Brasil golea, pero los brasileños están furiosos

Las protestas en las calles del país sede del Mundial y la Copa Confederaciones rugen cada vez más fuerte como no se ha visto en una década. Conoce aquí el porqué

Brasil golea, pero los brasileños están furiosos

DANIEL MEZA @daniel_mz
Redacción online

Brasil, el país que despierta la envidia internacional, el gigante sudamericano, la sexta potencia económica del mundo, vive una paradoja. Miles de manifestantes, en su mayoría jóvenes, toman las calles y expresan su descontento con la coyuntura de modo frenético desde que el gobierno anunció un alza pequeña aunque significativa de los pasajes: en São Paulo, el billete costaría de 3 a 3,20 reales (de 3,80 a 4,06 soles). En otras ciudades el cambio fue similar. Dichas protestas no se registran hace muchos años y distintos análisis coinciden en que durante el gobierno lulista se mantuvieron acalladas. Ni el escándalo de la ‘mensalao’, que manchó al gobierno del Partido de los Trabajadores (PT, bajo el mando Lula da Silva y ahora Dilma Rousseff) ocasionó tal reacción. El fútbol –más coyuntural que nunca con la Copa Confederaciones – pierde un 50% de protagonismo frente a la aparición de los ‘indignados’ brasileños en las portadas de “OGlobo”, “Estadao” o “Folha” (‘La semana que ardió’, titula este último el día después de que Brasil aplastó 3-0 a Japón en su debut copero), cosa que hasta hace algunos días era inconcebible en el país del fútbol. Hay muchas interrogantes que se plantean en esta pugna que desnuda algunas falencias del ‘milagro brasileño’.

¿QUIÉNES PROTESTAN?
La generación de indignados en las calles de Río de Janeiro y São Paulo viene de una mezcla muy heterogénea: movimientos de transportes que exigen la este servicio totalmente gratuito, sindicalistas, juventudes ligadas al PT, hackers de Anonymous, grupos de extrema izquierda, ‘rebeldes sin causa’ de clase media que ni usan el transporte público (he ahí otra paradoja), anarquistas, entre otros grupos civiles, siempre alentados por el fenómeno de las redes sociales (como los indignados de Wall Street, el 15M español, Grecia, el mundo árabe y hoy Turquía, sin que necesariamente haya vínculos entre estos).

La protesta por el alza de pasaje parece haber pasado al segundo plano con esta multitud joven que inició con 1.500 personas el pasado viernes 7, pero que hoy se extiende por todo el país y llama la atención del mundo.

¿POR QUÉ PROTESTAN?
Si el alza del pasaje fue el detonante de las manifestaciones, ¿cuáles son el resto de motivaciones que llevaron a los generalmente tranquilos brasileños a alborotar las ‘ruas’? Si bien hoy es un país mejor que hace 10 años, líder en reducción de la pobreza y desempleo, más programas sociales, Dilma tiene 75% de aprobación, y está mejor posicionado económicamente hablando –pese al estancamiento de su crecimiento en los últimos meses-, el gobierno de la nueva potencia no termina de contentar a sus ciudadanos. Ellos ahora también protestan contra los gastos que genera “el mundial de fútbol, contra la violencia de la policía, contra el poder de la Iglesia Evangélica”, dice Nuncio Briguglo, secretario de la alcaldía de São Paulo a “El País”. Para el veterano periodista Juan Arias, corresponsal del diario español en Brasil, “la nueva clase media exige ahora “servicios públicos de primer mundo –educación, transportes, hospitales”, además de “políticos con menor carga de corrupción y despilfarro”.

Sin embargo, la realidad es otra: mientras el gobierno de Rousseff gasta 15.000 millones de dólares hasta el momento en los gastos de por los megaeventos de fútbol, más 44 millones de brasileños viven bajo la línea de la pobreza y 8,6 millones de brasileños viven en la pobreza extrema, según cifras de la CIA World Factbook. Es decir, los pobres de Brasil equivalen a la suma de las poblaciones de Perú y Ecuador.

