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Una triste noticia nos despertó hoy: a los 80 años de edad, falleció el escritor e intelectual peruano Marco Aurelio Denegri, quien durante varias décadas se dedicó a la difusión cultural a través de sus programas de televisión (recientemente, en La función de la palabra por TV Perú). En los últimos años, también aumentó su ya vasta bibliografía con diferentes obras sobre el humanismo, entre las que destacan ”¿Y qué fue realmente lo que hizo Onán?” (1996), “De esto y de aquello” (2006), “Miscelánea humanística” (2010), “Lexicografía” (2011), “Esmórgasbord” (2011) y “Polimatía” (2014).

Si bien fue reconocido siempre por su acercamiento a la lingüística y la lexicografía, también se interesó con frecuencia por la música; particularmente la música criolla y el uso del cajón peruano. En el 2009, publicó su libro titulado “Cajonística y Vallejística”, donde introdujo el neologismo de creación propia ‘cajonística’ para referirse a lo «perteneciente o relativo al cajón», instrumento al que describió −en una entrevista concedida en el 2013− como un «realzador de fiestas» en la Lima de los siglos XIX y XX.

«El cajón le daba más sabor y animaba; brindaba la algarabía. Estaba muy relacionado con la negritud, es decir, con la sensualidad y la actividad y forma cinética del negro. En los testimonios que hay, que son antiguos, se le ve como algo más primitivo; no era considerado un instrumento. Había que llegar hasta mediados del siglo XX para poder indicar la existencia de algunos cajoneadores; no había muchos [...] El cajón no tenía la popularidad que tiene hoy. Si no ocurre lo de Paco de Lucía y Rubem Dantas, quien vio tocar el instrumento a Caitro Soto y luego lo introdujo al flamenco», explicó Denegri en el programa Tiempo Después junto al desaparecido músico Rafael Santa Cruz.

Pero su interés sobre el criollismo era más profundo. En el 2010, entrevistó en su programa a Eduardo Mazzini Otero, investigador que entonces había publicado su libro “En nombre de Dios comienzo: Meditaciones sobre la música criolla”. Durante el diálogo, Denegri consideró que las contribuciones bibliográficas sobre nuestro acervo musical «eran escasas», para lo cual se refirió a los dieciséis tomos de “Historia de la República del Perú 1822-1933″ de Jorge Basadre, donde −dijo− «apenas hay dos o tres páginas dedicadas a la música criolla; no hay interpretaciones reales».

Asimismo, en la conversación explicó lo que él consideraba «el decaimiento de la música criolla»: «Al menos la que yo conocí y la que me satisface plenamente. Han venido después otros desarrollos, otros intérpretes. Manuel Acosta Ojeda dice, citando a Adolfo Zelada, sobre todas estas nuevas generaciones: “Lo que pasa es que ellos quieren hacer otro tipo de vals y lo ‘baladizan’. Les sale una balada, pues, y eso no es vals”. El problema es que nuestra sensibilidad, o la mía, no [incluye a la] balada para la expresión criolla nuestra. Y, sin embargo, eso es lo que busca ahora la gente y también hacen los compositores. Porque, está claro, no vamos a regresar a [lo hecho por] Montes y Manrique».

Precisamente, esta es la entrevista que Denegri realizó al compositor Manuel Acosta Ojeda sobre la canción criolla y la defensa de nuestro acervo musical. Sucedió cerca del año 2000, cuando el primero tenía el programa A solas con Marco Aurelio Denegri por el canal Cable Mágico Cultural:

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Denegri también se proclamó «un aficionado del audio». En una entrevista que concedió en el 2015 para el programa “Casa tomada”, de Raúl Tola, abordó el fenómeno de la audiofilia (es decir, el gran interés que tiene una persona por los aparatos tecnológicos de reproducción y grabación de audio), además de lo que describió como «la perversión de la tecnología en la audición».

«Una vez Mabela Martínez hizo un programa de audiófilos aquí, y logró entrevistar a cuatro o cinco personas que tenían grandes equipos y una serie de cosas de la más elevada tecnología, además de ser aparatos muy caros. Pero eso era un indicativo de que la tecnología también ha pervertido la audición: imagínese usted a la gente que oye el USB… esa es una perversión absoluta. Entonces, la persona que está buscando el audio de gran calidad y los grandes equipos, ve que ahora la gente ya no tiene inconvenientes», dijo el intelectual.

