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Le fascinaba el aspecto de la música sobre el papel. Hacia 1950, a los diez años de edad, Frank Zappa se la pasaba dibujando. Cuando asistió al funeral de su abuela, unas gráficas lo sorprendieron en el acto. Eran unas partituras.

«No tenía ni la más puta idea de cómo sonaban. Quiero decir, era tan ignorante, que pensaba que todo lo que hacías era tener una idea por el aspecto de cada nota. La dibujabas y luego encontrabas un músico que pudiera leerla… y así es como lo hacías», recordó años más tarde sobre ese primer encuentro consciente que tuvo con la música.

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Pronto se mudó a San Diego. Fue allí donde llegó a sus manos una edición de la revista Look. Al leerla encontró un artículo sobre la tienda de discos de Sam Goody en Nueva York. La nota narraba la habilidad publicitaria del entonces modesto negocio y citaban como ejemplo la estrategia de venta de un álbum mal llamado Ionisation (que en realidad era The Complete Works of Edgard Varèse – Volume One). La producción fue descrita como “un extraño revoltijo de tambores y otros sonidos desagradables”, por lo cual era difícil de vender.

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Frank (segundo desde la izquierda) a los doce años de edad.

Zappa tenía una nueva misión en la vida: conseguir ese disco. Se convirtió en una obsesión solo por esa vaga descripción de la revista. No sabía que se trataba de música académica muy compleja, creada por uno de los compositores contemporáneos más innovadores de la época.

Si bien el rhythm and blues también le interesaba muchísimo, el álbum del francés Varèse era lo único que quería escuchar entonces. Reunió tanto dinero como pudo. Buscó en todos lados, entre los discos polvorientos que nadie quería comprar, pero no tuvo éxito. Era un disco inubicable.

Un año después, mientras caminaba por el condado de La Mesa (cerca a su casa, en San Diego), pasó por una tienda de discos de alta fidelidad. Había un anuncio sobre una barata de acetatos de 45 revoluciones. Entró y encontró varios vinilos del saxofonista Joe Houston. Siguió buscando.

Se animó a mirar el depósito de los productos desechables y se dio con un álbum de peculiar portada: era una fotografía en blanco y negro de un músico con aspecto de científico loco. Leyó de quién se trataba y era Edgard Varèse. Finalmente, lo había encontrado. Llegó a casa con el disco y lo escuchó repetidas veces. No lo entendió, pero se dio cuenta de que tenía ahí a su primer héroe musical.

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Disco compilatorio de la obra de Varèse lanzado en 1960 por Columbia Records.

En su cumpleaños número quince –cuando vivía en la desértica localidad de Lancaster, California–, su madre le regaló cinco dólares. Frank supo rápidamente cómo iba a gastarlos: haciendo una llamada de larga distancia a Nueva York, el único lugar en el mundo donde podría vivir un compositor de la envergadura de su nuevo ídolo.

Solicitó la información telefónica de la ciudad y, nuevamente, dio con el número de contacto de Varèse. Lo llamó, pero contestó su esposa. El compositor no estaba en Estados Unidos, aunque regresaba de Europa en unas semanas. Con el corazón en la mano, luego del tiempo acordado, volvió a llamar. Y contestó.

Varèse le agradeció el interés y le comentó que estaba trabajando en una nueva obra titulada Deserts. Debido al título de esta producción, Frank siempre pensó que el francés hablaba sobre él (Zappa vivió mucho tiempo en el desierto de Mojave, en California), pero nunca pudo confirmarlo.

Jamás logró conocerlo en persona.