La colaboración en asuntos espaciales entre Rusia y los EE.UU. está dando dividendos en diversos campos. Además de la estación espacial y la exploración de Marte, se está llevando a cabo en campos de aplicación más inmediata. Uno de estos es el sistema de navegación por satélite, en el cual se han unido las dos redes, la GPS (Global Positioning System) de los EE.UU. con el Sistema Global de Navegación por Satélite (GLONASS) ruso. Ambos sistemas funcionaban hasta ahora independientemente, pero han unificado su operación, para beneficio de todos.

Cada uno de los sistema tiene 24 satélites orbitando la Tierra, lo cual ha duplicado el número total de satélites disponibles para la navegación. Esto permite una disponibilidad de satélites navegacionales de 100 %, o sea en todo lugar de la Tierra y a toda hora. Esto a su vez permite una precisión mucho mayor en la ubicación del aparato receptor, sin necesidad de una tercera estación referencial en tierra. Para dar una idea del efecto de la integración de ambos sistemas, basta decir que la precisión de ubicación se ha reducido de 100 mt. con el GPS solo, a menos de 15 mt. con el sistema combinado.

Tal vez el aspecto más importante de las nuevas posibilidades del sistema combinado es su autonomía. Esto es, que no requiere de una estación referencial para obtener la precisión mencionada. Esta característica es de crucial importancia para la navegación aérea, por lo que ahora los aviones de línea podrán prescindir del costoso y pesado equipo de navegación inercial, ya que un posicionador GPS-GLONASS, les podrá dar su posición precisa en coordenadas y altura sobre el nivel del mar, con un error menor que el tamaño del avión mismo.

Por lo pronto ya hay una empresa norteamericana que ha puesto a la venta el primer equipo diseñado para usar ambos sistemas combinados, ofreciendo las ventajas descritas. Es más, el sistema, si recurre a una referencia terrestre, reduce el margen de error a 90 cm. El precio de los nuevos receptores varía, de acuerdo con el tipo de tarjeta que utiliza, entre US$ 6 mil y US$ 10 mil, lo cual es menos de un décimo del costo de un sistema de navegación inercial como los que utilizan los aviones de línea. Dado el amplísimo uso del GPS -desde la navegación de todo tipo hasta la ingeniería civil, pasando por la cartografía, etc.- la demanda será grande, lo cual sin duda bajará el precio, como sucedió con los primeros sistemas GPS. Las líneas aéreas no tardarán en emplearlo como norma, con los beneficios consiguientes para la seguridad aérea.

¿El fin de la ciencia?

Después del revuelo que causó el libro “El Fin de la Historia”, no podía pasar mucho tiempo sin que alguien escribiera “El Fin de la Ciencia”. Efectivamente, acaba de hacer su aparición un libro con este título, escrito por John Horgan, colaborador de la revista Scientific American, quien fue antes crítico literario. Muy bien escrito, el libro se basa esencialmente en entrevistas personales con los científicos de mayor renombre, principalmente físicos ganadores del premio Nóbel. La tesis de Horgan es que, habiéndose descubierto el código genético y la evolución por el lado de la biología, y el Big Bang por el lado de la cosmología, lo demás se limitará a llenar vacíos. Resulta difícil resumir la tesis algo difusa, pero de acuerdo a los físicos que han revisado el libro, la idea es que habiendo encontrado “la verdad”, ya queda poco por descubrir. En cuanto a la física, se plantea que sus leyes se reducen a la relatividad y a la mecánica de los quanta, que posiblemente se unirán pronto, gracias a la teoría de las supercuerdas. Horgan plantea una serie de cuestiones filosóficas que, según algunos de sus críticos, se reduce a admitir que el hombre nunca podrá contestar las preguntas básicas sobre su razón de ser y su lugar en el Universo.

En opinión del prestigioso físico D.L. Goodstein, del Instituto Tecnológico de California, quien no comparte la visión pesimista de Horgan, el libro es entretenido e interesante si se excluyen las disquisiciones filosóficas del autor. En todo caso el tema es pertinente, y al respecto creo que también lo es mencionar una cita, tan válida hoy como hace 367 años, cuando fue escrita. El científico francés René Descartes (1596-1650) de cuyo nacimiento se cumplen este año cuatro siglos, en 1629 escribió : “… De ahí que debemos creer que todas las ciencias están tan interconectadas, que resulta mucho más fácil estudiarlas juntas que aislando una de todas las demás. Por esto, si alguien desea encontrar la verdad de las cosas de una manera seria, no debe escoger una ciencia en especial, ya que todas están unidas una con otra, siendo interdependientes”.

