Hola. En la edición de El Comercio de este viernes 31 de julio publiqué una entrevista con el artista gráfico Christian Cailleaux, uno de los invitados que trajo la Embajada de Francia a la FIL Lima 2015. La versión editada -siempre el breve espacio del papel obliga a editar y sintetizar cosas- la pueden leer aquí, pero quería compartir con ustedes una versión más extendida de ese diálogo.

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Cailleaux en una entrevista con www.10point15.com.

 

Ah, y al final, una anécdota sobre el paso de este dibujante y guionista por Lima. Espero que te agrade.

 

 

“La aventura es un pretexto para que el lector se sienta atraído”

CHRISTIAN CAILLEAUX: Nací en París en 1967. Soy autor e ilustrador de historietas (‘bande dessinée’) y mal trompetista. Estudié Letras y Filosofía en la Escuela Nacional de Arte de Cergy. Debido a mi trabajo en talleres de animación conocí 15 países de África y esa experiencia la trasladé al papel. Publiqué mi primera obra, “Les aventures d’Arthur Blanc Nègre”, en el 2000. También soy autor de “Los impostores”, “Masala Chai, monólogo en hindi”, “R97″, “Piscine Molitor”… En mayo de este año saqué “Embarqué” y actualmente trabajo en el segundo de tres tomos de “Prévert, Inventeur”, un artista de los años 20. Pueden conocer más de mí en ateliercailleaux.blogspot.fr.

 

He repasado algunas páginas de su trabajo y me queda la convicción de que hay mucho cuidado en cada trazo. ¿Usted se define más como dibujante o artista?

- Un artista, de hecho. Muchos de mis colegas se sintieron atraídos desde la adolescencia por la ‘bande dessinée’, pero yo seguí otra ruta. Yo estudié en una escuela de arte por eso busco ilustrar mis historias. Yo llegué a este mundo de forma fortuita aunque siempre me fascinó el lenguaje que mezcla la imagen con la palabra. Mi principal objetivo es contar una historia, sí, pero la preocupación de la búsqueda pictórica es muy importante para mí porque no me centro ni en una representación realista ni en un trazo caricaturesco.

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Acabo de leer “R97” y percibo que hay allí un intento de transmitir sensaciones más que narrar una historia dura. ¿Eso es lo que busca?

- Esa es justamente mi búsqueda. “R-97” trata sobre un joven que pasa de la adolescencia a la adultez viajando en el mar, pero que sea en un barco de la marina de guerra es anecdótico para mí. El relato es interesante pero me interesa más que el lector sienta ese choque emotivo, esa transición en medio del océano y tierras desconocidas. Cómo puede estar en un momento frente a un paisaje luminoso y dos páginas después se haya en la sala de máquinas con los olores de metal y gases. Más que dibujar el número exacto de pernos y tuberías, me interesa transmitir esa sensación.

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Todo autor vuelca un poco sus sueños y pesadillas en sus trabajos. ¿Cuánto hay de ellos en sus obras?

- “R-97” es algo particular porque la historia la escribió Bernard Giraudeau, un amigo muy cercano. Pero en otras publicaciones sí hay más de mí mismo. Libros de viajes que empecé a los veinte años, especialmente en África, India, Asia, Canadá… Mi preocupación siempre ha sido contar el mundo, me parecería inútil, vano, simplemente narrar mi viaje de forma anecdótica. Es cierto, pongo elementos de mí mismo, pero no me interesa exponerme. Las posibilidades narrativas son enormes, porque a diferencia del cine o de una serie animada que imponen un marco, un ritmo, en la ‘bande dessinée’ ponemos detenernos en una página, retroceder un poco, es un paseo como lector. En algún momento podemos hacer un dibujo grande para mostrar un entorno específico porque tiene sentido, en otros puede haber pequeñas viñetas… O un discurso más largo, o silencios. Pero esa riqueza narrativa de la historieta solo funcionará si el lector es activo.

 

Entonces no son historias de aventuras…

- Mis historias de viajes incluyen siempre un poco de aventura, aunque esta es un simple pretexto para que el lector se sienta atraído. Tengo un libro (“Harmattan, le vent des fous”, que traducido al español sería “Harmattan, el viento de los locos”) que empieza en Nueva York y acaba en África, y aborda la búsqueda de un tesoro. Esto ejemplifica lo que quiero decir porque el verdadero tesoro es el viaje de los protagonistas.

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Usted comparte un viaje interior, uno que involucra al alma…

- Sí, porque cuando se confronta la realidad con la gente vemos que esos seres que creemos son extranjeros, extraños, son seres humanos a los que también nos sentimos muy cercanos.

 

Pero eso no impide que también nos cuente verdaderas travesías, como en “Embarqué” (“Embarcado”).

- Fue un viaje que hice en una fragata durante un mes y con la cual llegué hasta la Antártida. Empezó como un reportaje gráfico que titulé “Marins d’eaux dures” (“Marineros de aguas duras”) para la revista “La Revue Dessinée”, pero después incorporé aspectos de mi relación con el mar, me remonté a mi infancia y las diferentes veces que me he embarcado en los últimos diez años, incluido mi paso por un submarino nuclear, y salió una obra distinta.

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¿Es difícil dibujar el mar? A ojos de un simple mortal es un paisaje único, a diferencia de lo que se puede hallar en tierra firme.

