Por qué los equipos peruanos pierden de pelota parada y a último minuto

Un psicólogo, un formador de menores y un técnico profesional intentan explicar las últimas derrotas coperas.

*Por Miguel Villegas* Esta parece una consulta. El psicólogo y psicoterapeuta Leopoldo Caravedo le está hablando a un periodista de El Comercio con la extrema sensibilidad del que quiere darle una respuesta a su paciente para calmarle la tristeza. La pregunta da risa y Caravedo tiene buen sentido del humor. “¿Cómo hacemos para no jugar tan chévere y perder tan feo? Y en los últimos minutos, doctor. ¿Y si jugamos solo 85”, nomás?”. Caravedo ensaya una graciosa respuesta: “Sería una buena idea esa, seguro, je”. La broma dura poco, como la sensación de que los clubes peruanos pueden ganar sus partidos de Copa Libertadores o, al menos, mantener resultados (empates) bien trabajados. “Me preguntan si los futbolistas pueden perder la concentración, y claro que sí. Y esto tiene varias razones: primera, cansancio físico, que podrían explicarlo mejor los preparadores físicos. ¿Será que somos distintos a otros deportistas? Segunda, una necesidad de terminar los partidos ya, una sensación de temor por no lograr cosas. Lo que hablamos en broma es bien serio”, dice Caravedo, miembro del comando técnico de selecciones peruanas en los años noventa. De dolores de cabeza sabe y mucho. *La historia y eso que escondemos allí* El psicoanalista Jorge Bruce dice que el fútbol no solo se juega, también se piensa. Lo suscribe Ángel Cappa, columnista de este Diario y, sobre todo, César Luis Menotti. ¿En qué piensa un futbolista peruano cuando le toca atravesar definiciones extremas? En el pasado, que es bien pesado: 29 años sin ir al Mundial, por ejemplo. “Es difícil entrar a la cancha cuando hay gente que no quiere que te vaya bien. Por eso a los chicos siempre les dije que no deben cargar “mochilas” de otros”, dice Juan José Oré, el único entrenador de selección de menores que clasificó a un Mundial Sub 17 por méritos propios. Caravedo agrega lo siguiente: “Lo que ocurre, pienso yo, es que el deportista peruano en general se siente tan responsable de traer resultados que las ansias se hacen más intensas y lo derrotan. Es un bumerán: no suma a su favor, le resta tranquilidad”. En este sentido, es necesario recordar los dos últimos grupos que consiguieron objetivos importantes para el fútbol peruano: Cienciano en la Sudamericana 2003 y la Sub 17 mundialista 2007. Los dos equipos podrían definirse como grupos comprometidos emocional y futbolísticamente, poco memoriosos de eternas derrotas pasadas, con un ánimo sui géneris de revancha. *Mal de la cabeza* El fútbol peruano marca la moda “loser” de los últimos años: juega bien pero déjate hacer goles de cabeza en los últimos minutos. Y no es necesariamente una cuestión de talla (según el INEI, el peruano promedio mide 1,63 m): los centros que no supo cortar Galliquio (1,80 m) contra Libertad, por citar solo un ejemplo, parecen granadas que inevitablemente destrozan a todas las defensas peruanas. “Yo lo llamaría desatención y pasa porque es muy poco el trabajo en menores. La competencia local no es exigente porque no hay buenos cabeceadores ni mejores rematadores. Yo tenía a Trujillo y a Gary para centrar, a Bazalar para cabecear y nos fue bien en el Mundial. Pero más que eso, es importante hacerlos responsables: “A mí me daría vergüenza que mis compañeros pierdan por un error mío”, les digo a los chicos de la nueva Sub 17. Y hay que hacer repeticiones, recordarles la marca pasiva y la activa, etc.”, cometó Oré. Esa parece ser la fórmula. Más sencillo de lo que parece: trabajo. Ángel Cappa tiene una irónica frase sobre esto: “Si a un equipo le hacen un gol de pelota parada, es que “no estaba concentrado”, y si gana en el último minuto, aunque sea de pura suerte, es que estaba “muy concentrado”. Encontraron en esa palabra el argumento mágico que todo lo explica y no explica nada”. Si el peruano entrenara bien, escuchara todas las indicaciones, las recordara en la concentración; en suma, hiciera su trabajo bien, no tendríamos tantos dolores de cabeza. Porque tan malos en el fútbol no somos.

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