En Río de Janeiro, un grupo de habitantes de favelas que son y fueron prácticamente obligados a mudarse de sus zonas por los planes de la Copa –según ellos dicen de modo abusivo de parte del gobierno- van a armar a mitad de mes su propia copa, pero no de las Confederaciones, sino ‘de los Desalojos’ (Copa das Confederações? Não, das remoções!).

La presencia de mendigos y/o ciudadanos sin techo apelando a la limosna o peor aun, a la delincuencia no es difícil de notar al caminar por los frecuentados centros de las metrópolis paulista y carioca, pese a que sean al mismo tiempo las más ricas y prósperas del país.

En cuanto a la corrupción: “Brasil será el escenario del Mundial del año que viene. Y no hay una sola semana en que no aparezcan denuncias de sobreprecios en las obras de los estadios, o del incumplimiento de plazos en construcción de estructuras como aeropuertos y carreteras, para no mencionar la cuestión de las telecomunicaciones”, indica en un artículo el periodista brasileño Eric Nepomuceno y apunta como uno de los responsables al oscuro director de la Confederación Brasileña de Fútbol, José Maria Marin, a quien Rousseff ha preferido mantener lejos de su entorno.

LA DESMEDIDA REPRESIÓN A LA PROTESTA
La lucha contra la policía, o la reacción desmesurada de esta fuerza del orden indistintamente contra manifestantes –por culpa del típico grupo reducido de revoltosos, siempre los hay- es la que causa mayor preocupación en estos momentos.

Su agresiva arremetida contra los protestantes se vale de bombas lacrimógenas, balas de goma y ‘cassetete’ (asi se le dice en portugués a la cachiporra o garrote de policía), reafirmando así el carácter violento de esta autoridad que más bien debería procurar la paz. La temida PM ya había forjado una imagen durante la ola de violencia en Brasil en la que se enfrentó a delincuentes en favelas y tomaba mortales represalias palmo a palmo con el crimen organizado.

Una manifestación conformada por cientos de ‘indignados’ frente al estadio Nacional de Brasilia, dispersada por la policía con sus rudos métodos, marcó el inicio de la Copa FIFA Confederaciones y dejó frases como esta: “A la Copa del Mundo renuncio, más dinero para salud y educación”.

En reacción a los disturbios del jueves en la urbe más grande de Sudamérica que acabaron con 81 manifestantes heridos, periodistas incluidos y 42 policías “Folha” ha dedicado un nuevo editorial llamando “Agentes del Caos” a estos efectivos: “la PM de São Paulo protagonizó hace dos noches un espectáculo de improvisación, la brutalidad y descontrol aun más grave que el vandalismo y la violencia de los manifestantes, que tenían la tarea de frenar. Le compete a la PM imponer el orden, y no contribuir con el caos”.

Acaso la responsabilidad principal del manejo de la fuerza recaiga sobre dos personas: el gobernador del Estado de São Paulo, Geraldo Alckim (Partido da Social Democracia Brasileira) y el alcalde de la ciudad Fernando Haddad (Partido de los Trabajadores), quienes tacharon de vándalos a los indignados. El segundo, copartidario de Rousseff, ha pedido dialogar con representantes del movimiento el martes. Alckim, el ‘socialdemócrata’, ha respaldado el accionar violento y represor de la Policía Militar. ¿Qué ocurrirá hoy lunes, día en que está prevista la nueva y mayor marcha del Movimiento Passe Livre?

Pedro Serrano, abogado y profesor de Derecho Constitucional de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo, ha escrito para la revista brasileña “Carta Capital”: “Hay una serie de conceptos erróneos en la postura del gobierno de querer tratar como un caso policial las protestas de la ciudadanía. (…) Obviamente, el poder siempre tratará de criminalizar al ciudadano que protesta. Es de su naturaleza presentarse como infalible, solo oyendo los elogios. Ese intento de callar a la ciudadanía solo amplía las perturbaciones naturales de una protesta. (…) Hoy la represión va contra el ciudadano, mañana podrá ir contra un diario que critica y en esencia ambos ejercen crítica con el mismo derecho y la misma libertad pública”.

Mira aquí un video de la violencia policial en Sao Paulo.