Por Pamela Montes I. En el Laboratorio de Microrrobótica de la Universidad de Harvard, el profesor Rob Wood dirige la creación de abejas robots de tamaño natural. Las robobee son capaces de volar y se proyecta que puedan ser empleadas en distintos campos, como la exploración de entornos peligrosos; particularmente en la búsqueda y rescate de víctimas luego de un terremoto o un incendio. También pueden ser eficientes vigilantes en el campo militar, en el mapeo climático y para brindar alertas del tráfico.

Para estas labores, es necesario contar con un objeto que pueda escabullirse entre grietas y entrar a zonas de difícil acceso. Por ello, lo mejor fue que tuviera forma de abeja.

Esta apariencia no fue elegida al azar por los científicos. Ellos se inspiraron en estos insectos para imitar artificialmente su conducta colectiva y la inteligencia propia de las colonias de abejas.

Por eso, los investigadores piensan que podrían usarse, incluso, para la polinización autónoma en los campos de cultivo.

Los expertos de Harvard dividieron el proyecto de las robobee en tres campos de trabajo: cuerpo, cerebro y colonia. Para el primer enfoque se ponen en marcha los últimos conocimientos de microrrobótica, para lograr proezas acrobáticas en el vuelo.

Para el cerebro, trabajan en la creación de sensores inteligentes que funcionarán como los ojos y antenas de las abejas, para detectar objetos o personas. Y para imitar la lógica de las colonias, desarrollan algoritmos de coordinación y comunicación para que las robobee puedan comunicarse entre ellas.

Sofisticado armazón
Si bien son nobles los fines para las que las robobee han sido creadas, resulta espectacular la sofisticada forma en la que los científicos construyeron manualmente estas diminutas pero potentes máquinas.

Se sirvieron de las técnicas de origami para que una estructura plana con muchas piezas desmontables tome la apariencia del insecto volador.

La inspiración le llegó una noche al profesor Wood mientras leía un cuento a su hijo. Se dio cuenta de que la mejor manera era reproducir esos pliegues que traen los libros infantiles que al abrirse saltan escenarios y figuras en tercera dimensión.

Wood desarrolló un sistema de corte de materiales de alta precisión para unir las piezas y poder desdoblarlas a fin de formar estructuras tridimensionales. Para realizar el paciente trabajo de ensamble de los prototipos, el equipo dirigido por el experto de robótica utilizó un microscopio y finas pinzas.

La ciencia cada vez requiere de técnicas de autoplegado como estas para incorporar robots en la cirugía a través de catéteres, que al llegar a su destino se desplieguen y hagan varias tareas, desde la extirpación de pólipos o cauterización de tumores, hasta la administración de fármacos.

Las robobee pueden también, eventualmente, ser dotadas de antenas y paneles solares que se desplieguen automáticamente e intervenir como satélites en el futuro.

También servirán para la polinización
Tal como sucede con las abejas reales, las Robobees podrán cumplir con la principal función de estos insectos: polinizar. “Ciencia Popular” detalló cómo se realizaría este proceso en un huerto.

Primero se deberá establecer una base o colonia. El granjero tiene que configurar su ubicación, pensando en que en el futuro el robot podrá regresar a su colmena desde cualquier campo.

Luego, las primeras Robobees dejarían la colmena y -con sus sensores ultravioletas- localizarían patrones UV en los pétalos de las flores, como lo hacen las abejas reales. Cámaras grabarían los puntos clave para saber dónde y qué tan lejos han viajado.

Después, regresarían a la colmena para recargarse y actualizar las ubicaciones de las flores en una computadora central. Esta máquina construirá un mapa de todo el huerto.

Finalmente, abejas equipadas con sensores y baterías para largos viajes irían a las flores a recoger el polen y llevarlo a otras.