De héroes a 'villanos': deportistas que pagaron caro sus errores

Aquí cuatro historias con las que Usain Bolt se sentiría reconfortado tras su descalificación en el Mundial de atletismo

De héroes a 'villanos': deportistas que pagaron caro sus errores

ENRIQUE VERA
Redacción Online

EL DOLOR DE GINA. 29 de setiembre de 1988; en el Hangyang Coliseum de Seúl, Natalia Málaga y Gaby Pérez del Solar miran a algún punto fijo del parquet naranja donde el sexteto soviético acaba de coronarse campeón olímpico. Casi están de rodillas. El esfuerzo ha sido ciclópeo pero como saldo apenas han alcanzado un puntillazo en el centro mismo de sus corazones por el cual lloran hasta torcerse. Metros más allá, la imagen algo difusa de la televisión coreana muestra a Gina Torrealva alejarse lentamente mirando de soslayo el balón que remató con dificultad frente al impresionante bloqueo ruso. La morena, camiseta número 11, había sido considerada por la crítica internacional como la jugadora más completa del brillante seleccionado peruano en la fase de grupos y semifinales de los juegos olímpicos. Ahora absorbe las miradas de un auditorio repleto que no la culpa y todavía tiene garganta para gritar por ella y sus compañeras. A ella, por derecha, le llegó la pelota que a duras penas Gaby había podido recepcionar. Set 5, se disputaba el último punto del choque final entre Perú y la URSS. Gina consigue elevarse con gran esfuerzo pero su mate es contenido. La bola cae a territorio nacional y Rusia es campeón. Lágrimas. En el Perú de los 80, los espíritus lóbregos que azotaban el terrorismo y la hiperinflación seguían sin respiro. Aunque quedaba una inmensa razón para el orgullo, Gina parece no sentirla al paso de los años: “Me siento culpable, tenía más experiencia pero…fallé. Quise cavar un hueco y meterme adentro…fallé”.

‘IL DIVINOFALLO. Hasta el año pasado, Roberto Baggio, el insigne 10 de la selección de fútbol italiana que rozó la gloria en 1994, ha ensayado explicaciones. Su penal, el último toque de balón en el mundial de Estados Unidos, pasó medio metro arriba del arco que defendía Taffarel, portero de Brasil que con esto saboreó su primera Copa FIFA. ‘Il Divino Codino’ acusó haber llegado golpeado al choque definitivo con la verdeamarela, que nunca había cobrado un penal por encima de la portería y hasta que Ayrton Senna, piloto brasileño fallecido en Italia dos meses antes de EE.UU 94, “lo hizo equivocarse”. “Fue Senna quien tomó aquel balón por lo alto. Creo que fue él quien hizo que Brasil venciera”, señaló. Pero si se trata de Baggio (de los pocos en el orbe que anotaron en tres mundiales), ninguna de estas debería ser considerada una excusa. Y si ‘Il Divino’ usó esto como técnica de autoprotección por su infausto tránsito de héroe a villano en menos de un mes, también ha admitido que lleva “una herida que nunca se va a cerrar”. Su sueño, aseguró, siempre fue enfrentar a Brasil en la final de una Copa del Mundo. Su sueño tenía un final distinto.

LA CABEZA DE ‘ZIZOU’. El impasible volante francés de fútbol lírico y nada tosco. Zinedine Zidane, el de verbo exacto, mesurado; quien si lo deseaba, abría un repertorio de amagues, fintas y pases largos a precisión en medio del partido menos propicio, también fue causante de su propio calvario. Se traicionó a sí mismo. Final de Alemania 2006; nueve minutos después de exigir una estirada de Buffon, arquero italiano, ‘Zizou’ corría cerca del área ‘azurra’ en dirección a la suya. En un santiamén, volvió sobre su posición y propinó un cabezazo al defensor Marco Materazzi quien al parecer le dijo algo que golpeó en el orgullo del pelado. Se jugaban los minutos de prórroga del choque y las fuerzas en ambos conjuntos (Francia e Italia) disminuían a borbotones. La discusión previa hasta ahora es incierta pero el golpe fue advertido por el juez asistente. Los franceses devinieron entonces en una enorme desventaja cuando lo tenían casi todo ganado. Raymond Domenech, DT de Francia, había permitido a ‘Zizou’ cumplir su anhelo de llevar a su país nuevamente hacia la conquista de un título mundial. Era el gran día para él y en un instante quedó en la disyuntiva de cerrar de manera brillante su intachable carrera o salir de una cancha como nadie quiere. El genio eligió lo último.

NADADOR A FUERZA. La historia, aunque de ripley, sucedió en los Juegos Olímpicos de Sidney 2000. Si a Usain Bolt le pasó en un Mundial de atletismo, a los nadadores Farkhod Oripov, de Tajikistán, y Karim Bare, de Nigeria, les ocurrió sobre el punto de partida de los 100 metros en estilo libre. Ambos fueron eliminados por arrojarse a la piscina antes de que sonara la chicharra, lo cual dejó como único participante de este primer lance clasificatorio a Eric Moussambani, de Guinea Ecuatorial. En torno a este había corrido el rumor de su poca preparación o falta de técnica. Nadie imaginaba, sin embargo, que se trataba de un aprendiz de nado que apenas había logrado mantenerse a flote sobre la piscina de un hotel. Ello solo dos meses antes de la competición a la que fue invitado por el Comité Olímpico Internacional. De la sorpresa, el auditorio pasó a un solo de preocupación y luego a vitoreos enfervorizados cuando Moussambani ponía todo su esfuerzo para no hundirse, en apenas 15 metros de recorrido. Como pudo, sin el menor atisbo del estilo establecido para su competencia, el moreno de 22 años llegó a la meta. Según confesó luego, fue obligado por su entrenador a participar. Cuesta hacerse la idea, pero ni la familia de Moussambani sabía que este iba a ser parte de las olimpiadas. “Cuando vuelva a mi casa, todos me van a reconocer”, fue la frase que lo inmortalizó.