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A inicios de los años 90, el “Ninja Rap” de Vanilla Ice era rock. Al menos, así lo identificaba con mi incipiente percepción musical: en plena edad escolar, aún no entendía de géneros musicales ni mucho menos los diferenciaba. Solo bastaba con que pudiese bailar la canción, saltar con cada verso y hacer una fonomímica con sus ininteligibles letras (cómo no balbucear el inolvidable «¡Go ninja! ¡Go ninja! ¡Go!») para convertirla en puro rock and roll.

El tema en cuestión fue editado en marzo de 1991 y formó parte del soundtrack de la película “Teenage Mutant Ninja Turtles II – The Secret of the Ooze”. Fue, además, el segundo gran éxito del músico estadounidense, luego del celebérrimo “Ice Ice Baby. De eso, ya pasaron exactamente 25 años y hoy Vanilla Ice no es más que una divertida anécdota, un vago recuerdo, una lejana reminiscencia.

Quiero creer que, para muchos peruanos de mi generación (aquellos que estamos por entrar a la base tres), la percepción es similar. Por ello, me parece inexplicable que este acto noventero sea el evento principal del festival rockero con mayor convocatoria en el Perú. Gustos son gustos y negocios son negocios, dicen por ahí. Sin embargo, nada cuesta recordarlo: aquí repasaré la vida, muerte e inminente resurrección de este artista, que se dará este 28 de mayo en el Estadio Nacional.

Entre 1990 y 1993, Vanilla Ice se convirtió en un suceso mundial gracias a su disco debut To The Extreme y a su combo sonoro de pop rap. Para sorpresa de los adolescentes limeños de aquella época, el músico visitó nuestra capital por primera vez en 1992; la cita fue en el coliseo Eduardo DibósNo obstante, todo ese boom fue tan efímero como mediático. Ya en su segundo álbum de estudio Mind Blowin’ (1994), volvió a apostar por el rap pero con aproximaciones al estilo gangsta e incluso al funk. La crítica especializada destruyó su nueva incursión y ese fue el principio del fin.

Entonces, el abuso de drogas se convirtió en parte de su rutina diaria. Recién en 1997, decidió dar un giro a su vida y a su música. Conoció al productor Ross Robinson (Sepultura, Korn, Limp Bizkit) y juntos llevaron a cabo la grabación del disco Hard to Swallow, que mostraba a un Vanilla Ice ciertamente distinto y con un sonido orientado al nu y rap metal. Esta vez, los críticos tuvieron cierta misericordia, aunque sostuvieron su desazón por la arriesgada apuesta musical. En la misma línea estuvo el álbum Bi-Polar (2001), que recibió contadísimos elogios.

Vanilla Ice editó dos producciones más en los últimos años: Platinum Underground (2005) y W.T.F. (Wisdom, Tenacity And Focus) (2011). Ambas tuvieron una mínima repercusión dentro de la escena norteamericana. Esto, además, provocó que el artista tenga escasos conciertos (en el 2015, solo se presentó en vivo en cinco oportunidades; en el 2014, siete). Recién este año ha agendado una gira por los Estados Unidos, pero en locales de mediana o pequeña capacidad.

Y si hablamos del setlist, también se queda corto. Aparte de las inevitables “Ice Ice Baby” y “Ninja Rap”, el músico suele repasar su discografía en clave nu metal. Así que quienes quieran ir a saltar al Nacional con su pop rap noventero, tendrán que aguantar sus incursiones metaleras. Una cosa es cierta: las razones para incluir a Vanilla Ice como headliner del Vivo X El Rock 7 son meramente comerciales, lo cual es completamente válido para el promotor. Aunque no me queda claro el por qué de esta decisión, ya que ni siquiera nuestras aletargadas radioemisoras programan al artista.

En fin, en un país con una gastronomía tan diversa como el Perú, habrá quienes disfrutan del arroz con mango. Yo prefiero recordar a Vanilla Ice como una divertida anécdota de mis primeros años escolares. Y nada más que eso.