Hace unos días, al recordar un aniversario más del 6-3 que se le propinó a Alianza en el mismísimo Matute, la alineación de esa tarde resaltaba por una razón: la ausencia de estrellas en el equipo que dirigía Roberto Scarone. Salvo Germán Leguía, y unos escalones más abajo, el Gato Cuéllar, Acasuzo y Jota Jota Oré, la ‘U’ era un equipo donde reinaba la medianía. Tenía una delantera veloz (Oré, Neyra y Luces), una volante batalladora y una defensa en donde abundaba la reciedumbre. A excepción de Cocoliche, no había un jugador con luces propias, cuyo nombre bastara para incluirlo en el santoral merengue. Esa ‘U’ del 79 era Leguía y diez más.

Este plantel del 2016 tampoco tiene lugar en las marquesinas. No hay un Lucho Cruzado, un Héctor Chumpitaz o un Roberto Chale. Mucho menos un Gustavo Grondona o un Jorge Amado Nunes. No obstante,  hay un jugador que por la admiración que genera en la tribuna, lograda a punta de goles, ya tiene un lugarcito en el corazón de la hinchada merengue: Raúl Ruidíaz.

No intimida por su físico; al contrario, pareciera que bastara un soplido para desestabilizarlo. Pero el chato es fuerte, hábil y encarador. A diferencia del grueso de jugadores peruanos que se resisten a abandonar su zona de confort (el toque a los costados es una marca registrada),  Raúl siempre arriesga. Va, la pisa e intenta el dribiling. Tiene olfato y sabe fabricarse espacios, con la pelota o sin ella. Y si debe retroceder unos metros, no le pesa la responsabilidad para el armado. El año pasado poco faltó para que también sacara los laterales y los córners. Si la ‘U’ no bajó de categoría, fue gracias a él.

Pero no nos mareemos. Raúl es un jugador de entrecasa. Ante defensas fuertes y más rápidos, su pique corto no alcanza. Necesita ayuda. En delanteras con gran volumen ofensivo –como le sucedió con la ‘U’ de Chile- se apoya y aparece. Si está solo, y en el exterior, sufre. Por eso su intrascendencia con la camiseta de la selección. Afuera es uno del montón, con su gente es alegría y puro gol.

Hay algo más: su mejor fútbol lo ha mostrado con la crema en el pecho. Y aunque cada cierto tiempo amenaza con irse –y hace papelones como su frustrado paso al fútbol tailandés-, cuando mira hacia afuera, siempre está pensando en el momento de volver

Raúl no es Cachito, Bailetti o el Chino Ruiz. Está lejos de tener el carisma de Roberto Martínez o la calidad del Trucha Rojas. Compararlo con Lolo o Terry sería una blasfemia. Pero a los 25 años, ya está en el top ten de los goleadores históricos del club con 74 dianas. Es, digámoslo así, el delantero de la casa, el que nunca falla en las pichangas, el goleador del barrio que alguna vez todos quisimos ser.

Ruidíaz es un jugador hecho para Universitario de Deportes. Desde Ate gobierna a un pueblo fervoroso que vibra con cada uno de sus goles. Y aunque cada cierto tiempo dice que se quiere ir, el hincha no se resiente. El amor renace. Sabe que el gol es su mejor manera de pedir perdón.