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Yo veo Juegos Olímpicos. Estos, los pasados, todos. Algunos critican a quienes son fieles seguidores de este tipo de eventos si de modo previo y habitual no son consumidores de deportes amateurs, mas en lo personal, me tienen sin cuidado ese tipo de objeciones.

De igual modo, sigo periódicamente los Panamericanos, y hasta los Bolivarianos en Trujillo también los acompañé. Recuerdo, inclusive, haber viajado a Chiclayo, subsede, para asistir al básquet femenino y echar a perder un pantalón por sentarme de manera distraída sobre las gradas recién pintadas durante la inauguración. Situación que grafica el hábito tan peruano de hacer las cosas sobre la hora. Solo pude darme cuenta del pequeño accidente cuando sentí que no podía despegarme del asiento, esa pintura como para buques, es brava. En los próximos Panamericanos ‘Lima-19’ no me sorprendería ir a la natación, por ejemplo, y ver a los competidores esperando en el partidor a que terminen de llenar la piscina, palabra.

En cualquier caso, mi seguimiento no espera como recompensa una medalla olímpica para Perú, el solo participar allí ya es fantástico, más si enviamos una delegación numéricamente ‘decente’ –esta vez lo fue, clasificamos 29 deportistas- y no 4 ó 5 exponentes como si fuéramos geográficamente del tamaño de un islote. Más allá de eso, uno siente una emoción particular ante la más pequeña posibilidad de logro, como nos pasó ahora con la chica Orrego en gimnasia, 16 años, pionera a nivel peruano en esa disciplina. Cuando resbaló en las asimétricas luego de una notable performance en las tres rutinas anteriores, fue una sensación de pesar tan grande como la que sentimos cuando entre cinco le pegaron a ‘Karate Kid’.

Me pregunto eso sí, si como sociedad deportiva nos mereceríamos una medalla…

El peatón común y silvestre, por ejemplo, ¿entenderá siquiera qué es ‘halterofilia’ o al escuchar su existencia en los Juegos pensará que se desató una epidemia? Qué podría exigir entonces, si no tiene idea.

¿Los especialistas en el análisis pueden exigir la perfección premiada con medalla cuando en lugar de decir ‘Juegos Olímpicos’ dicen ‘olimpiadas’ una y otra vez? Eso es como confundir la Cuaresma con la Semana Santa.

¿El Estado puede sentirse desilusionado si nuestros representantes no traen algo, cuando hay deportistas que venden caramelos en los micros para seguir viajando y compitiendo?

¿La gran y mediana empresa podría expresar desencanto si no hay un solo podio con peruanos, si 15 de nuestros 29 representantes viajaron a Río sin un solo auspiciador, más desamparados que el Chavo la noche en que todos le gritaron: ‘ratero’.

Es cierto, hay un programa nacional de desarrollo que ya dio ciertos frutos en los Panamericanos de Toronto (3 preseas doradas). Pero lo crearon con el valor que presta la desesperación porque en 2019 nos toca a nosotros la sede y sería como para ponernos todos una bolsa de papel en la cabeza si no sacamos acá al menos unas 10 medallas de oro. Ya es una cuestión de amor propio como país, para no sentirnos más avergonzados que quien redactó el contrato de Ruidíaz en la ‘U’.

No, no merecemos como sociedad una medalla. La merecen ellos, los que viajaron a competir en esas condiciones, los que no pierden la sonrisa, el entusiasmo al quedar descalificados, porque detrás de su sueño hay una vida de esfuerzos y sacrificios. ¿Vieron lo coherentes y autocríticos que son al declarar? No dicen que perdieron por la cancha o el árbitro, sino que faltó prepararse más, seguir rompiéndose el alma para quizá en cuatro años más regresar si la cuenta de ahorros aún lo permite.

Ojalá alguno de los que faltan participar consiga la medalla, no lo descarten. Y quien lo logre, de ser el caso, que asuma que surgirán luego los recibimientos televisados en el aeropuerto, los reportajes sobre su vida, la publicación del álbum familiar, de su ‘face’, la nota con la abuelita y el ‘profe’ de su colegio de inicial,  las condecoraciones en Palacio, en el Congreso, la invitación a bailar en el show de Gisela y la firma de contratos publicitarios para promocionar productos contra el resfrío y la campaña de prevención del Zika. Por un par de semanas, un héroe, casi, casi, como si nos hubiera llevado al mundial.