(Antimemoria)

De chico me repetían siempre que las matemáticas servían para todo. Si bien hubo una época en la que me interesaron, nunca me llamaron la atención demasiado. A diferencia de la tele, el curso de mate carecía de argumento, de personajes y de colores. Hasta que crecí –hay cosas que cambian con el tiempo- el maravilloso mundo de los números me pareció de un aburrimiento implacable.En la misma época me repitieron hasta el cansancio que la televisión no servía para nada. Por supuesto que les creía a todos los adultos que lo decían, a todos los periódicos que publicaban notas amenazantes sobre su influencia (ojo, estamos en los años 80) y a todos los intelectuales respetables que en ese entonces veían con preocupación que sus hijos llegaban del cole y quedaban hipnotizados con solo prender la “caja boba” (y embobante, para los mismos respetables, supongo). A diferencia de las matemáticas, la tele carecía de sustento, de inteligencia, de relevancia. Era una verdadera distracción y como tal una perdida de tiempo. Desde luego, pasar horas frente a sus imágenes en blanco y negro, y después, frente a sus colores luminosos, se convirtió en uno de mis máximos entretenimientos, después de los legos y de la lectura de los libros de Julio Verne. A fin de cuentas, hechas las sumas y restas, prefería la tele a la tabla del 6. Será por eso que nunca entendí porque era tan malo ver televisión y tan bueno saber de álgebra.

Creo que fue Bernard Shaw el que dijo que el colegio interrumpió su educación. En mi caso, y como es obvio a estas alturas, interrumpió horas valiosas de televisión. Eso porque la mayor maldición de un niño televidente no son los comerciales: son los castigos.

Cuando era pequeño jalé innumerables veces el curso de matemáticas, primero por culpa de Robotech (tal como se consigna en mi perfil), luego por Los Transformers (o al revés, no recuerdo) y después por el bloque de series que había en el canal 33: Belvediere, Dos perfectos desconocidos, Quién manda a quién, El Show de Bill Cosby… Definitivamente la televisión me distraía de los números y mi mamá, que es una mujer muy sabia, se dio cuenta muy pronto. Por eso de chico nunca tuve tele en mi cuarto y por eso, cuando llegaba la libreta con las notas en color rojo empezaba el pequeño infierno de las vacaciones con la tele apagada. Así las matemáticas se vengaban de meses de indiferencia extendiendo su influjo sobre meses de aburrimiento.

Al culminar mis vacaciones y fuera del colegio había aprendido la lección de los números: las matemáticas no servían para entender las aventuras de Miguel Strogoff, pero sí para que tu mamá te dejara ver televisión.

El siguiente bimestre –o semestre, ya no recuerdo- estudié como científico loco y pasé el curso con las justas. En cuanto llegué a casa con una libreta repleta de dígitos escritos con lapicero azul, mi mamá me llevó a comer una pizza deliciosa como premio y me dejó la tele prendida. Creo que el asunto fue muy positivo porque ahora puedo recibir el vuelto al hacer las compras en el supermercado, hacer más o menos bien un presupuesto de mis gastos del mes y saber que si estamos dos de marzo, en una semana (que tiene siete días), la fecha será nueve de marzo (“2 7 = 9”, escribió alguna vez en la pizarra una profesora orgullosa).

Sin embargo esta historia no tiene final feliz. No sé de qué manera los intelectuales respetables preocupados por sus hijos televidentes convencieron al presidente de entonces de que había que aprovechar el poder hipnótico de la tele para enseñarles matemáticas a sus críos. El señor que gobernaba, que seguro era muy dedicado a los números, decidió reemplazar mis dibujos animados por una franja cultural aterradora que estaba compuesta, entre otras gracias, por un tipo insoportable dibujando numeritos en la pantalla del televisor. Creo que el objetivo era hacer a la caja boba más boba y aburrida para que no tuviéramos más remedio que apagarla.

Lección final: La mayor maldición para un niño televidente no es que le apaguen la tele: es que no haya nada motivador que ver.

*Estimados lectores: Desde enero del 2009, el blog “Tv en serie” lo desarrolla Romina Massa. Este post escrito por el anterior blogger, Javier Masías, seguirá en línea pero sin opción de dejar comentarios.