Un día. Once días. Ciento once días. Ese es el número que marcó la vida de Christophe André, un francés colaborador de la ONG Médicos sin Fronteras en el Cáucaso que en 1997 fue secuestrado por chechenos y mantenido en desesperante cautiverio, sujeto por esposas, con captores que no hablaban su idioma, durante interminables e infernales 111 días con sus amaneceres, tardes, noches, horas, minutos, segundos…

 

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Esa es la historia que el canadiense Guy Delisle, afamado guionista y dibujante de historias gráficas, nos trae en “Escapar”, su último trabajo presentado a fines del año pasado, en el que reconstruye los padecimientos, la angustia y la desesperación, la resignación y los desbordes imaginativos que vivió André durante su secuestro. Una obra que, irónicamente, atrapa a primera vista y forja nudos invisibles con el lector imposibles de desatar.

 

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Cuando Delisle estuvo en Lima, en julio del 2015, me contó sobre esta nueva obra en la que se hallaba inmerso y, en una suerte de suspiro confesional, remarcó que este trabajo le imponía retos apabullantes, pues la temática se alejaba mucho de sus trabajos más conocidos, como “Pyongyang”, ”Shenzhen”, “Crónicas de Birmania” o “Crónicas de Jerusalén”, historias de viajes y de vivencias que le han tocado en turno.

 

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Para esta novela gráfica, Delisle entrevistó varias veces en profundidad y durante largas sesiones a André quien, sorprendentemente pese a los años transcurridos, llevaba impregnadas en mente y alma muchos detalles, sensaciones y recuerdos que parecían haberse presentado ayer mismo.

 

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“Escapar” es un libro de más de 400 páginas y en casi la mitad de ellas los hechos transcurren en una habitación con un colchón en el piso, una puerta, una ventana tapiada, un foco de luz que nunca se enciende y un radiador empotrado en el piso al cual está esposado el rehén protagonista del drama. Luego vendrán otras locaciones, otros claustros como un closet, una habitación de casa o un almacén.

 

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André es un hombre atento a cada sonido allende los muros, uno a veces apabullado por el miedo a morir, aplastado por una rutina de aburrimiento al que solo le reconfortan gratos recuerdos y el vuelo de su imaginación. Un hombre que ignora si están negociando su liberación, que no entiende su destino, que se siente invadido ora por la desesperanza, ora por la indignación. Pero, al mismo tiempo, alguien que nos deja la impresión de llenarse siempre con grandes bocanadas de fe.

 

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Delisle (izq.) y André en una presentación ante lectores y periodistas.

 

Y todo esto acompasado por un ejercicio gráfico espléndido, con viñetas que exploran los cambios más sutiles, aquellos que pueden generar la luz o acaso la mirada de un ser humano; los ángulos laterales, diagonales u horizontales, las miradas desde arriba y abajo, desde un costado o las que rompen la lógica del espacio; rupturas de la cuarta pared; la atención puesta en cada parte del cuerpo, las manos, los pies, el torso, los ojos, la cabeza…

 

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Porque así transcurre la vida del secuestrado, una realidad acompasada con imágenes que fluyen a otra velocidad, que parecen ser repeticiones, apenas un fondo inerte aunque en realidad difieren. Escenas que en vez de cotidianidad nos remiten a una sutil y delirante metamorfosis.

Y los silencios, la explosión de la ausencia de ruidos donde el clic clac de una puerta que se abre se convierte en toda una aventura cargada de interrogantes: ¿vendrán a sacarme? ¿es la hora de mi muerte? ¿me traen la comida? Y el recuento ansioso de los días, la imperiosa necesidad de saber qué fecha es porque así el prisionero puede sentirse un poco unido a ese exterior que añora, el casamiento de la hermana, los amigos, las comidas favoritas…

 

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Delisle da un salto de madurez narrativa impresionante con esta novela gráfica. Y quizá la clave es que la historia de André se lee con tanta aprehensión que, aun sabiendo que habrá un final liberador, es imposible no mimetizarse con su sufrimiento, gozar con sus cortos momentos de felicidad (un balde de agua para bañarse, un pedazo de carne en la sopa, orinar luego de una larga noche…) o angustiarnos con sus amagos de escape.

 

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Y es que siendo un autor que está acostumbrado a contar SUS historias, SUS viajes, Delisle debió dar un giro absoluto para escuchar, preguntar, atender sugerencias, ordenar ideas, memorias y sensaciones ajenas. En ese sentido, la fiabilidad y veracidad de lo que cuenta dependieron de cuanto supiera escudriñar en el corazón y el cerebro de André. Una vivisección que palpita en cada página.

Y todo ello enmarcado, vale la pena recalcarlo, en un ambiente minimalista pero al mismo tiempo opresor, con tonos azulados que acompañan las viñetas, con la amenaza constante y silente de perder la cordura, con el juego de elipsis y el tono sobrio elegido por el autor. Un ejercicio estilístico con marca propia.

 

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Como dice el mismo André en un momento de reflexiva desazón: “Ser un rehén es peor que estar en la cárcel. En la cárcel, por lo menos, sabes por qué estás encerrado… Un rehén ha tenido mala suerte… En la cárcel, sabes qué día vas a salir, la fecha exacta… Puedes ir contando cuánto más tienes que aguantar. Mientras que aquí, solo puedo contar los días que pasan sin saber cuándo acabará”.

 

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Delisle logra que los lectores nos pongamos a contar los días como lo hacía André. Que roguemos porque ese tic tac invisible se suspenda en el aire. Que todo acabe de una maldita vez. Solo eso ya hace de “Escapar” una lectura imperdible.

 

¿Y A TI TE GUSTARÍA LEER “ESCAPAR”?