Si tomamos esto en cuenta, dada la cantidad de descubrimientos independientes en los diversos campos de la ciencia, podríamos sugerir el nuevo título para un libro que, hasta donde sé aún no se ha escrito: “El Comienzo de la Ciencia”.

130 millones de años de flores

Al contrario de lo que muchos creen, los insectos antedatan a las plantas modernas en cientos de millones de años. Nuestra cucaracha doméstica data del Carbonífero, hace 300 millones de años, mientras la casi totalidad de las plantas que vemos a nuestro alrededor tiene menos de 60 millones de años. Entre ellas, las que tienen flores y han dominado la vegetación del planeta durante los últimos 65 millones de años -las angioespermas- son las más recientes.

Hasta hace poco se creía que las angioespermas más antiguas eran plantas grandes, con ramas arborescentes, no muy distintas de los arbustos de magnolia. Sin embargo, un nuevo descubrimiento hecho por el paleobotánico inglés C. Hill, adelantaría la aparición de las primeras angioespermas a 130 millones de años. Hill ha encontrado en rocas de arcilla del Cretáceo Temprano los restos fósiles de una pequeña flor de 7 mm., probablemente acuática. Esta pertenece a una planta, especie de hierba, de 25 cm. de alto. La planta descubierta por Hill combina las características primitivas de un helecho con hojas más modernas, ramificadas y el sistema reproductivo en una flor. Lo más probable, según su descubridor, es que esta planta haya vivido en el agua, ya que sus hojas recuerdan las de una planta acuática moderna. Previos descubrimientos de plantas del Cretáceo, hechos en Australia, parecían mostrar los primeros cambios que darían origen a las angioespermas. El descubrimiento de Hill confirma esta teoría, introduciendo un cambio sustancial en la paleobotánica, la historia de la vegetación en nuestro planeta.

Disminuye el hueco de Ozono

Los acuerdos internacionales sobre conservación del medio ambiente -si bien grandielocuentes- generalmente terminan por ser un saludo a la bandera. El caso del Protocolo de Montreal de 1987 ha resultado ser una notable excepción. Al parecer los acuerdos sobre la descontinuación del uso de clorofluorocarbonos (CFCs) están dando resultados. Un reciente modelo, basado en lecturas del satélite TIROS, indica que el hueco no crece y que -por el contrario- está comenzando a reducirse. Hay un factor distorsionante: la erupción del volcán Pinatubo, en las Filipinas, en 1991.

Al parecer los desechos volcánicos, con su contenido de azufre y otras sustancias, aceleraron la destrucción del ozono, incrementando la causada por los compuestos químicos producidos por el hombre. Al haberse disipado las cenizas del Pinatubo, los procesos químicos han tomado su nivel previo, el que parece haberse reducido. Según el modelo, el hueco ya no pasará de 22 millones de kilómetros cuadrados, con tendencia a reducirse en el futuro. Esto coincide con una comprobada reducción en la producción y uso de CFCs en los países desarrollados, principalmente en refrigeración.

A fines del año pasado las estadísticas mostraban que en los EE.UU. los refrigerantes con CFC aun eran utilizados en 100 millones de automóviles, 160 millones de refrigeradoras domésticas, 5 millones de refrigeradoras comerciales y 70 mil aparatos de aire acondicionado. Sin embargo, a partir de 1986, cuando se firmó el Protocolo de Montreal, la producción de CFCs ha caído en 75 %, aunque su uso ilegal y contrabando todavía eran un problema el año pasado. La disminución sigue, y con ella se ha frenado el crecimiento del hueco de la capa de ozono sobre la Antártida y al parecer el proceso se está invirtiendo.

Esta noticia debe alegrar a todos, y en especial al Comité del Premio Nóbel, que el año pasado otorgó el galardón de Química a los investigadores Paul Crutzen, Mario Molina y F. Sherwood Rowland, que descubrieron el proceso por el cual los compuestos de cloro destruyen el ozono en la alta atmósfera. Este fenómeno, que se produce todos los años en la primavera del hemisferio sur, además de incluir una compleja secuencia de reacciones químicas, depende también de las bajas temperaturas y los vientos. Al no haber cambiado estos factores, es justificable atribuir el cambio positivo al único factor que ha variado, que es la disminución en la producción y uso mundial de clorofluorocarbonos.

Tomás Unger