Tengo algo que confesar y no es un crimen. Claro, mis amigos piensan lo contrario. No importa qué cosa diga ni cuánto me esfuerce en mis argumentos, ellos no dan el brazo a torcer y me señalan con el dedo riéndose de mí. En general no me importa, y en particular, ellos se lo pierden. Creo que hay cosas por las que en verdad se debe sentir vergüenza –presentar falsas víctimas en talkshows, incentivar económicamente pleitos y lagrimones ante las cámaras, pautear anuncios en los programas que fomentan estas prácticas, etc– , y me parece que en eso hay un consenso bastante marcado. En lo que no hay consenso es en la televisión de Semana Santa y en el bacalao: mientras unos reniegan por la repetición de la misma programación, a mí desde chico me llena de alegría (no porque fuera feriado y no tuviera que ir al cole) y mientras a unos el bacalao les despierta nauseas –Huacalao para sus detractores más ácidos– a mí me parece un inexplicable manjar.Como muchos lectores de este blog sospechan, soy televidente pero también, un cinéfilo sin remedio y, por más raro que pueda sonar, es culpa de la tele y no del cine. Pero vamos en orden…

Cuando era chico no se podía ir al cine. La razón es conocida: te podía secuestrar el cuco (o el chupaojos, según mi familia) o podías explotar en pedazos por culpa de Sendero Luminoso, dependiendo de la explicación que cada padre quisiera dar a sus hijos. La única manera de acceder a la pantalla grande en los años ochenta era a través de la televisión.

Recuerdo con mucho entusiasmo las ocasiones en que mi hermana y yo asomábamos nuestras cabezas por las puertas de nuestras habitaciones, que afortunadamente daban al ambiente donde estaba la tele. Recuerdo a Gregoria (la mejor trabajadora del hogar del mundo) y a su voz de pajarito diciéndonos “vayan a dormir” y al mismo tiempo haciéndose la loca cuando nosotros nos asomábamos a pesar de todas las advertencias. Recuerdo las somnolientas jornadas y las brutales re ediciones arbitrarias a las que nos sometían los programadores con tal de meter unos comerciales más aquí y otros más allá en nuestras películas de la noche. Recuerdo Función Estelar y Cine Millonario. Creo que todos nos acordamos (y creo que hasta ahora los dan).

En Semana Santa, Función Estelar se ponía bien santa. Yo no había nacido en 1959, cuando se estrenó Ben Hur de William Wyler, pero gracias a la tele me acuerdo de Charlton Heston, de la primera vez que vi una batalla de galeras, y de una carrera de cuadrillas que hasta ahora el cine más hollywoodense (en pantalla gigante y con el mejor sonido) no ha podido superar. La primera vez que vi Ben Hur en la tele fue como ir por primera vez al cine. Me pasó lo que le pasa a todos los que después de horas en mercados de libros viejos encuentran el tomo del que habían oído hablar y que buscaban hace años, a los científicos obsesos que descubren una nueva especie, y a los que viajan a Machu Picchu por primera vez… Lo único que quería hacer cuando vi Ben Hur era verla siempre, hacerme viejo viéndola una y otra y otra y otra vez… es verdad que no es una película muy sabia (aunque sí muy interesante) pero vayan ustedes a explicarle eso a un mocoso sub 10.

En ese entonces no había Internet ni Kazaa ni dvd ni vhs: había betamax pero era muy caro. Mi tía recién llegada de Estados Unidos tenía uno como novedad en la cuadra y, desde luego, no tenía una copia de Ben Hur.

Semana Santa se volvió una de mis épocas favoritas porque era mi paliativo de dvd. Quedarme en casa era mejor que irse de campamento algo que –me parece- mi mamá nunca logró entender del todo. Como consecuencia, y sin querer, descubrí otro enorme placer.

Durante toda su vida, la mamá de mi mamá, es decir la mamama, preparó bacalao para sus hijas, sobre todo en viernes santo que es cuando la costumbre católica manda a comer solo pescado a sus feligreses, cuando menos en el Perú. Mi mamá lo odió siempre así que en mi casa nunca se sirvió. De hecho, en cuanto alguien empezaba a pronunciar la palabra –“baaaaaa-caaaaa…”– mi mamá ponía un gesto de asco como reflejo automático. En consecuencia, nunca hubiera probado el delicioso bacalao de mi mamama si no fuera porque me quedaba en Lima, en su casa, para ver Ben Hur cuando mi mamá se iba de campamento con mis hermanas. Sé que muchos católicos fervientes me van a odiar pero para mí, que nunca me confirmé, el bacalao de la mamama convertía por milagro al viernes santo en un viernes de gloria y de resurrección.

Así que la verdad sea dicha: me encanta Ben Hur, me encantan las películas de santos, me encanta ver las aureolas de viernes santo y me encanta comer bacalao por más que se rían y señalen con el dedo. Exacto: “¡qué aburrido!”. Como comprenderán, esta semana no viajo.

P.S: ¡Ah! Me olvidaba… para los geeks que como yo adoran estas fechas, Ben Hur se transmitirá por el canal 52 el domingo 23 a las 8… Sin ediciones prepotentes para embutir más publicidad. Aquí un adelanto…

¿Planes para Semana Santa? Cuéntenos qué hará durante el fin de semana largo

*Estimados lectores: Desde enero del 2009, el blog “Tv en serie” lo desarrolla Romina Massa. Este post escrito por el anterior blogger, Javier Masías, seguirá en línea pero sin opción de dejar comentarios.