- Ehhhhh… Viajé por distintas tierras durante 15 años hasta que pude subirme a un barco y me fascinó esta otra manera de viajar, porque en un barco hay un condensado de toda la humanidad. A las pocas horas la costa desaparece y nos encontramos en constante movimiento, el mar se mueve, se espera simplemente la siguiente escala. Es un viaje distinto, el paisaje no desfila, son diferentes sensaciones, es un viaje romanesco, soñado, intelectualizado… Pero el mar cambia todo el tiempo, para un ilustrador –no me atrevo a decir para un pintor- es un juego constante de luces, de ondulaciones. A veces la superficie del mar es como un espejo y a veces estamos frente a abismos,  o se vuelve ondulado, agresivo, femenino…

 

¿En quiénes se siente reflejado?

- En Hugo Pratt con su personaje del Corto Maltés. El demuestra la economía de los gráficos para representar el mar y distintos mares. Y además, el mar de las dunas del desierto, las sombras, la tinta negra, manchas casi abstractas. Pero para mí no tendría sentido hacer una copia, así que busqué mi propio camino, con mis propias referencias, aunque el de Pratt es un proceso creativo al cual me siento cercano.

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En los últimos años el cine nos ha invadido con películas de superhéroes, que de una u otra forma también han repercutido en un ‘boom’ del cómic.

- La relación de Francia y Bélgica con las historietas es bastante particular. Más que una invasión de cómics de superhéroes sufrimos el crecimiento de los lectores de manga (japonés). Representan el 40% de lo que se edita en términos de historieta. Además, existe la edición digital que aún es incipiente. Todo eso ha cambiado el panorama editorial francés aun cuando actualmente se publican unos cinco mil títulos al año en promedio. Eso quiere decir 100 títulos por semana. Pero no es que haya más compradores, sino que hay una producción creciente. Pero yo creo que por la naturaleza gráfica de este trabajo el mejor soporte sigue siendo un libro. Los franceses seguimos muy pegados al papel.

 

Es difícil preguntarle a alguien qué le gustaría hacer, pero sí me gustaría saber qué tierras desearía conocer para trabajar sobre ellas.

- Eso es algo que llega con el tiempo. Antes de dedicarme por completo a la historieta también trabajé en la publicidad, y al hacer la transición perdí dos terceras partes de mis ingresos, pero tuve la sensación de que interiormente era más rico. Trato de que mi vida no sea una aventura de historieta, aun cuando he estado en África, el océano Índico, la India, Asia, tengo previsto volver a Singapur en otoño… Conforme pasan los años me he desplazado hacia el este, tengo muchas ganas de trabajar en Asia. El viaje continúa y siguiendo esa trayectoria hacia el este mi apogeo va a llegar en América del Sur, jajaja.

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¡Ah… y la anécdota!

La FIL 2015 se inauguró el viernes 17 y Christian Cailleaux fue uno de los invitados que calentó la jornada con una charla sobre cómics. Al final de la disertación, acudió al stand central de Francia, el país invitado, para firmar unos libros. Es decir, hacer ilustraciones en las contraportadas. No muchos de los asistentes lo conocían pero viendo el tiempo que le dedicaba a cada dibujo, el cariño puesto en elegir cada color, cada tonalidad, la precisión en el trazo, la dedicación misma en la creación, muchos optaron por comprar sus obras allí mismo e hicieron una fila para quedarse con un bonito recuerdo. Una de esas personas era una muchacha de pelo negro corto, mediana estatura, que abrazaba un tomo de  ”Masala Chai”.

Christian la miró y ella lo saludó: “bonne nuit”. “Oh, vouz parle français”, intentó iniciar una conversación Cailleaux.  Una rápida negativa le hizo ver al autor que la amabilidad no era bilingüe , así que solo asintió la cabeza y empezó a ilustrar una página en blanco. A medida que avanzaba, surgían un turbante, un par de ojos enigmáticos, una barba y un dhoti. Un dibujo enigmático, sugerente, bello… Unas tonalidades en rojo pusieron punto final al arte y Cailleaux quebró el silencio: “¿pour qui?”. Con la ayuda de todos los ‘intérpretes’ que habían surgido alrededor, la chica entendió que le estaba preguntando para quién era la dedicatoria. “Silvia”, respondió. “Ah”, replicó el francés y empezó a escribir.

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De pronto, un grito contenido paralizó a todos. “¡¡¡Nnnnn…. o!!!”. Christian miró a Silvia, Silvia miró a Christian. En el papel estaban trazadas las primeras letras del nombre de la peruana: “Syl…”. Ella suspiró, se resignó, movió la cabeza, “ya no importa”, dijo, y esperó cariacontecida. Cailleaux, un poco turbado, terminó de escribir: “Sylvia” y nuevamente apelando al idioma universal de los gestos y los ‘traductores’ de ocasión, tomó un papel pequeño donde limpiaba sus plumas, lápices y bolígrafos, y explicó su error: en francés, Silvia se escribe Sylvia.

Se respiraba una mezcla de pena con bochorno en el ambiente, pero entonces, como si fuera un mimo, un émulo de Marcel Marceau, el artista abrió los ojos como platos enormes, acomodó los lentes, hizo una maroma con la mano y colocó un punto sobre la “y” del nombre. Ya estaba solucionado. Una Y convertida en una I. Y lo más maravilloso fue que Silvia, rebautizada Sylvia y después corregida con una letra que no existe, sonrió con sinceridad. Y para mí quedó la convicción de que pocos veces el encanto se ha recobrado con tan poca tinta.