La publicidad se atrevió a dejar de lado la imagen idealizada de la madre

En la realidad, las madres, al igual que todas las personas, son imperfectas. El publicista Gustavo Rodríguez nos demuestra que en los comerciales también pueden serlo

Mamitas de hoy
Por: Gustavo Rodríguez Escritor*

¿Recuerda cuando los fideos Lucchetti se anunciaban aquí como “La pasta de mamá”? Las canciones eran suaves, las mamás sonreían, los niñitos se abrazaban a las faldas.

Bueno. Hace poco me topé con la campaña de unos fideos Lucchetti que, comparada con aquella edulcorada, parece sacada de South Park. Esta campaña es de la empresa argentina Molinos, que compró la marca Lucchetti a la firma chilena que también estuvo presente en el Perú. Lo interesante de este caso es cómo, a ambos lados de los Andes, hay una marca que se pronuncia igual, pero que le habla a las madres con enfoques tan distintos. Le aconsejo que entre a You Tube y vea la versión argentina. Se llama “Mamá Lucchetti”. Se va a divertir.

Por ejemplo, en el spot La licuadora vemos en una cocina a una mamá y a su hijito. Ambos son unos monigotes de plastilina. El niñito le pide cargosamente a la mamá que le compre un robot y ella enciende la licuadora cada vez que el niño abre la boca. El contrapunto es delirante. En otro spot, otra mamá de plastilina se enfrenta a una pila inmensa de platos sucios y decide apagar la luz en un divertido intento por ver limpia su cocina.

Al proclamar lo entretenida que es la campaña argentina no pretendo minimizar a la chilena, cuyos lineamientos se siguieron también aquí y con gran éxito. Quiero exponer de qué manera la visión de la mujer como ama de casa en América Latina avanza inexorablemente hacia otros enfoques. La campaña “La pasta de mamá” se solidariza con las madres que se esfuerzan por demostrar su cariño a través de las labores de la casa. La campaña argentina también busca reconfortar a las madres, pero a través de un camino inverso: “No te sientas mal por no darle todo a tu familia: eres humana”.

La primera idealiza con ternura. La segunda, aterriza con humor. Alguna vez opiné que estos son tiempos injustos para la mujer: en nombre de la modernidad se le exige ser buena esposa, buena amante, buena madre y buena trabajadora, todo al mismo tiempo. A los hombres no se nos exige tanto. Una madre que trabaja tiene todo el derecho de hacer una sopa instantánea de fideos. Finalmente, hay otra razón por la que me gusta tanto “Mama Lucchetti”: Mi madre jamás fue perfecta. Y, a pesar de eso, la amo.