Foto: Sasha Freemind

La primera vez que pasé por esto tenía 29 años y él también. La historia que él tenía era muy fuerte, con muchos temas por encarar y aceptar, que me sumergí en su mundo y sí, me olvidé de mí. Me dejé llevar por sus problemas y adicciones. Vivía para hacerlo feliz, para complacerlo. Incluso dejé de depilarme las cejas, porque eso era muy superficial para él. Dos años después, mis amigos más cercanos y mi familia, los que habían sido testigos silenciosos de cómo me alejaba de mis sueños, coincidían en “ese chico no era para ti”.

Luego de culpar a mi ex, en medio de la rabia y dolor, esas palabras resonaban en mi cabeza, iban al compás de mis latidos. Decidí ir a terapia, pues ¿cómo pude estar en una relación tóxica por dos años si yo no era una persona tóxica o quizás sí, pero no lo había aceptado? Daniela Díaz, psicóloga argentina y una amiga muy querida, me explica que esto de “perderse en el otro”, corresponde a un mecanismo neurótico denominado ‘Confluencia’, dentro del Enfoque Gestáltico.

Antes de profundizar en este tema, Dani, me dice que es necesario entender lo que significa un verdadero proceso de contacto. “Contactar es reconocerse a uno mismo y al otro en una relación yo-tú, donde se produce un movimiento de conexión e intercambio nutritivo para luego ir hacia la separación/retirada”, explica. Dicho de manera sencilla: es como una danza donde nos conectamos con el otro, para luego retirarnos y volver a nosotros mismos, donde ‘yo soy yo’ y ‘tú eres tú’.

Entonces ¿qué sucede cuando nos perdemos en el otro? No somos capaces de identificar claramente las fronteras de lo que el otro quiere y lo que yo necesito. Pero ¿qué parte de mí, de mi interior, estaba rota para encajar en una relación así? Tenía muchas interrogantes, hallar las respuestas fue lo más difícil, extremadamente duro y difícil de aceptar. Sin saberlo estaba en una relación de confluencia, ese estado en el que el otro pasa a ser responsable de nuestras acciones y dejamos que tome nuestras decisiones para no tomar las riendas de nuestra propia vida. Simplemente, para no ser los/las protagonistas. Porque siempre es más fácil echarle la culpa a los demás de nuestras acciones y decisiones. Siempre es más fácil victimizarnos y quedarnos sentadas viendo cómo todos nos consuelan. Sí, es lo más fácil pero no lo que necesitamos.

“Si quedas en un estado de fusión con el otro, pierdes la capacidad de discernir tus propios sentimientos y pensamientos con los del otro”, añade Daniela.

Por su parte, Maritza Velarde, terapeuta bioenergética, explica que no es saludable ni para la mente ni para el espíritu victimizarnos. “Hay que agradecer por lo vivido y ser responsables de lo que pasó en la relación”, agrega.

Clarissa Pinkola, psicoanalista jungiana, en su libro ‘Mujeres que corren con los lobos’, indica que “nos entregamos al amor sin saber que para entregarse primero se ha de ser dueña de sí misma. La mujer necesita un amigo que también esté conectado con su corazón, que la respete profundamente, que preste apoyo a esa fuerza genuina femenina. Un verdadero amigo del alma”.

Pasaron cuatro meses, 20 sesiones y más de 480 horas para encontrar las piezas que le faltaban a mi rompecabezas. Y para volverme consciente de mi fuerza interna. De escuchar esa voz que grita que no dejes de bailar como te dé ganas de moverte, de cantar sin importar la entonación, de hacer lo que te provoque, lo que te hace feliz. Y hoy, a mis casi 34 años, agrego: lo que te de paz.

Cuando no somos dueñas de nosotras mismas, cuando desconocemos nuestras fortalezas, debilidades y amenazas es fácil perder el rumbo, desviarnos de nuestro camino. Y esto nos lleva a no estar alertas, a anular nuestra intuición.

Una vez mi compañera de promoción (curso del que les hablaré en otro post), Claudia Dammert me dijo: “si eres bondadosa también tienes que ser avara, no puedes solo dar, también tienes que recibir y eso no te hace egoísta”.  Sabias palabras que llevo tatuadas en mi alma. Espero que desde hoy ustedes también.

Ejercicio

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