Comentario del editor: ¿Entre una minería y la otra, dónde está el Estado?

Hasta ahora no ha hecho posible la creación de una sola autoridad ambiental

Por Juan Paredes Castro

Cuando escuchamos decir a monseñor Luis Bambarén que esta es la hora de la minería del tercer milenio, es decir de la más avanzada, sus palabras vienen acompañadas por el silencio de muchos otros protagonistas que prefieren no hablar de la contaminante minería de socavón que todavía tenemos en abundancia.

Ocurre que la minería del tercer milenio, en la que podemos nombrar a Antamina, Barrick, Billiton, Xstrata, Tintaya y Las Bambas, ha actuado más por cuenta propia para mejorar sus estándares de impacto ambiental y de buen manejo de su entorno social, que guiada por las decisiones y acciones de un Estado que prefiere todavía mirar desde el balcón.

Algo tiene que agradecerle la minería moderna al Estado Peruano, sin duda. Entre otras cosas, haber hecho más atractivas las inversiones en el sector a través de contratos estimulantes. No obstante ello, las empresas han tenido que arreglárselas solas, contra viento y marea, para dejar atrás las preocupaciones de las comunidades por las amenazas de contaminación y por los cambios bruscos que la actividad extractiva suele generar en sus condiciones de vida.

El Estado ha evitado colocarse en el centro de la contienda, entre mineras y comunidades. Cada vez que ha podido zafar el bulto lo ha hecho. Y se ha sentido tranquilo con ello. Recién en los últimos tiempos, Jorge del Castillo ha traído al escenario social la tecnología del voluntariado gubernamental 'apagafuegos'. Y con esta tecnología librada al azar y a la contingencia, el Estado cree estar llenando su papel crucial. No sabe que está retardando peligrosamente, entre otras cosas, la creación de una autoridad ambiental que tanta falta le hace al país y que a nadie le cruza por la cabeza considerarla una prioridad urgente.

Luego el Estado se rasga las vestiduras cuando tenaces ONG buscan reemplazarlo allí donde debía estar y no está: en las comunidades campesinas que rodean los asientos mineros. Y al primer descuido del Estado y de las propias comunidades, esas mismas ONG, u otras, sesgan o cambian sus agendas y pasan rápidamente de opositoras de la gran minería, a la que tildan de depredadora de la naturaleza, a indiferentes criaturas ante la proliferación de la minería informal, a la que no tocan porque no ven.

Hay, pues, diversas ONG, solo que hay que saber ponerlas en su lugar. La depuración de las malas ONG no tiene que venir por decreto. Tiene que venir de la sociedad a la que dicen y pretenden servir. Seamos atentos a sus fines y medios, a sus derechos y deberes, y nos equivocaremos menos respecto de su prerrogativa a existir.

Es hora de la minería del tercer milenio. Es hora también de un Estado del tercer milenio.