!”

Y dígame ¿por este motivo usted se ha convertido en un violento pistolero que asalta bancos o dispara a matar a sus amigos? Definitivamente no.

Usted, señora, cuando era niña recibía de regalos juguetes como tazas, lavadoras, muñecas para alimentar y me pregunto ¿su mamá quería formar un ama de casa? La respuesta es: tampoco.

Aprovechando este espacio quiero lograr que los papás se enteren un poco lo que hacen y piensan sus hijos frente a los monitores y traten de comprenderlos. Nosotros vivíamos en una época diferente y teníamos otras costumbres que ya no podemos revertir.

Entender que el tiempo avanza y los cambios nos involucran. Internet es muy satanizado por la gente mayor por desconocimiento, y por este motivo me atreveré a dar algunos consejos de cómo aprovecharlo para unir a la familia, ¿o acaso no hablas a menudo con tus familiares o amigos por este medio?

Cuida a tus hijos. Entérate lo que pueden hacer y obtener en el ciberespacio. De vez en cuando navega con ellos y convierte este tiempo en una actividad lúdica y familiar.

Tienes que darte cuenta que, sin pedirlo, te convertiste en un padre digital. Progenitor de seres 2.0 que dialogan mediante un teclado. Que se reúnen en espacios virtuales donde encontrarán amigos, soluciones, entretenimiento y hasta el amor.

No tienes que volverte un experto, y comprende que al final la vida online (virtual), se parece mucho a la del offline (fuera de Internet). Y si no sabes algo, búscalo en Google.

“No sobrevive la especie más fuerte, ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio.” —Charles Darwin