Antes de Sofi y Kina hubo otros peruanos que llegaron a lo más alto

El Comercio hace un repaso de los también campeones mundiales: Alejandro Olmedo, Felipe Pomar y Jenny Lidback

*Por Mauricio Gil Ballón* Están lejos, pero siempre hay formas de acercarlos. Tres peruanos que se convirtieron en los mejores en su deporte. Tres que tuvieron claro su hoja de ruta y que ahora miran atrás y comparten su visión del mundo, de su pasión y sus logros. Tres historias, tres campeones. *UN HOMBRE CON ESTRELLA* Tardó dos semanas en llegar a su destino. Había decidido entregarse a la aventura. Mucho tiempo atrás, a los 5 años, había cogido por primera vez una raqueta. Era el recogebolas de su padre, quien era el profesor de tenis en el Club Internacional de Arequipa. Observaba las lecciones y ensayaba los movimientos. Su familia no tenía mucho dinero y vivía dentro del club, en un pequeño espacio que le habían brindado. Jamás creyó que esos dos cuartos en Arequipa pudieran expandirse tanto. “El mundo es muy pequeño. El tiempo pasa tan rápido que yo no sé por qué hay gente que piensa en matarse”. Por eso, Alejandro Olmedo, con 16 años, zarpó solo del Callao hacia La Habana; después tomó un avión hacia Miami y un ómnibus para cruzar todo Estados Unidos. La travesía terminó en California, al otro lado del continente. “Yo creo en el destino. Si crees y lo persigues, alcanzas tu sueño. Mi vida fue así”. Cuando llegó a Los Ángeles solo le quedaban 80 dólares, y la desilusión de saber que le habían mentido. “Stanley Fischer, un entrenador estadounidense que fue al Perú, dijo que me había conseguido una beca en la University of California. No fue así. Yo recién conseguí una en la University of Southern California tras ganar el Pacific South West”. Es que el arequipeño no claudicó. Como recuerda, pasaba los días jugando tenis, no tenía otra conexión con el mundo que ese deporte. En ese torneo venció al australiano y campeón Lu Hoad. Olmedo tenía 17 años y fue como si hubiera sido un resorte que se distiende. Sería campeón universitario. Haría suya la ensaladera de la Copa Davis en 1958, y el año siguiente ganaría el Abierto de Australia y Wimbledon. Le llamaban “The Chief” (“El Jefe”). “Fue increíble. Todos me respetaban porque era el mejor de todos”. Hoy, a los 73 años, es el embajador del Beverly Hills Hotel. Jugó y enseñó a Charlton Heston, Katharine Hepburn y Anthony Queen. Vive con su labrador Depoy y lee constantemente la Biblia, su libro favorito. “Tuve mucha suerte. Dios siempre me ayudó”. *EL DESIGNIO DEL MAR* Al abuelo de Felipe Pomar se lo tragó el mar. Se lo llevó en una playa del norte, cuando intentó rescatar a una mujer que se ahogaba. “A ella la salvaron. Mi abuelo simplemente desapareció”. A pesar de que la muerte signó su vida familiar, no pudo evitarlo. Gradualmente, desde que cambió la natación por el surf a los 15 años, Pomar se enamoró del mar. Él debía domarlo. Pitty Block, quien fue alumno de Carlos Dogny, uno de los pioneros de la tabla en el Perú, le pasó la posta. El agua salada reemplazó poco a poco la sangre aventurera heredada de su padre, quien hacía automovilismo y practicaba cacería. Ganó su primer torneo de ola grande tres años después de hacer su primer fondeo. Pero la marea de Lima era muy baja para sus deseos y Hawái poseía mayor dosis de adrenalina. “Tuve la suerte de que me mandaran a estudiar a California. Pero eso solo era un puente para lo que yo en verdad quería”. Solo duró cuatro meses en Los Ángeles. Pomar empezó a dormir en su carro varios meses para ahorrar el dinero que sus padres le enviaban para el hospedaje. Así compró un pasaje para esa isla de volcanes y olas monstruosas, majestuosas. Se inscribió en un pequeño college mormón para justificar su estadía en Hawái. Y esperó. “Era el invierno de 1963 cuando vi aquellas olas enormes y monstruosas en Sunset Beach. Pensé que mis dos amigos con los que estaba se iban a matar. Aquella vez no pude entrar al agua”, cuenta. El mar había vencido, como con su abuelo. Incluso pensó en retirarse del surf. Fue a la psicóloga y se dio un plazo de un año. Así fuera ilusorio, vencería el miedo y domaría al océano. “Me programé mentalmente. Al final, lo logré. Pero aunque te sientas el rey del mundo, el mar siempre se encarga de ponerte en tu lugar”. Aquella vivencia acuática la trajo al Perú en 1965. Los otros 50 surfistas, peruanos y extranjeros, no pudieron con él. Pomar ganó el Campeonato Mundial de tabla que se hizo en Punta Rocas aquel año, con neblina y olas de cuatro metros. Tras su retiro en 1969, se casó y se dedicó al negocio inmobiliario en Hawái. Hoy tiene 65 años. “Aún me levanto muy temprano y corro de dos a cuatro horas diarias. Felizmente, mi esposa no es celosa del mar”. *EL CIRCUITO SOLITARIO* La revelación fue precoz. Jenny Lidback lo supo a los 14 años: su vida sería el golf. “Era una adicta a ese deporte. Dormía, hablaba y comía golf”. Su árbol genealógico también la ayudó a tomar el impulso. Su abuelo fue uno de los fundadores de Lima Golf, y sus padres siempre estuvieron cerca del “green”. Comenzó tres años antes de la vital decisión, cuando vivía en Brasil con su familia. Y la hizo efectiva al mudarse a Estados Unidos, donde ganó una beca en la Louisiana State University. Antes ya había conquistado los campos norteamericanos y se convirtió en la mejor del ránking universitario. “Era bien maquinita”. Su dependencia a los campos abiertos, la individualidad del golf y su habilidad le dieron la entrada al LPGA profesional en 1989, para luego ganar el Major Championship de Canadá en 1995. Su pasión siempre fue acompañada por la soledad. “Lo mejor de ganar ese torneo fue que mis padres estuvieron ahí para verlo. He tenido una vida solitaria. Estuve casada con el golf y nada me iba a parar. Me gustaba depender solo de mí para ganar o perder”. Los campeonatos siempre la alejaron de casa, donde pasaba un promedio de 15 semanas al año. Recién ahora, después de su retiro en el 2003, está recuperando el tiempo perdido con sus padres: se mudó cerca de ellos en Atlanta. A los 46 años es profesora sustituta de secundaria, vive sola y se dedica a su jardín. “Mientras estaba en el circuito, siempre pensaba que quizá no me iba a poder casar y formar una familia”, recuerda Jenny.

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