Confieso que el último silbatazo de Carrillo no lo escuché, pero apenas vi a los jugadores abrazándose y a la hinchada celebrando, más que alegría, experimenté una profunda sensación de alivio. Ocho años sin campeonar me resultaba desesperante, inaguantable. Había sido un martirio muy largo, doloroso, repleto de demasiadas tristezas y no pocas frustraciones. Somos campeones, caray, y aunque he gritado, he celebrado, lo que más siento en este momento es tranquilidad. La espina que llevaba atravesada desapareció. Al fin puedo decir, escribir, gritar que soy campeón. Que somos campeones. Que Universitario es el mejor.Podría hacer un texto largo y minucioso sobre la saludable avidez de Rainer para comerse la cancha, el corazón gigantesco que Piero nunca esconde, la sapiencia de viejo zorro del vilipendiado Ñol, la rapidez para el anticipo de ‘Tyson’ Galliquio, la presencia siempre segura del gran Raúl o la entrega sin concesiones del ‘Negro’ Galván, emblema mayor de un equipo armado en un laboratorio, a quien hay que inventarle un cántico con urgencia porque la chapa de ídolo ya nadie se la quita.

Prefiero detenerme en el gran gestor de este campeonato que zurció y descosió hasta hacerlo a su medida: Juan Reynoso. No recuerdo un técnico crema más ganador y odiado como el ‘Cabezón’. Se deshizo de las dos estrellas del equipo -Donny Neyra y Mayer Candelo- a costa de comerse mil insultos y críticas. Ante una temporada larga y complicada, optó por contar con un plantel numeroso y rotarlo de acuerdo a sus necesidades. Al final los resultados le dieron la razón: mientras Alianza sufría por sus lesionados, la ‘U’ llegaba a la final entera y con alternativas (¿alguien extrañó a Miguel Torres?). Al ‘Cabezón’ se lo podrá acusar de soberbio, malgeniado y de no afecto a las buenas maneras, pero nadie podrá discutir su enorme capacidad de trabajo, su obsesivo afán por la planificación y, sobre todo, su coherencia. Ni las peores derrotas hicieron que torciera su pensamiento un centímetro. La ‘U’ no brilló, pero alcanzó el éxito porque jugó a una revolución distinta que el resto de equipos. Fue eficaz antes que vistosa. Su obsesión por recuperar la pelota para luego jugarla en un toque, abriendo la cancha por los costados, se convirtió en su guía y pese a sus innegables problemas ofensivos, bordó una campaña espectacular que coronó ante su rival más enconado, en un Monumental rebosante y orgulloso.

Pero basta ya de palabras, es hora de que hablen ustedes. Es hora de que compartamos qué se siente ser campeón.