Corrían los primeros meses del 99 y como era nuestra costumbre, mi pata ‘Chubi’ y yo realizábamos el periplo desde su casa hasta la universidad. Digo periplo porque en verdad lo sentíamos como tal; eran varias cuadras de distancia, bajo un calor sofocante y en un momento en que los dos estábamos con el ánimo del adolescente desenamorado. No recuerdo si fue a él o a mí al que se le ocurrió la genial frase. “Este es el desierto de Dago”, dijo alguno de nosotros y los dos estallamos en risa.Recuerdo que la primera vez que leí una historieta argentina fue gracias a mi abuelo. Me llevó a que lo acompañara a la barbería donde se cortaba el pelo y mientras lo esperaba me encontré con unas peculiares revistas. No sé si eran un “Tony”, “D’Artagnan” o “Intervalo”, pero sí me acuerdo que me quedé fascinado con las historias de mafiosos, piratas, príncipes sumerios o de hombres que viajaban en el tiempo. Sin embargo, nos las ví más… hasta ocho años después en la casa de ‘Chubi’.
El papá de mi amigo era fanático de las revistas de la editorial argentina “Columba” y le supo transmitir esa afición a su hijo. Y él me inició en el mundo de los grandes héroes de las historias de Robin Wood. En esa época de pocas ocupaciones y mucha vagancia me pasaba horas leyendo las revistas para saber un poco más de “Martin Hel”, “Nippur de Lagash”, “Pepe Sánchez”, “Savarese”, entre otros. Pero entre todos esos personajes había uno que siempre me llamó más la atención. Su nombre era tan potente como un golpe con el puño cerrado: “Dago”.

César Renzi era un noble veneciano cuya familia fue asesinada producto de una traición. Sus enemigos pensaron que lo habían matado pero fue hallado por unos turcos flotando con una daga en su espalda. En ese momento el veneciano perdió su verdadero nombre y se transformó en Dago ‘ el esclavo’.

En una de las antologías del personaje, Wood cuenta que decidió crear a Dago tras ver a un grupo de esclavos en un viaje al Medio Oriente. Quería transmitir todo el terror y la pena que sintió al ver que había personas que todavía tenían que pasar por ese tipo de vejámenes en pleno siglo XX. Pero también quería transmitir la deshumanización de esas personas y ese proceso es reflejado en el carácter del ‘jenízaro negro’.

Dago es un justiciero solitario de la talla, si vale la comparación, de Batman. Es un personaje que lo ha perdido todo: familia, amigos, país, pero que sin embargo aún mantiene un ápice de humanidad que lo hace ayudar a los más débiles. Pero a diferencia del murciélago, sí usa la violencia. En ese aspecto es más cercano al Punisher aunque, como digo, sus actos están mucho más justificados. Dago mata cuando tiene que hacerlo y lo hace como método de supervivencia.

Por eso es que a lo largo de la historia, Wood lo presenta como una persona que ha perdido su alma. “Es el hombre más solo del mundo”, “el jenízaro nunca sonríe”, frases como esa lo describen perfectamente a lo largo de sus historias. Relatos en los que se enfrenta y alía con personajes de la talla de Barba Roja, el conde Drácula (el histórico, no el vampiro) o el rey Francisco I de Francia. Y en esas aventuras Dago gana y pierde como en un subibaja que no para nunca.

Creo que nunca olvidaré la historia en la que tras convertirse en el brazo derecho de un visir termina siendo esclavo nuevamente. En una viñeta realmente genial se le ve caminando por el desierto junto a un grupo de desventurados riendo como un loco: “!Esclavo de nuevo!”, nos grita desaforadamente.

Y es que Dago a pesar de que logró obtener su venganza, volvió a Europa y obtuvo grandes riqueza nunca logró dejar de ser esclavo. A Robin Wood no le permitieron escribir un final a la historia por la salida de circulación de Columba. ‘El jenízaro negro’ no logró encontrar el oasis que ‘Chubi’ y yo hallamos en algún momento.

¿Leíste alguna vez las revistas argentinas Tony, Intervalo o D’Artagnan? ¿Conoces a sus personajes?