Además, refirió que «el audio de la computadora es espantoso, pero a la gente no le hace ningún problema. Sin embargo, lo que va a vender es eso, y las grandes firmas lo aprovechan». A la pregunta de Tola, sobre si alguna vez había encontrado algo parecido al “sonido perfecto”, dijo: «No, eso no existe por varias razones. En primer lugar, porque prácticamente nadie tiene salas acústicas».

Esta no fue la primera vez que Denegri habló sobre la calidad del audio. En un programa de La Función de la Palabra, que data de setiembre del 2010, contestó la carta de un televidente que había notado un creciente interés por los discos de vinilo y por la tecnología analógica que, “según algunas voces autorizadas”, sería mejor que el actual formato digital.

Este fue su respuesta: «Es verdad, pero no es reciente el resurgimiento de los vinilos. No, ese es un interés que ya comenzó a cobrar notorio incremento y tuvo progreso a partir de mediados de la década de 1990. En 1994 o 1995, ya se publicaban vinilos de gran calidad que costaban 20 o 25 dólares; y un buen disco compacto de la época costaba 20. En el audio, entre los aficionados hay un estamento o categoría que se llama high-end, que es el audio de los grandes conocedores pudientes; porque los no pudientes no tienen ingreso a esa cofradía. Estos audiófilos pudientes son los que desde un principio despreciaron al disco compacto, y elogiaron y siguen elogiando al vinilo».

«Creo que este rechazo de lo digital es una continuación del rechazo a lo transitorizado. He visto cómo los aficionados serios, pudientes y exquisitos sostenían que el transistor no podía competir jamás con el tubo o la válvula, y que los primeros amplificadores transistorizados producían un sonido rasposo, que no tenía calidad. Por el contrario, los [amplificadores] de tubos eran aterciopelados, finos, de categoría. [...] Siempre han despreciado lo transistorizado y ahora desprecian lo digital. Me parece que esta es una cuestión de comparaciones [...] Si usted niega que el mejor de los discos compactos [con la tecnología adecuada] suena mucho mejor que el mejor de los discos analógicos, entonces usted es un ignorante o es un fanático de lo analógico», dijo en el mismo segmento.

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Por supuesto, el intelectual también abordó la problemática del rock. En setiembre del 2000, brindó una entrevista al periodista José Ramírez Gonzáles de la revista Gente, donde se concretó el siguiente diálogo sobre el género musical:

Y hablando de música ¿el rock le parece cultura?
Sí, claro. El año pasado le alcancé a Gerardo Manuel una declaración del filósofo argentino Mario Bunge, donde dijo que, a estas alturas, decir que el rock no es cultura es desconocer más de 30 años de difusión y de cultura de rock. Y es importante. ¿Por qué? Porque a Mario Bunge no le gusta el rock.

¿Qué opinión tiene de la música clásica?
Vea, ahora en la emisora Sol y Armonia que transmite música culta, clásica, selecta −la única emisora cultural del país− hay una situación muy grave. Están haciendo una colecta para ver si pueden salvarla. Pero esos problemas no enfrenta el rock, en tanto cultura masiva.

¿Como define a la música rock?
El rock tiene una serie de ingredientes importantísimos. Por el lado puramente del sonido tiene un decibelaje de 90 decibeles: ensordecedor. Pero uno de 100, 110, 120 son las catarátas del Niágara. Y cuáles son las consecuencias de eso: que aturde. Entonces, el hecho de que tenga una presión sonora tan alta, no es simplemente como piensa la gente ignorante, para meter bulla. El hecho que use luces a cada rato no es para que simplemente haya una pirotecnia, no. Porque las luces constantes y el ruido ensordecedor crean un vuelo, una borrachera psicodélica. Es decir, tiene el mismo efecto de la droga. Entonces, por esa razón el músico de rock es sordito, es generalmente drogadicto, consume alcohol, permanece volando con 100, 120 decibeles de presión sonora ¿no es cierto?, con luces que lo bombardean por todos lados, por la gente que grita con una algarabía general y todo: está volando.

¿Cómo afectan esos espectáculos a la sociedad?
Es parte del vuelo general. Entonces, esta sociedad, a través del rock, está olvidándose de sí misma, quiere zafarse de este mundo maldito.

