Hace unos días tuve un día de miér..coles. Me desperté con un humor extraño. No quise salir de la cama y una vez que salí de casa, los golpes empezaron: el tráfico, pisé un charco, el sol me quemó demasiado la cara, el almuerzo no estuvo tan bueno, busqué mi carro por más de diez minutos (segunda vez que me pasa en la semana), me sentí muy cansada, el ruido de la ciudad se hizo más fuerte, me olvidé mi cargador, el celular se apagó, me manché el polo con salsa. Y cuando quise tomar una siesta me acordé que me había comprometido en trabajar en otra cosa y así, mucho más. Día del mal.

Intenté relajarme. Me tomé un tiempo, me tiré en el piso de la sala de mi casa, miré el techo y respiré profundo. Me sentí mejor. Increíble. Me paré y todo se fue al diablo. Algo en mi cabeza no quiso que me relaje. Fue una batalla que no pude ganar. Corrección: no quise ganar. Mi mente decidió abrumarse y yo dejé que lo haga.

Pero hay días así ¿no? Días del mal. Que te golpean, que te ponen una pared frente cada vez que crees que ya estás por salir a la luz. Y ¡pum! Golpe directo a la cara. Todo mal. Terminas exhausta. Yo terminé exhausta.

“El universo está contra mí hoy”, pensé. Y ese fue el error. Debí pensar: “Hoy estoy contra el universo”. Menos mal, lo hice con el paso de las horas.  Una vez que me volví 100 por ciento consciente de eso, pude reírme de mí misma, de que los “problemas” se sigan sumando. Cuando llegué a casa –por fin- agarré unas mandarinas en la cocina y pelé una a una. Escuché música, leí, no prendí la tele y respiré un poco.

La batalla ya la había perdido, pero no iba a ir a dormir en ese estado. No. Ponle límites a tu estrés. A veces te gana, sí; pero ándate a dormir sabiendo que el día siguiente será mejor. Disfruta de esa idea.