Rincón del autor

Máquina de muerte

El informe de la CVR buscó dos objetivos que tienden a anularse mutuamente: explicar los hechos, sus causas; y encontrar responsables de violaciones de DD.HH.

Por Jaime de Althaus Guarderas

Algunos se han preguntado por qué el informe de la Comisión de la Verdad, que cumple cuatro años en estos días, no solo no ha cumplido su misión, sino que ha reproducido la polarización anterior. La explicación, a mi juicio, es sencilla: buscó dos objetivos distintos que tienden a anularse mutuamente. Por un lado, explicar los hechos, sus causas profundas. Y, Por otro, encontrar responsables de violaciones de derechos humanos. Mientras el primer objetivo ayudaba a entender por qué pasó lo que pasó a fin de que no se repita, el segundo nos devuelve de alguna manera a las divisiones de los 80.

Lo que es una lástima, porque el informe contiene un esfuerzo genuino por entender las causas de lo que ocurrió. Contrariamente a lo que se piensa, le asigna una responsabilidad a la izquierda: haber mantenido una ambigüedad frente a Sendero Luminoso al no reprobar el uso de la violencia, sino la oportunidad. Recuerda que la mayor parte de los partidos de izquierda desarrollaron, desde los 50, un discurso proclive a la violencia como método para tomar el poder.

Hasta ahí una honesta autocrítica. A la que le faltó, sin embargo, dar un paso más allá para llegar al núcleo mismo de la patología que llevó al horror senderista: la ideología de la lucha de clases como motor de la historia, que legitima la eliminación de los "enemigos de clase" y se convierte, así, en una máquina de muerte (que engendró, por momentos, otra máquina de muerte en el Estado). Fue esa locura, esa ideología insana, compartida por los grupos de izquierda, la que creó las condiciones psicológicas del fanatismo asesino de Sendero.

El informe no desmonta el mecanismo ideológico de muerte. Más bien se asigna la causa profunda al tipo de relaciones sociales vigentes en el Perú tradicional, de las cuales Sendero habría sido un epígono. Se argumenta, por ejemplo, que "mucho más que esa tradición radical (de la izquierda), comprensible en el contexto de discriminación social..., pesó otro aspecto de nuestra tradición autoritaria, más antiguo y más ampliamente compartido: el caudillismo" (CVR. Tomo VIII, Segunda Parte, Cap. I, P.15). Es decir, Sendero reproducía las relaciones verticales y autoritarias de la sociedad peruana (mistis/indos), en las que el poder se ejerce a través de la violencia física.

Por esa vía, entonces, la culpa de todo regresa a la sociedad peruana, específicamente a sus clases dominantes. Es posible que los dirigentes senderistas, mistis desclasados la mayor parte, hayan actuado como mistis, pero de ahí a montar una organización para la muerte, hay una distancia sideral, solo explicable por una religión de la violencia.

Por eso, cuando el informe advierte, correctamente, que es necesario erradicar el autoritarismo de los colegios y universidades para prevenir el fanatismo político, se exime, sin embargo, de precisar que lo que debe retirarse de las aulas es el núcleo ideológico mismo que engendró la violencia terrorista: el "marxismo de manual", como lo llama el mismo informe. Es otra de las tareas pendientes.