¿Como la televisión?
Sí, pero con la diferencia que la televisión comercial se pretende hacer “en serio” y el rock no, no oculta nada. Si usted, en un concierto de rock, baja el volumen, la gente llanamente pifia porque deja de aturdirse. El ruido ensordecedor aturde igual que un par de tragos o un marihuanazo. (Transcrito en La Mula)

Respecto a la conocida postura negativa de Mario Bunge frente al rock, género al que alguna vez el filósofo argentino calificó como “la negación de la música”, Denegri también se encargó en su programa televisivo. En el 2007, comentó un texto de Bunge publicado en su obra “Vigencia de la filosofía”, que decía: «Tanto en Sudamérica como en Norteamérica y en Europa, el rock ha desplazado a la música popular y a la música llamada clásica. [...] Esperemos que en un futuro un poco más culto, cuando haya desaparecido el rock y toda la violencia y la droga que lo acompañan, la gente aprenda a apreciar la música clásica».

Así lo objetó: «Con todo el respeto que me merece un filósofo tan distinguido como Mario Bunge, debo manifestar que está completamente equivocado. Una cosa es que no le guste el rock, que es un disgusto que yo respeto, y otra cosa muy distinta es que opine alegremente acerca del rock. Mario Bunge sabe perfectamente que la verdadera cultura y el auténtico saber no es democrático; y que quien no ha investigado una cosa, como decía Mao Tse Tung, no tiene derecho a hablar. Sin embargo, él creyó tener el derecho a manifestarse acerca del rock, y yo lamento que se haya pronunciado con tanta ignorancia acerca del rock».

Tres años antes, en el 2004, Denegri se había manifestado sobre el rock como una manifestación cultural, a propósito de un artículo publicado en la revista Pánico titulado “¿Y dónde diablos se metió el mal? (O ‘el rock es cultura’)”. El texto de aquella publicación decía: «“El rock es cultura” querría decir: el rock es legítimo, es auténtico, creación de un pueblo, manifestación de un momento histórico determinado. No seamos ingenuos. “El rock es cultura” no es sino “Denme permiso para existir” o “Yo también tengo derecho a ser” [...] El rock o como quieran llamarlo no es subversivo. “El rock es cultura” no es sino el reconocimiento de algo obvio, paladino, transparente: que el rock es consumo, que el rock es una fórmula, es una mercancía [...] Nada queda del orgullo rabioso del portador del Mal, el que se resistía a proclamar sus motivaciones e impulsos, pues le bastaba con que fueran suyos. Eran lo suficientemente fuertes para vivir sin ayudas ni muletas».

Al respecto, el polígrafo peruano explicó:  «Aquí se plantea un problema difícil. Todo el movimiento beatnik, underground, hippie, y toda la contracultura que comienza en la década de 1960… o termina pronto si es auténtica, o para proseguir tiene que convertirse en otra cosa. Entonces, entra en el sistema. Comienza erosionando el sistema, pero no puede erosionarlo siempre porque el sistema es más grande que cualesquiera de los movimientos contraculturales. ¿Qué pasó con los jóvenes del mayo francés de 1968? Ahora son respetables padres de familia, buenos burgueses que tienen sus hijitos y su familia. Ya se acabó el cuestionamiento a fondo. ¿Cuánto les duró eso? Muy poco».

Después agregó: «Lo mismo sucedió con el rock internacional: comenzó socavante, disgregador, cuestionador. ¿Cuánto duró eso? De nuevo, muy poco. Entonces, el asunto es que un cuestionamiento a fondo no puede ser indefinido; tiene −generalmente− una vida muy breve. Una de dos: o te mueres; o realmente terminas erosionando y haciendo explotar el sistema, cosa que es muy difícil porque el sistema es siempre mucho más que todos los movimientos marginales juntos [...]  Hay brevedad en cualquier movimiento cultural, brevedad respecto a la existencia. No duran indefinidamente; duran un momento y generalmente son pocos años».

Finalmente, en una columna titulada “Nuestra cultura y el amor”, publicada en este Diario en agosto del 2014, Denegri planteó una magnífica analogía entre el amor violento y los conciertos de rock:

«Nuestra cultura concede extraordinaria importancia al amor, sobre todo al amor turbulento y paroxismal; y en este sentido nuestra cultura es atípica.

En otras culturas se considera lamentable toda esa historia del fuego de la pasión y las uniones emocionales violentas. Bien dice el antropólogo Linton que el enamorado romántico de nuestros días nos recuerda inmediatamente al héroe de las antiguas epopeyas árabes, que es siempre un epiléptico.

Esta insistencia en el amor-pasión parece ser un intento por volver a introducir en la civilización cristiana las técnicas arcaicas del éxtasis. Por otra parte, el rock y sus conciertos multitudinarios tienen igual propósito, ya que propician el trance y el vuelo».

Tremendo. Inolvidable. Se le extrañará muchísimo, don Marco Aurelio.