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Si algo nos enseñan Rick y su grupo es que no puedes sobrevivir solo, necesitas de los demás. Y eso se pone a prueba en “Beside the Dying Fire”. Después de los conflictos e inseguridades (Dale había proclamado que el grupo estaba “roto”), “The Walking Dead” nos da guiños de un capitulo alentador en el que todos trabajan juntos contra la amenaza común: una imparable horda zombi. La primera mitad es nada menos que emocionante, caótica y conmovedora.

La destrucción de la granja de Hershell –ningún lugar es completamente seguro y eso seguirá siendo cierto mientras avance la serie- deja a los sobrevivientes dispersos. Es la primera vez que sucede, pero sin perder la fe logran reunirse en un lugar simbólico: el carro en la autopista donde dejaron los suministros para Sofía.

Asustados, nuevas tensiones resurgen cuando Rick hace dos revelaciones: todos están infectados (el secreto que le contó Jenner al final de la temporada1) y él mató a Shane. Todo lo que ha hecho ha sido por el bienestar del grupo, asegura el ex policía que se implanta como líder. “Esto ya no es una democracia”, sentencia. Esta frase será clave para entender lo que vendrá. Pero en ese momento o vitoreabas porque Rick finalmente establecía su autoridad o te preocupabas por que pudiera volverse incontrolable a lo Shane. Era el inicio del Ricktatorship.

Otro punto a favor de este final de temporada es que resuelve los cabos sueltos y apunta directamente al corazón de lo que será la tercera entrega: Michonne y la prisión. Se apaga la pantalla y nos deja con la expectativa de más; algo que no siempre han podido lograr en un final.

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